COLUMNA

¿Qué guerra es ésta de isla Perejil?

Cuando sube la temperatura de los conflictos en el área internacional disminuyen los espacios para la reflexión independiente, porque todo lo que no sea alineamiento incondicional con el Gobierno de turno empieza a considerarse como prueba palmaria de déficit patriótico. Pero una vez desencadenada la crisis de isla Perejil se impone intentar un análisis en aras de algunos esclarecimientos, que puede resumirse en los siguientes puntos:

1. Nos falta información sobre los motivos que llevaron a Marruecos a enseñar su bandera en isla Perejil, siendo así que, cuando sus gendarmes habían acudido en otras ocasiones por razón de tráficos ilícitos o de campos de nudistas, sin exhibición de pabellón alguno, pudieron cumplir su servicio fuera de todo conflicto. ¿Puede aceptarse la explicación de los interlocutores marroquíes que niegan alteración alguna o al hacerlo se incurriría de parte española en una imperdonable ingenuidad alentadora de más graves provocaciones? ¿Se trataba de poner un señuelo marroquí ondeando al viento para plantear a la parte española la disyuntiva de convalidar lo que se presentaría en el momento oportuno como un avance o de provocar la respuesta española en una dirección temperamental prevista de antemano?

2. La determinación absoluta de Aznar en el rechazo a pasar por los hechos consumados se diría que es a la vez un intento de emular el comportamiento de los grandes a los que deseamos asemejarnos. Parecería que, después de la presidencia española de la UE, del encuentro en Camp David con George Bush, de poner los pies sobre la mesa y beber a morro junto a los del G-8 en Canadá, Aznar hubiera creído que, cuando un país se va haciendo mayor, debe comportarse como tienen probado que se comportan los mayores y hacerse respetar. Además, aquí los incondicionales clamaban aduciendo la necesidad de seguir el ejemplo de Margarita Thatcher cuando envió a la Royal Navy para recuperar las Malvinas.

3. Al mismo tiempo, la ocasión de la crisis de isla Perejil ha permitido comprobar por primera vez que a la acostumbrada soledad internacional de la España franquista, cuyas causas derivaban enseguida en causas imposibles por la propia invalidez de aquel régimen, ha sucedido la realidad de una España democrática reconocida y acompañada, en principio por sus socios de la UE y por sus aliados de la OTAN. Aquel nacionalismo de la pasada dictadura, mitad declamación de cartón piedra, mitad invocaciones de recuerdos imperiales habilitados ad hoc, más los ungüentos añadidos de una pretendida astucia galaica siempre concluían en vergüenzas más o menos enmascaradas por la acción de su aparato de propaganda, como se vio en la retrocesión de Ifni, en la descolonización de Guinea, en la Marcha Verde o en los acuerdos de Madrid sobre el Sahara. La música de los comunicados de Bruselas a propósito de la crisis sonaba en la opinión pública española a respaldo.

4. Rechazar de modo tan tajante los hechos consumados y adoptar la decisión de invertir la situación a que habían conducido requería antes proceder a colorearla para mejor cargarse de razón. Así, Aznar estaba intentando también llevar a cabo un ejercicio de pedagogía política dirigido a un auditorio mucho más amplio, mas interesante y más cercano que el radicado en nuestro vecino magrebí. La operación conjunta de las fuerzas especiales para el desalojo de isla Perejil suministraba una prueba de su buen adiestramiento y de su efectividad y, además, con cero bajas. Empezábamos a comprobar que aquellas Fuerzas Armadas tan numerosas, tan faltas de equipamientos, de operatividad y de capacidad de proyección caminaban hacia una modernización y profesionalidad que harían de ellas un instrumento válido como respaldo adecuado a la credibilidad de la política exterior del Gobierno de turno.

5. Lo sucedido dejaba, en definitiva, mucho más acreditado el comportamiento de las Fuerzas Armadas que el de nuestra diplomacia, aunque el ministro Trillo se pasara en su crónica del alba ante el Congreso. Claro que algunos eximen de responsabilidad al Palacio de Santa Cruz y cargan las tintas de los desencuentros y sorpresas procedentes de Marruecos sobre el Palacio de la Moncloa. Hasta el punto de sugerir que Aznar, después de romper el diálogo con los obispos vascos, los rectores, los sindicatos, los presidentes autonómicos o Marruecos, ha dejado también de hablarse con nuestros diplomáticos.

6. Deberían repasarse con detalle los desencuentros hispano-marroquíes desde el frustrado Tratado de Pesca en adelante y fijar con claridad qué posición debemos adoptar cuando el 31 de julio próximo las Naciones Unidas vuelvan a considerar la cuestión del Sahara Occidental, una vez que Francia y, sobre todo, Estados Unidos han decidido respaldar a Mohamed VI. Continuará.