La atalaya

El espíritu de Hamlet

Cuando el pasado septiembre el presidente de EE UU, George Bush, decidió llevar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas su contencioso personal con Sadam Husein, cediendo a la presión de su secretario de Estado, Colin Powell, y a las recomendaciones de su más fiel aliado, el primer ministro británico, Tony Blair, el mundo respiró tranquilo. æpermil;se es el camino a seguir para intentar evitar un conflicto con Irak de impredecibles consecuencias para la estabilidad en Oriente Próximo. Bush optó por la vía de la ONU ante la avalancha de críticas a una acción unilateral de EE UU contra Irak. Seis semanas después de su discurso ante la Asamblea General de la ONU, las dudas y vacilaciones dominan al presidente estadounidense, reflejando la fractura de pensamiento entre sus colaboradores.

En una resolución sin precedentes, sólo igualada por la del golfo de Tonkín arrancada por Lyndon Johnson del Legislativo durante la guerra de Vietnam, Bush ha conseguido carta blanca del Congreso para proceder contra Sadam si el Consejo de Seguridad se resiste a bendecir el uso de la guerra contra Bagdad. Y el Alto Organismo está demostrando ser un hueso mucho más difícil de roer que el Congreso de Washington, donde el debate ha sido casi inexistente. Sin las elecciones legislativas del 5 de noviembre, Bush no hubiera logrado que su resolución hubiera sido aprobada por el escandaloso resultado de 296-133 votos en la Cámara y 78-22 en el Senado. Por miedo a ser acusados de tibieza patriótica, pocos legisladores se han atrevido a negarle a Bush su apoyo en una situación prebélica.

Colin Powell está haciendo lo imposible para conseguir el apoyo de Francia, Rusia y China, los tres miembros del Consejo que, junto a EE UU y Gran Bretaña, pueden ejercer el derecho de veto, a un proyecto de resolución que incluye el uso automático de la fuerza contra Irak, si este país no elimina todas sus armas de destrucción masiva. Los tres países, liderados por Francia y con el apoyo de la mayoría del resto de los 15 miembros, se decantan hasta ahora por la propuesta francesa de dos resoluciones: una, que especificaría las condiciones del regreso de los inspectores a Irak y otra, que autorizaría el uso de la fuerza si Bagdad no cumple las condiciones.

Powell está dispuesto a negociar y a hacer concesiones en la resolución. El ala dura de la Administración, representada por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld; la asesora de seguridad nacional, Condoleezza Rice, y, sobre todo, por el influyente vicepresidente, Dick Cheney, pretende que no se toque una sola coma del documento y acucia a Bush para que actúe de una vez, con la excusa de que las tropas desplegadas en la zona no pueden esperar eternamente sin que su efectividad merme. Bush, como Hamlet, duda. Sus últimas declaraciones, 'la guerra no es inminente, ni inevitable', 'aún no me he decidido por la opción militar, que en todo caso sería la última opción', indican que, por ahora, confía en la diplomacia de Powell. ¿Durante cuánto tiempo se mantendrá en esa línea? Es difícil de predecir. Lo que sí es seguro es que, a pesar de que afirma ser 'un hombre paciente', Bush no permitirá que su intención de conseguir el desarme total y la caída de Husein se eternice en los recovecos de los pasillos y despachos de la ONU. La negativa iraquí a autorizar la inspección irrestricta de los 1.025 edificios presidenciales no constituye precisamente un elemento positivo en esta situación explosiva.