COLUMNA

Irak y la economía, fase III

La situación de Irak ha entrado en una tercera fase que no va a ayudar a la recuperación económica internacional. Hasta ahora el proceso de Irak había pasado por dos fases con efectos contrarios sobre la economía internacional. La primera fase, la de la preparación de la guerra, tuvo efectos negativos. Las dudas sobre el resultado de la guerra, así como la ruptura de la alianza transatlántica, aumentaron la incertidumbre. La paralización de decisiones de inversión, la volatilidad de los mercados y la subida del precio del petróleo fueron la expresión de dicha incertidumbre.

Sin embargo, a los pocos días de iniciarse la guerra, cuando se constató el enorme poderío militar norteamericano, se inició una segunda fase en la cual el mundo pareció más seguro bajo el indiscutible liderazgo norteamericano. No había una sombra de duda sobre la eficacia de Estados Unidos como país y como sistema, ni sobre las posibilidades de avanzar en el establecimiento de la democracia en Irak, lo cual beneficiaría al resto de los países de la zona e incluso favorecería la solución del problema palestino-israelí.

En esos dulces momentos el acuerdo Europa-USA sobre la ronda Doha de comercio internacional alumbró la esperanza de cerrar el contencioso transatlántico y salvar la reunión de Cancún.

Pero en estos momentos parece que ese sueño empezara a deshacerse. El discurso de Bush del domingo pasado ha sido el discurso de la incapacidad.

Incapacidad para desarrollar nuevos argumentos que permitan defender una ocupación larga de Irak, cuando los viejos argumentos -la relación con Al Qaeda, las armas de destrucción masiva, el ejemplo de la ocupación de Irak como si fuera un nuevo Japón o Alemania después de la Segunda Guerra Mundial- no se han visto confirmados por los hechos.

Los asesinatos del representante de la ONU y del líder chiita muestran que los ocupados iraquíes no reaccionan ante los ocupantes como lo hicieron los ciudadanos de Japón y Alemania.

Hay otra incapacidad más preocupante, y es la de Estados Unidos para resolver ellos solos el problema de Irak. Seguramente nunca hubo otra solución que la cooperación con los demás países en el marco de la ONU, pero es evidente que un liderazgo compartido introduce mucho más ruido e incertidumbre en la economía que el imposible liderazgo único.

Ahora lo más preocupante es que Estados Unidos está buscando esa cooperación no porque crea en ella, sino porque es incapaz de resolver los problemas de la ocupación sin la ayuda de los demás. Lo que es negativo para el ambiente económico no es su conversión al multilateralismo, sino lo que esta nueva actitud muestra de incapacidad.

Finalmente hay que mencionar los efectos de esta tercera fase sobre el presupuesto. Mientras que antes del verano Bush aseguraba que el gasto público sólo aumentaría como el PIB nominal (un 4%), en septiembre solicitaba al Congreso 87.000 millones de dólares más, lo que significa que -incluso si el aumento se quedase en esa cifra, lo que nadie cree- el gasto público crecería más del doble que el PIB nominal, con lo que el presupuesto seguirá con números rojos durante una década.

No es raro que los mercados estén empezando a titubear ante este cambio de perspectivas que ha introducido la fase III del proceso de Irak. El dólar ha vuelto a caer y el precio del oro a subir. La evolución del precio del oro es un signo de la incertidumbre global, y la incertidumbre es el peor de los caldos para el crecimiento económico.

Para empeorar el panorama con que ha comenzado esta tercera fase, lo único que necesitaríamos ahora es que la reunión de Cancún fuera un fracaso.