TRIBUNA

India y China, con nombre propio

Los dos grandes países asiáticos, que concentran actualmente el 20% del PIB mundial y el 40% de la población del planeta, se perfilan como potencias del futuro. Pero sus puntos débiles y los agudos contrastes sociales proyectan serias sombras sobre el futuro

Wangari Maathai, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz en 2004, nos contaba como a los países en desarrollo se les hacía creer que, por el hecho de ser pobres, carecían, no sólo de capital, sino también de los conocimientos y habilidades para abordar sus desafíos. Condicionados a pensar que las soluciones a sus problemas debían venir de fuera.

Sin embargo, la conversión acelerada de China e India en pesos pesados, económicos, militares y diplomáticos ha sido posible, principalmente, mediante su propio esfuerzo. Tercera y octava a nivel mundial por extensión geográfica, aglutinan entre ambas el 40% de la población mundial, y el 20% del PIB.

China es ya la 'fábrica del mundo', y su salto de los últimos 25 años (cuadruplicando el PIB, y triplicando la renta per cápita) hace verosímiles sus objetivos de país desarrollado en 2020, y mayor potencia mundial en 2050. Con lo cual, a su rango de potencia militar y diplomática, (miembro permanente del consejo de seguridad de la ONU), añadirá también su condición de gran potencia económica. En cuanto a la India, cuenta con un PIB cuyo crecimiento ha oscilado en torno al 6%, desde que en 1991 se enfrentó a una grave crisis de balanza de pagos. Es frecuente ponderar sus exportaciones culturales (yoga, cine, música) pero, sobre todo, es una potencia de alta tecnología. Gracias a un excelente sistema de escuelas científicas y de ingeniería, así como a su condición de segundo país anglófono del mundo, existen unos florecientes sectores de software, farmacéutico o biotecnológico que conviven con 600 millones de pobres analfabetos. No en vano, Kipling dijo que este país había nacido para asombrar al mundo.

En todo caso, resulta evidente que los modelos de crecimiento de China e India son complementarios, diferentes y exitosos. El primero basado en la intervención gubernamental y el capital extranjero. El segundo en la especialización tecnológica y elevada formación del capital humano.

El reparto del pastel parece claro: India se lleva el sector servicios, y China se convierte en el polígono industrial del planeta (estrategia articulada desde finales de los años 70), pero la rivalidad entre ambas economías persiste. Mientras India vigila con envidia la inversión extranjera que se dirige a China (multiplicada por 23 entre 1985 y el 2002), Pekín mira de reojo las numerosas empresas extranjeras que escogen situarse en alguno de los asentamientos tecnológicos de su vecino del sur. Mientras la producción industrial y el comercio exterior engordan la economía china, enriquecen a las grandes urbes, y abren una peligrosa brecha en el mundo rural, un 40% de la población india sigue dependiendo de la agricultura.

En el caso de la India, hay claras limitaciones en un modelo de crecimiento basado únicamente en el sector servicios, además de la carencia de fondos para invertir, y la inexistencia de una regulación gubernamental local que apoye en mayor medida el desarrollo de nuevas empresas.

China dista de ser un mercado eficiente y encontrar puntos débiles a su modelo de crecimiento es relativamente fácil: sobrecapacidad cíclica, influencia excesiva del gobierno en la asignación de fondos, desigualdades económicas crecientes que pueden tensionar la estabilidad social (principal factor de atracción de la inversión extranjera), falta de regulación para el desarrollo de empresas o incluso, fallos en el cumplimiento de su verdadera prioridad estratégica, (creación de empleo), a pesar de las llamativas cifras de crecimiento económico. Pero también es cierto que, dadas las características de esta economía, resulta casi imposible encontrar otro modelo de crecimiento que le pudiera haber ido mejor.

No parece claro, pues, cual de las dos economías resultará ganadora, en los próximos 10-15 años. Parece que la India consolidará el liderazgo en los sectores de tecnologías de la información y outsourcing, mientras que China despuntará en el sector de productos electrónicos de consumo. Todo crecimiento robusto requiere conseguir una tasa sostenible, basada en la elevada productividad, apoyado por una regulación que funcione, ayude, y elimine barreras para fomentar la competencia.

Tanto China como India disponen de amplias oportunidades para ayudar a mejorar a sus empresas y por ende, a sus economías. Ambas tendrán que luchar contra la burocracia y la corrupción, abordar la degradación medioambiental, y proseguir con la apertura de sus economías (la India se ha mostrado más prudente en este aspecto por sus reticencias a protagonizar un nuevo colonialismo, tras librarse del imperio británico). Si lo hacen, conformarán la nueva espina dorsal de la economía mundial. De momento, ya son una esperanza para otros países en desarrollo.

China dista de ser un mercado eficiente, pero es difícil hallar otro modelo de crecimiento que haya funcionado mejor