La Opinión del Experto

El valor de la honradez

Antonio Cancelo critica los últimos escándalos financieros que han salpicado y puesto en entredicho la manera de actuar y de comportarse de la alta dirección

Para quienes creemos en el papel determinante que la empresa juega en el mundo moderno, como agente generador de riqueza, de empleo y hasta de articulador de la sociedad, y somos conscientes de la importancia de la gestión en el cumplimiento del cometido de la empresa, los recientes acontecimientos acaecidos por actuaciones de la dirección en diferentes lugares del mundo y en empresas singulares, nos produce un sentimiento de indignación y desasosiego.

Porque el asunto no es banal, ya que los culpables de tamaños desaguisados, de delitos tan execrables, son personas que pese a tener unas retribuciones altísimas, nadar en la abundancia, gozar de un gran prestigio social, haber estudiado en las mejores escuelas y universidades, relacionarse con las personas mas distinguidas, actúan como delincuentes de la más baja estofa.

Es necesario empezar a llamarlos por su nombre, ya que cualquier tipo de cobertura o comprensión es injustificable, ya que son seres que traicionan los intereses que se les han confiado, afectando a los trabajadores, clientes, proveedores, accionistas, y a la sociedad en general, pervirtiendo de este modo la función para la que nace la empresa.

El endiosamiento en el que caen algunos directivos les hace ser incapaces de aceptar la mínima consideración hacia su forma de hacer las cosas

La sucesión de acontecimientos de esta índole impide considerarlos como hechos aislados, ya que su repetición y la diversidad de ámbitos territoriales en los que se producen, unido a su concentración temporal, hace sospechar de la existencia de factores explicativos que trascienden lo meramente circunstancial.

Valores en boga como la ganancia rápida, la necesidad que muchos sienten de hacerse ricos a toda costa y lo antes posible, sin que ni siquiera exista un baremo que permita medir si se ha alcanzado el objetivo, por lo que la acumulación se convierte en un fin en sí misma, incluso cuando se ha superado la capacidad de gastar lo acumulado en la vida propia y en la de los descendientes directos, la filosofía de gestión empresarial que no ve otro norte que el de incrementar el valor para el accionista, etc., pueden ayudar a explicar los comportamientos deshonestos.

El endiosamiento en el que caen algunos directivos incapaces de aceptar la más mínima consideración hacia su forma de hacer las cosas y mucho menos de admitir el menor de los errores, les conducen a presentarse como triunfadores aunque para ello haya que recurrir a la falsedad, a la mentira, a la trampa acumulativa, multiplicando el número de tapujos y el de personas implicadas.

La verdad es que aunque hayan estudiado en los lugares de mayor prestigio y posean un montón de doctorados, actúan como tontos, pues parecen olvidar que en la empresa las ocultaciones, las falsedades, no pueden ser infinitas ni permanecer para siempre, ya que la carencia de recursos acaba poniéndose de manifiesto. Pensar que la situación podrá mantenerse indefinidamente y que no acabará descubriéndose, dice mucho de la realidad, pero también de la estulticia.

Mantener, aunque sea durante un tiempo, una imagen falsa de la empresa, responde sin duda a una decisión personal e intransferible de su máximo mandatario, pero necesita la cobertura de otras muchas personas de la organización y de fuera de la misma, ya que la construcción artificial contable no puede hacerse sin muchas contribuciones y su ratificación o validación necesita atraer muchas voluntades confabuladas del exterior.

La exigencia, generalmente admitida, de mejorar constantemente los resultados de las empresas con mediciones a corto plazo, no explica en absoluto los comportamientos fraudulentos, aunque sí ayudan a generar un entorno que los favorezca. Sobre todo para las empresas que cotizan en Bolsa, la angustia por mejorar los resultados cada trimestre, lleva a muchos directivos a estrujar los mecanismos internos que permiten aparecer favorablemente ante los mercados.

Cuando esos ajustes se hacen insuficientes, el salto a la falsificación, a la mentira, a la estafa, a la traición al conjunto de los acreedores, resulta fácil para algunos, todo menos admitir que la gestión de la empresa no es la deseada.

Harían bien las empresas en buscar mecanismos de defensa ante posibles comportamientos deshonestos de sus máximos dirigentes, cautelas que de establecerse no se basarían en la sospecha pero sí en la posibilidad. A título orientativo se debería analizar la búsqueda de una contrapartida a las bastante generalizadas cláusulas de rescisión del contrato de directivos, que contemplan una contrapartida económica, con frecuencia considerable, para el caso de que la empresa decida prescindir de la colaboración.

Esta contrapartida podría consistir en una especie de fianza que cubriese, al menos en parte, las consecuencias de comportamientos que no respondan a las exigencias éticas que la empresa demanda en quienes asumen tareas de dirección.

Claro que lo mejor sería establecer acciones preventivas en el momento de la incorporación de directivos a las empresas, es decir en los procesos de selección. Además de los conocimientos, competencias, etc., habrá que considerar con mayor detenimiento los aspectos morales, y entre ellos la honradez, haciendo de este valor un factor determinante. La inmensa mayoría de directivos empresariales -todos los honrados- creo que estarían de acuerdo.