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Un hombre de la casa que quería ser policía

Richard Graso, de 57 años, era 'el hombre de la casa'.

Para disgusto de su madre, Grasso era muy miope para ser policía, por lo que cambió su destino de comisaría por la universidad. Sin embargo, tras dos años en la Pace University de Nueva York y sin licenciarse, Grasso, educado en el populoso barrio neoyorquino de Queens, se unió al Ejército para llegar en 1968 a la Bolsa como oficinista, ganando 80 dólares a la semana.

Desde allí, y convirtiéndose en la encarnación del 'sueño americano', Grasso escaló puestos mientras su madre seguía soñando con un hijo sargento. En 1977, Grasso llegó a ser vicepresidente y luego director para pasar en 1995 a convertirse en el primer presidente y consejero delegado elegido entre las filas de la institución.

Su carácter franco y cercano, más el estilo de Queens que de la arrogante Manhattan, le ganaron la amistad de los especialistas, que le auparon al poder tras una campaña de cuatro años por sustituir al entonces presidente, William Donaldson, ahora presidente de la SEC.

Grasso siguió cultivando la amistad y el respeto de los miembros de la Bolsa. Su gestión directa, los golpes de marketing, sus paseos diarios por el parqué y conseguir duplicar el número de empresas en Bolsa durante su presidencia han sido claves para que este hombre, que acabó operándose la vista, sea considerado, incluso en su partida, 'el mejor presidente'.

A nadie le quedó duda de ello cuando tras varios días y noches en su oficina, la Bolsa abrió, tras el 11-S, el, ya señalado dos veces, 17 de septiembre. Grasso decía que le divertía su trabajo y lo transmitía. Muchos de sus fieles, le despidieron con lágrimas el miércoles. Grasso no las mostró en público.