EDITORIAL

La Constitución, al congelador

Escuchar, reflexionar y, entonces, decidir. Esa secuencia lógica e insoslayable en cualquier proyecto político o personal había pasado desapercibida en los últimos años a los líderes comunitarios. Pero ayer, durante la primera jornada del Consejo Europeo que se celebra en Bruselas, se comprometieron a recuperarla como método de trabajo. Más vale tarde que demasiado tarde.

Los Veinticinco han tardado dos semanas en escuchar el mensaje del no en los referendos francés y holandés sobre la Constitución. Y por fin han decidido que la peor respuesta, defendida hasta ahora por las instituciones comunitarias, es seguir como si nada hubiese ocurrido. La mayoría se decanta, por fin, por congelar el proceso de ratificación y concederse una pausa de al menos un año hasta que el horizonte político europeo se despeje. Pero la crisis política es de tal calado que obliga a frenar no sólo el proyecto constitucional sino a reflexionar sobre el actual modelo de construcción de la UE. La opinión pública tiene dudas insondables sobre el destino y las consecuencias del proyecto. El ejercicio de fe en la bondad de este que Bruselas reclama a menudo a los ciudadanos es propio de dictaduras o teocracias, no de democracias maduras. Y la reacción de los líderes ante la inquietud ciudadana no puede seguir siendo una eterna fuga hacia delante.

El autismo de los líderes le ha costado ya a la UE el apoyo buena parte de la juventud, la capa de población más llamada a beneficiarse de la caída de fronteras y de la unión monetaria. Los países fundadores titubean además ante la deriva de una Unión a punto de cumplir 50 años. La cicatería a la hora de pactar el Presupuesto hasta 2013, que hoy se pondrá de manifiesto en la segunda jornada del Consejo, es síntoma inequívoco de esa falta de entusiasmo. Se impone un periodo de reflexión. Al cabo, como tantas otras veces, la UE debe saber transformar la crisis en oportunidad.