La Atalaya

Transparencia envidiable

Al carecer de Constitución escrita, como el resto de los países occidentales, los derechos de los ciudadanos británicos, incluida la libertad de expresión, están garantizados más por la costumbre que por una norma. No existe una Bill of rights, a la americana, que se pueda invocar en defensa de esos derechos. Pero, es que, además, cuando se trata de informaciones que afectan al Gobierno existe una Ley de Secretos Oficiales, que todos los políticos en campaña electoral prometen derogar pero que, invariablemente, mantienen en vigor en cuanto llegan al poder para poder seguir refugiándose en el secretismo. Por ejemplo, de acuerdo con esa normativa, todos los funcionarios firman cuando acceden a sus cargos una declaración comprometiéndose a no revelar de por vida ningún secreto oficial. Quien rompe el contrato de silencio puede dar con sus huesos en la cárcel.

Hago este exordio para que nuestros lectores valoren en su justa medida la importancia de las decisiones adoptadas por el magistrado lord Hutton en la comisión judicial que investiga el suicidio del asesor científico del Ministerio de Defensa, David Kelly, al ordenar colgar en la red más de 3.000 páginas de informaciones reservadas, que, en circunstancias normales, hubieran tenido que esperar para ver la luz los 30 años exigidos por la citada ley. La transparencia y meticulosidad de la encuesta judicial son envidiables, sobre todo en estas latitudes donde ni siquiera se celebra un debate parlamentario sobre el papel de España en Irak. Son las ventajas del derecho consuetudinario donde el juez es señor de sus actos sin depender del corsé de la norma escrita.

Contrariamente a la esperanza de muchos de sus enemigos interiores y exteriores, el resultado de la investigación -que, recordémoslo, se constituyó sólo para determinar las circunstancias de la muerte de Kelly y no, como piensan muchos, para juzgar la intervención en Irak-, resultará exculpatorio para Tony Blair. Durante las sesiones ha quedado claro que la frase de la discordia, pronunciada por Blair el pasado septiembre -'Irak tiene la capacidad de lanzar armas químicas y biológicas en 45 minutos'-, no fue una invención del dimitido director de comunicación del primer ministro, Alastair Campbell, para justificar el ataque a Sadam Husein sino, como ha confirmado el presidente del comité de inteligencia, John Scarlett, una estimación de los propios servicios secretos, basándose en informes procedentes de una fuente Iraquí, hasta entonces de toda solvencia.

Pero, Blair no se irá de rositas en este asunto, hasta ahora liquidado con dos dimisiones de su personal de confianza y una tercera, casi segura, del secretario de Defensa, Geoff Hoon. Porque en el tema de la guerra en Irak y, sobre todo, de la posguerra, Blair ha perdido su máximo activo, que le propició dos victorias electorales consecutivas y que no es otro que la confianza. El continuo deterioro de los servicios públicos e Irak han destrozado esa confianza que existía desde hace seis años entre gobernante y gobernados. Blair tiene la habilidad suficiente para recuperar parte de esa confianza, si las medidas en política interior empiezan a dar frutos y la situación en Irak mejora. Pero, las cosas no serán como antes. Porque, el líder laborista tiene que recuperar la confianza de su propio partido, dividido como nunca y en el que su canciller del Exchequer, Gordon Brown, espera agazapado la sucesión. Atención al congreso anual laborista de este otoño. En él, Blair se la juega.