EDITORIAL

Nuevo tropezón en la UE

La cumbre de Bruselas culminó con un rotundo fracaso y el proyecto de Constitución Europea queda aparcado hasta nuevo aviso. España y Polonia logran que por ahora se mantenga el reparto de poder acordado en Niza, sin necesidad de ejercer un derecho a veto que tendría un innegable coste político. Pero renace la amenaza de una Europa de dos velocidades liderada por el tándem franco-alemán. Y los efectos de este nuevo clima de tensión pueden hacerse notar tan pronto como empiece el nuevo debate presupuestario.

La cumbre de Bruselas ha servido sobre todo para poner de manifiesto el clima de división reinante en la Unión Europea y la falta de madurez del viejo proyecto de unificación política. Que un debate constitucional haya derivado en un mercadeo de cuotas de poder es la señal más clara de que los 25 Estados de la Unión aún no se encuentran dispuestos a dar el salto decisivo hacia una integración más plena.

La intransigencia de Polonia y la ineptitud manifiesta de la presidencia italiana han jugado a favor de los intereses defendidos por el Gobierno español. Pero el núcleo duro de la Unión, formado se quiera o no por Francia, Alemania y los países fundadores del Benelux, han tomado nota del escaso euroentusiasmo del Gobierno español, como ya hicieran durante la guerra de Irak.

París y Berlín no parecen dispuestos a renunciar a sus ansias de integración política y aseguran que seguirán adelante con o sin el apoyo de los demás. España, que hasta ahora siempre se ha sumado a todos los proyectos de integración selectiva, desde el euro al acuerdo de eliminación de fronteras conocido como Schengen, debería aprovechar este lapsus para retomar el paso y no quedar atrás en el proceso de integración europea. Tan pronto como pasen las elecciones de marzo, el nuevo Ejecutivo debería repensar el esquema de alianzas y hacer lo posible por sumarse al motor europeo del que hablan Jacques Chirac y Gerhard Schröder.