EDITORIAL

Dónde nos llevará Italia

Pocas veces el relevo semestral en la presidencia del Consejo de la UE había despertado tanta expectación, teñida de incertidumbre. Cuando Grecia pase mañana el testigo al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, muchos europeos se preguntarán si el magnate de los medios de comunicación es la persona más adecuada para mantener el timón europeo en un momento crucial para el futuro de Europa.

Quien se acaba de zafar de la persecución de la justicia por acusaciones de soborno y corrupción (en alguno de los casos, por operaciones realizadas en España) representará a Europa en la inestable escena internacional, ha de rematar el proyecto de Constitución europea y deberá contribuir a los planes de estímulo económico de la zona euro. Ardua tarea para un dignatario al que sus propios partidarios reconocen escasos resultados en sus dos años al frente del Gobierno de Italia. Los despropósitos de las últimas semanas, tanto de Berlusconi (partidario de disolver la Comisión Europea) o de alguno de sus ministros, hacen prever también lo peor. Ayer mismo, el primer ministro proponía enviar tropas a Libia para frenar inmigración, un fenómeno que el programa de la presidencia italiana propone tratar como de seguridad ciudadana, a tono con las declaraciones de alguno de los ministros partidarios de frenar con la Armada la llegada de inmigrantes a las costas de Italia.

Sólo el beneficio de la duda que merecen los recién llegados puede abrir una puerta al optimismo. El tiempo dirá si, por ejemplo, los planes faraónicos del ministro de Economía, Giulio Tremonti, para reforzar la construcción de infraestructuras en Europa (habla de doblar la inversión hasta alcanzar los 70.000 millones de euros anuales) son algo más que fuegos de artificio. Por lo pronto, Tremonti ha arrebatado las ideas más útiles del plan al grupo de alto nivel presidido por el antiguo comisario de Competencia, Karel Van Miert, que presentará hoy en Bruselas sus conclusiones.

En política internacional, la vara de medir la actuación de Berlusconi y su ministro de Exteriores, Franco Frattini, serán las relaciones con EE UU y la posición en Oriente Próximo. En el primer terreno, Italia lidera junto a Reino Unido y España la vertiente más atlantista de la Unión; en el segundo frente, Berlusconi se ha desmarcado de la línea comunitaria de mantener el contacto con el líder palestino Yasir Arafat.

La presidencia italiana también tiene una lectura paradójica en España. El PP hizo digerible para sus socios europeos la compañía extrema del partido Forza Italia, pero la llegada de Berlusconi a la cúspide de la UE no servirá de mucho a los intereses del Gobierno español. José María Aznar afronta el semestre aislado, sin alianzas firmes en la UE. Descolgado del empuje del eje franco-alemán, la equívoca relación con Londres o algunas de las capitales del Este parece poco bagaje para defender los intereses nacionales. Y a Berlusconi, como presidente, le corresponde una posición neutral. Habrá que ver si, al menos en eso, el italiano respeta el guión.