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Columna
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Irak

La posibilidad de un ataque de EE UU a Irak toma cuerpo a medida que pasan los días. Carlos Solchaga considera que aun en caso de una victoria de Bush las incertidumbres seguirán en la región

Conforme transcurren los días parece más claro que Estados Unidos se propone atacar Irak y deponer a Sadam Husein. El secretario de Estado Powell está cada vez más aislado, particularmente después de que los líderes del Congreso de los Estados Unidos hayan decidido respaldar la política de Bush tras la reunión del pasado 18 de septiembre. Este giro en la estrategia del presidente Bush ha dejado sin apenas margen de maniobra a quienes se oponen a la intervención en Irak en los propios Estados Unidos. Bush ha cambiado de objetivo en relación con Irak -ya no es garantizar el cumplimiento de las resoluciones de la ONU o la eliminación de las armas de destrucción masiva que puede haber en aquel país, sino la eliminación de Sadam Husein y de su régimen- y ha cambiado también el procedimiento para alcanzarlo -ya no es la aquiescencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sino la del Congreso de los Estados Unidos de América-.

Ante esta situación no es sorprendente que los mercados internacionales de capitales estén reaccionando con temor, reflejado en una caída sustancial de las cotizaciones en todos ellos. Sin duda los mercados están preocupados por una subida significativa del precio del petróleo e incluso por algún problema que pudiera surgir en la continuidad de los suministros de crudo si la guerra fuera relativamente prolongada. Otro motivo de preocupación es, desde luego, la posibilidad de que en esas circunstancias la temida recaída de la recesión se afiance y las expectativas de los agentes económicos se derrumben, con el consiguiente impacto en los valores bursátiles.

Ambas aprensiones tienen fundamento y tanto más tienen cuanto más prolongado sea el conflicto y mayor coste represente en todos los terrenos la victoria final en Irak. No es previsible que Estados Unidos vaya a enfrentar una dura oposición a nivel mundial a su intervención aunque ésta sea de naturaleza unilateral o con una muy reducida coalición de países. Aparte de condenas más o menos retóricas de Rusia y China y algunas críticas europeas, en el terreno de los hechos, Estados Unidos podrá actuar con un gran margen con que consiguieran sólo la aceptación de apoyo logístico de unos cuantos países.

Seguramente la prolongación del conflicto implicaría el grave peligro de desestabilización por contagio en toda el área de Oriente Próximo y un fuerte recrudecimiento del conflicto palestino-israelí. No obstante, la experiencia de la guerra del Golfo en la década de los noventa, las intervenciones aéreas de Inglaterra y de Estados Unidos en Irak en los años siguientes o las reacciones muy controladas de los países árabes e islámicos, en general, durante la pasada contienda en Afganistán podrían permitir pensar que quizá se exageren los temores a un contagio de este tipo en el caso de una intervención bélica en Irak.

La cuestión, en mi opinión, es que aun cuando ninguna de estas posibles complicaciones tuviera lugar en el caso de un conflicto armado y que en un breve espacio de tiempo viéramos una rápida victoria estadounidense, todavía tendríamos buenas razones para sentirnos inquietos y para que la incertidumbre continuara reinando en los mercados. æpermil;stas provendrían de que la modificación de la pieza de Irak en el mosaico de Oriente Próximo es demasiado importante como para albergar la esperanza de que no habría de tener consecuencias en los países del entorno y en los equilibrios internos y externos entre ellos mismos y el resto del mundo. Con la victoria estadounidense en Irak podría estar poniéndose en marcha un nuevo orden en la región y quizá más allá de ella con consecuencias imprevisibles. La primera de ellas para nosotros los europeos es que nadie nos habría preguntado nuestra opinión al respecto. Será duro quizá comprobar que ello es así sencillamente porque no la necesitan.

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