La opinión del experto

Tensión saludable

La multitud de acontecimientos a los que se quiere dar respuesta, con la misma disponibilidad de tiempo de siempre, hace que, en general, se tenga la sensación de ir corriendo a todas partes, faltos del más mínimo sosiego para ordenar unas vidas que se sienten sometidas a un notable grado de presión. Las urgencias no son, sin embargo, homogéneas, estando condicionadas por la ocupación básica, el trabajo, que absorbe el mayor número de horas diarias dedicadas a una sola tarea. Las características de la ocupación laboral determinan en gran medida esa tensión generalizada que sufre la mayoría de los ciudadanos.

Dentro de las tareas laborales, son las directivas las que se ven sometidas a un mayor grado de tensión, confrontadas a exigencias internas y externas de todo tipo, persiguiendo objetivos siempre crecientes en mercados duros, en los que muchas veces las demandas permanecen estables, cuando no decrecientes, y en los que los competidores también persiguen alcanzar mejoras. Una cierta tensión resulta incluso saludable, pues estimula los mecanismos creativos, ayudando a encontrar fórmulas originales, siempre difíciles de conseguir, que constituyen en soporte básico en la configuración de una oferta diferenciada.

Pero también puede ocurrir que la acumulación de situaciones indeseadas, problemas, en lugar de estimular la capacidad de respuesta, obnubile le imaginación, frenando la clarividencia cuando precisamente se hace más necesaria. Si hay problemas hay que hacerles frente y para hacerlo con eficacia se precisa el dominio de todas las facultades personales, análisis, claridad de juicio, determinación, etc.

Si la tarea del directivo es tan difícil, es porque para desempeñar adecuadamente la función se necesita un claro dominio de sí mismo, de autogobierno, porque sólo quien sabe dirigirse podrá aspirar a marcar correctamente el rumbo de una realidad tan compleja como es la de la empresa. Tomar decisiones cuando se ha perdido el control personal es poco aconsejable, ya que si se hace, su contenido estará marcado por el estado anímico del momento, que siempre es personal, y tendrá en consecuencia muy poco en cuenta los intereses de la empresa en cuyo nombre se actúa.

El dominio personal es difícil de adquirir y el acercamiento a un ideal, que siempre estará distante, exige un planteamiento serio, estableciendo hitos que después hay que perseguir con una voluntad férrea, sin que ninguna circunstancia nos desvíe del objetivo deseado.

Y por mucho que sea el entrenamiento, habrá momentos en los que costará superar la prueba, porque a veces la sucesión de hechos negativos en la historia de cualquier proyecto empresarial dificulta la visión de un mínimo rayo de luz al fondo del túnel. La carga de angustia puede, por tanto, alcanzar límites que parecen insuperables, y, si en esos momentos no se encuentra la fuerza necesaria para descargar la presión y recobrar la clarividencia, será un signo claro para renunciar a la responsabilidad soportada.

Aprender a vivir con una carga determinada de problemas, a veces muy importante, es una exigencia para todo directivo, de lo cual, además, no debe hacer alarde, porque constituye algo inseparable de su tarea. Pero, además, los problemas no deben alterar su ánimo y, mucho menos, superar el entorno del trabajo para afectar otras áreas de su vida.

La creciente orientación al trabajo en equipo en los nuevos modelos de organización, es un buen instrumento para paliar la presión, pero debe utilizarse con prudencia, ya que no resulta aconsejable trasladar a los demás cargas que no les corresponden. Hay determinadas cuestiones que son intransferibles y cuyo peso hay que soportar a título personal, so pena de contaminar el ánimo de otras personas en cuyas manos no está la posibilidad de solucionar el problema.

Es una pena que en la universidad o en las escuelas de gestión no se haga más hincapié en ayudar a los alumnos en el aprendizaje de la gestión de la tensión, de la presión, de la angustia, emociones con las que incuestionablemente van a tener que convivir en el desarrollo de sus tareas profesionales.

La falta de ese aprendizaje desde etapas anteriores traslada la cuestión al ámbito puramente experimental, no quedando otro remedio que recurrir a lo intuitivo para encontrar fórmulas personales poco o nada contrastadas desde la perspectiva científica. Se ha dicho en muchas ocasiones que los problemas tienen o no tienen solución, y que si no la tienen, es mejor no preocuparse, porque lo indeseado, por negativo que fuere, va a ocurrir. Pero si tienen solución, tampoco hay que preocuparse, porque todo lo que turbe el ánimo dificultará encontrar la respuesta correcta.

Dominar la presión para no sentirse inhibido, mantener el ánimo por oscuro que parezca el horizonte, no perder los nervios, conservar la seguridad, son elementos que contribuyen a configurar la personalidad de todo buen directivo, porque sólo quien se gobierna a sí mismo puede conseguir el éxito duradero de las empresas.

Ex presidente de Mondragón Corporación Cooperativa

Aprender a vivir con una carga determinada de problemas es una exigencia para todo directivo