COLUMNA

La política exterior

Jeff Bush, hermano del presidente estadounidense, aconsejó a los españoles respaldar a Aznar -al que llamó 'presidente de la República'- en su cambio en la política exterior española, porque obtendríamos 'magníficos beneficios económicos'. Si bien la economía no debe ser el único criterio para elegir una política exterior -la economía no fue la que llevó a la población española a oponerse a una intervención en Irak sin respaldo de la ONU-, hay que reconocer que es razonable ponderar los beneficios y perjuicios económicos de la política exterior antes de proponer un cambio de rumbo en la misma.

Desgraciadamente, hasta la fecha, la arrogancia del presidente Aznar frente a Marruecos, Alemania y otros países no ha traído beneficios económicos a España, sino todo lo contrario. El único beneficio que se puede detectar hasta el momento es el de la buena imagen de Aznar en el periódico al que dio el privilegio de publicar su carta de denuncia de la 'vieja' Europa, periódico que, sin duda, tiene importancia en la comunidad de negocios norteamericana.

Pero, a partir de ahí, todo han sido perjuicios económicos para España.

La arrogancia en las relaciones internacionales ha traído más perjuicios que beneficios económicos

Es obvio que el enfrentamiento con Alemania y Francia nos costará bastante en la próxima negociación del reparto de los fondos comunitarios. Es lógico que la ampliación provoque un descenso en la aportación de fondos hacia España, pero esa consecuencia inevitable se verá empeorada por las malas relaciones con quienes van a ser claves en la decisión de ese reparto. Esto no lo podemos cuantificar todavía, pero en cambio sí hemos detectado ya un concreto perjuicio en el descenso del peso concedido a España en el proyecto de la nueva Constitución europea.

Mientras nuestra diplomacia debería haberse volcado en trabajar a Giscard d'Estaing y otros europeos, estaba ocupada en insultar a franceses y alemanes, con lo cual no deberíamos habernos sorprendido con lo que propuso la Convención. Cínicamente se podría pensar que el hecho de que España pierda peso en las decisiones europeas no tendría por qué ser malo para la economía española. En el caso, por ejemplo, de la política agrícola, es evidente que para España eran mejores las propuestas liberalizadoras del comisario Franz Fischler que las del viejo proteccionismo que defendía el Gobierno español.

Pero esto no siempre es cierto. España, gracias a esta descaminada política exterior, va a pesar menos en las decisiones comunitarias, y ello acabará teniendo un coste económico para los españoles.

Finalmente, el desvergonzado apoyo de Aznar a la reelección de Bush puede también crearnos problemas. A España le interesa ser amiga de los Estados Unidos, pero los Estados Unidos no son Bush, y el apoyo a un presidente cada vez más impopular puede acabar haciéndonos daño. Por ejemplo, perjudicará nuestra imagen en el colectivo hispano, que, a pesar de que las cosas están cambiando, es un colectivo todavía fundamentalmente demócrata, y en el que necesitaríamos hacer una política cultural que quedara fuera de la lucha partidaria.

Es verdad que la política exterior no se debe juzgar solamente por sus resultados económicos y para algunos la política exterior de Aznar, pese a los perjuicios económicos que nos está causando, puede 'sacarnos del rincón de la historia' y volver a colocar a España como unidad de destino en lo universal. Pero los españoles deberían tener en cuenta sus consecuencias económicas y recordar que, para la economía, la mejor actitud no es nunca la del arrogante y prepotente. Esas actitudes de 'prefiero que me teman' y 'España no tiene por qué ser simpática', pueden dar votos dentro, pero crean serios perjuicios económicos.

La mejor actitud para los negocios es siempre la del comerciante dispuesto a sonreír, a vender, atraer y seducir, y una política exterior con este talante es la que conviene a la economía española y es la que el próximo presidente español debería retomar en cuanto Aznar salga de La Moncloa.