La Atalaya

11 de septiembre, segundo aniversario

Dos años después del segundo Pearl Harbor, como llamo a los horrendos atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, George W. Bush comienza a darse cuenta de que la Casa Blanca es lo más parecido a un potro de tortura, 'la joya de la corona del sistema penal americano', en la acertada definición de uno de sus predecesores más ilustres, Harry S. Truman. Como ponía de relieve ayer Richard Bernstein en el New York Times, 'la ola de simpatía (hacia EE UU) que se produjo en el mundo a raíz de los atentados ha sido sustituida por un sentimiento de desconfianza, inquietud y desagrado, por lo que se considera un uso arrogante y unilateral de fuerza en Irak por parte de la Administración Bush'. Nadie en el mundo, salvo los fanáticos del integrismo musulmán, cuestionó el ataque contra el régimen talibán de Afganistán. El mundo civilizado lo consideró un acto de defensa propia, al amparo del Título VII de la Carta de Naciones Unidas. 'Hoy todos somos americanos', editorializaba el nada pro americano Le Monde entonces. Todo lo contrario de lo ocurrido tras la victoria militar relámpago de la coalición anglo-norteamericana en Irak. El unilateralismo de los halcones encarnados por el vicepresidente Richard Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha conseguido en menos de un año, y gracias a su falta de visión, abrir una brecha en la OTAN de difícil compostura, debilitar la credibilidad del Consejo de Seguridad y de la ONU, aumentar la inestabilidad en Oriente Próximo, consecuencia del caos de Irak y, como resultante, enconar aún más el conflicto entre palestinos e israelíes. No está mal como récord de ineficacia. En el frente interior, las cuentas tampoco le salen a Bush. El mercado laboral registra el mayor índice de desocupación desde Herbert Hoover, el presidente de la depresión; sus dos recortes fiscales, de resultados dudosos, unidos a los gastos bélicos, han hecho que el déficit para este año se calcule en torno al 4,2% del PIB, todavía lejos del registrado en la guerra de Vietnam (12%), pero cercano a ese 6% que la Oficina Presupuestaria del Congreso y sus propios consejeros consideran inasumible. Los ataques de los candidatos demócratas a la presidencia por la ineficacia de Bush en la posguerra iraquí empiezan a hacer mella en su popularidad, situada ahora en el 52%, 20 puntos menos que hace tres meses.

En este contexto hay que situar el giro de 180 grados dado por Washington en su relación con la ONU. Es claramente la hora del secretario de Estado, Colin Powell, partidario desde el principio de una aproximación multilateral al problema. Es también la hora de la altura de miras y de la grandeza de propósitos y no de regodearse en fracasos ajenos y en el recuerdo de desavenencias anteriores. El mundo debe apoyar sin fisuras la nueva resolución, pues lo que está en juego en Irak no sólo afecta a EE UU. Afecta a la estabilidad y a la seguridad de todos.