COLUMNA

Llegan los momentos dramáticos

Hace unas semanas me permití señalar que el momento del ajuste en la situación internacional creada tras la guerra de Irak estaba en marcha y conocería momentos dramáticos y muy difíciles de gestionar. De un lado, los vencedores deberían comprender que no podrán administrar solos la posguerra, especialmente EE UU; de otro, los que se opusieron a la guerra deberían considerar que tampoco ganarán mucho si la situación se pudre y la intervención militar anglonorteamericana constituye un completo fracaso. Había, pues, la necesidad de conseguir una solución para terminar con la ocupación militar de los vencedores de la guerra y sustituirla por una operación bajo el mandato de Naciones Unidas que devuelva lo más rápidamente posible el futuro del país a un Gobierno salido de unas elecciones libres.

Se han producido movimientos significativos al respecto, pero también inquietantes signos que indican que la solución del problema iraquí ha dividido completamente a la Administración de EE UU entre quienes desean una solución rápida y los que desean terminar el trabajo iniciado en Irak para remodelar el conjunto de Oriente Próximo. æpermil;stos, los duros que planearon la guerra, cuentan con los movimientos del Gobierno israelí de Ariel Sharon, dispuesto a jugar un papel central en la solución regional. Todo esto se produce en el escenario del inicio de las elecciones norteamericanas.

El tema de fondo no es que el comando militar deje de ser norteamericano. Tampoco que las fuerzas de ocupación tengan que utilizar un casco azul. El problema es mucho más simple y preciso: el representante personal del presidente Bush, embajador Paul Bremer, debe volver a casa o si se queda en Bagdad, trabajar bajo la autoridad del representante personal del secretario general de las Naciones Unidas. Kofi Annan está decidido a no dejarse impresionar y lo ha manifestado claramente. También los países musulmanes o islámicos que han sido requeridos por EE UU han hecho saber que necesitan desembarcar en Irak como tropas bajo el mandato de la ONU y sólo con un calendario previo de ésta.

En Washington, el señor Powell parece haber entendido la urgencia de una solución rápida. Lo intenta, pero no lo consigue por la oposición de los duros del Pentágono, quienes han encontrado un aliado previsible para sus tesis: el primer ministro de Israel. El bombardeo de Siria es una indicación del deseo de los dirigentes del Likud de rehacer el conjunto de la región, aparte de informarnos que están dispuestos a todo, es decir, a entrar de lleno en la confrontación con Irán. Es un código de señales dirigido a la propia responsabilidad personal de Bush: es el momento de terminar con la parte islámica del eje del mal y los Estados gamberros de la zona. No es, pues, cuestión de marcharse rápidamente y dejarle el trabajo a la ONU.

Este planteamiento tiene el gran problema del factor tiempo: las elecciones norteamericanas no esperan y la aventura iraquí está ya pesando en el equipo electoral de Bush, que sabe, por familia, lo que significa ganar una guerra y perder unas elecciones. A pesar de los esfuerzos de Sharon para condicionar la vida política de EE UU, no creo que Bush se deje arrastrar por la tentación de remodelar por completo la región como era su idea inicial. Todo indica que las reuniones del gabinete de EE UU no han debido ser muy fáciles, al punto que el propio Bush ha decidido nombrar responsable directa del tema iraquí a Condoleezza Rice para lanzar una campaña de explicación pública justificando la guerra. No será fácil. Pero Bush no quiere perder las elecciones y por eso el ajuste continuará.