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Columna

Caen aviones, chocan trenes

Preguntado por Luis del Olmo, durante una entrevista para la Cadena Onda Cero, acerca del accidente del Yakolev-42D de la compañía ucraniana UM Air ocurrido en el aeropuerto de Trabzon, Turquía, el lunes 26 de mayo, en el que perecieron 62 militares españoles, el presidente del Gobierno, José María Aznar, dijo que esas cosas le pueden ocurrir a cualquiera, que las máquinas fallan, que los pilotos en ocasiones se equivocan y, en definitiva, se amparó en la casualidad adversa para rehuir la asunción de responsabilidad alguna por parte de ninguna autoridad.

Enseguida se puso él mismo de ejemplo y adujo que viaja en un avión Boeing 707 con más de 35 años, en el que se han producido averías que alteraron sus planes de vuelo, como la sucedida con el tren de aterrizaje en Santo Domingo el año pasado. Era una forma de reclamar para sí mismo un lugar entre los que figuran en los puestos de mayor riesgo y fatiga, que son los más alabados en las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas.

En esa misma línea ha continuado el ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos, cuando ha debido comparecer ante los periodistas tras el accidente ferroviario sucedido en Chinchilla, Albacete, la noche del martes pasado, 3 de junio, cuando chocaron frontalmente un Talgo y un tren de mercancías con resultado de 26 muertos y decenas de heridos de diversa consideración. Cascos se ha inclinado, sin esperar informes técnicos o sentencias judiciales, por culpar de inmediato al Factor con gorra y bandera roja de la estación citada.

Se ha cumplido así el reflejo automático del Gobierno aznarí, tan bien descrito por José María Ridao, según el cual ante cualquier problema en lugar de buscar la solución encuentra un culpable, por supuesto ajeno, es decir, distante del propio organigrama en el espacio y en el tiempo, fuera de la contemporaneidad, preferiblemente un socialista del aciago felipismo, perverso sistema que, a base de incuria y prevaricación, siempre se dibuja en el origen causal de la catástrofe que sea.

Los ejemplos pueden multiplicarse. Ahí está el caso del Prestige para probar que el chapapote sólo fue un problema ideado por la oposición de la pancarta y el radicalismo de quienes ladran su rencor por las esquinas del nunca mais. O Gescartera, un idílico lugar donde gentes fuera de toda sospecha intentaban poner sus bien ganados ahorros a trabajar a salvo de los impuestos confiscatorios ideados por la coalición social comunista. O la boda escurialense, criticada por quienes envidian la nunca desmentida sobriedad de un castellano aclimatado en Valladolid. O el AVE a Barcelona, modelo de rigor y competencia que los de siempre intentan sabotear. O la operación Chamartín, gran oportunidad para la vivienda del necesitado impugnada por mentes pequeñas incapaces de grandes ideas urbanísticas.

O el incremento del precio de la vivienda, prueba indeleble del progreso por el que nos conduce la sabia política económica de Rato y compañía. O la multiplicación de la delincuencia, herencia de incompetentes anteriores y de códigos penales irrisorios, que ahora está mejor encauzada que nunca de forma que pronto tendremos prisiones para todos. O el terrorismo etarra, donde el Gobierno ya empieza a decir del PNV y sus proclividades cosas muy parecidas a las que pusieron a Batasuna en la pendiente de la ilegalización. O la política exterior donde por fin España ha salido del rincón de la historia, se ha labrado una reputación que para sí la hubiera querido el Conde Duque de Olivares y ha conseguido romper el consenso con las otras fuerzas políticas parlamentarias, verdadero dogal que nos ataba a todas las mezquindades y sojuzgamientos.

Pero volvamos a las cuestiones iniciales, las del accidente aéreo del Yakolev-42D y el choque del Talgo y el tren de mercancías, y a la invocación eximente de que eso le puede pasar a cualquiera. Porque cabe otro enfoque distinto. Por ejemplo, el de la sabiduría popular empeñada en afirmar que tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe.

Cabe formularla también de manera más rigurosa acudiendo al libro de John Haigh Matemáticas y juegos de azar, que acaba de publicar la editorial Tusquets en su colección Metatemas. Ese texto nos ayuda a distinguir entre posibilidad y probabilidad y a establecer que la acción de los gestores públicos debe moverse en el ámbito del segundo de los conceptos.

Nada puede hacerse para cegar la posibilidad de los sucesos aciagos pero la calidad de una sociedad se mide por la medida de su probabilidad. Haigh nos previene sobre ciertas propensiones 'lógicas' que nos llevarían a identificar la probabilidad de que nos olvidemos del paraguas cuando llueve con la probabilidad de que llueva cuando nos olvidamos el paraguas. Y esa identificación es un craso error, una ignorancia vencible.

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