Por qué el fabricante español que solo vende en Europa está más expuesto de lo que cree
Alemania, Francia e Italia no son tres mercados: son el mismo riesgo con tres nombres distintos

En 2008 creíamos que nuestras inversiones estaban diversificadas porque tenían formas distintas, nombres distintos, calificaciones distintas, entidades distintas. Bastaba con eso. No hacía falta escarbar más allá, porque durante años no había pasado nada grave, y preguntar demasiado se sentía casi de mal gusto. A esto se le llama la miopía de la abundancia: la costumbre de dejar de vigilar un riesgo precisamente porque todavía no ha atacado. Cuando el ataque llegó, llegó para todos a la vez, porque debajo de tantos nombres distintos había un único riesgo compartido: la burbuja inmobiliaria estadounidense.
Hace algunos días hablé con un fabricante de conservas (omito su nombre a petición suya, aunque su empresa lleva más de 30 años en el mercado y una reputación intachable). Me preguntó por la incertidumbre comercial del mundo. Y me explicó con la tranquilidad de quien ya ha resuelto el problema que su empresa estaba a salvo porque vendía en varios países de Europa. Alemania, Francia, Italia, Portugal. “Estamos diversificados”, me dijo. Reconocí esa frase de inmediato. Era la misma miopía de 2008, con otro producto y otro año.
Esta diversificación no diversifica nada; Alemania, Francia e Italia comparten moneda, política monetaria y ciclo económico, y ahora comparten algo más delicado: la misma exposición arancelaria, porque la Unión Europea negocia como bloque único para los 27 a la vez. Cuando Washington sube un arancel, no lo sube a España por separado. Lo sube a los 27 de golpe. Ese arancel pasó del 10% al 15% en cuestión de meses, y el Tribunal Supremo estadounidense anuló parte de los gravámenes, tras lo cual la Administración respondió activando otros nuevos días después, todo en bloque.
Y aquí conviene explicar una cifra que casi nunca se lee con matices: las exportaciones españolas a Estados Unidos cayeron un 8% en 2025. Suena alarmante hasta que se pregunta qué hay dentro. Mezcla acero, automoción y maquinaria industrial con una lata de mejillones en la misma coctelera estadística. Una fábrica de bienes de equipo depende de decisiones de inversión ajenas, que se congelan ante la incertidumbre. Una fábrica de conservas depende de que la gente siga comiendo, y la gente come tres veces al día haya o no titulares alarmantes. Pero esa resistencia tiene un límite: cuando la inflación aprieta de verdad, el consumidor no deja de comprar, pero cambia de marca sin pedir permiso.
Y quiero ser justa: la falta de inversión en expansión internacional no es pereza, creo que es supervivencia del día a día. Pero la culpa no es solo de los aranceles ni de la geopolítica. Es de cuatro frenos internos que rara vez se nombran en voz alta: el relevo generacional sin resolver —más del 70% de las pymes españolas son familiares y solo una de cada tres supera la segunda generación—, precisamente cuando es la generación más joven la que se atreve a salir fuera; la sobrecarga del talento capaz de gestionar una operación internacional; el desconocimiento puro de otros mercados, porque nadie exporta a un país que no sabe leer; y la costumbre, esa comodidad de décadas de mercado local que es la razón menos confesada de por qué tantas empresas no lo intentan.
¿Qué es entonces diversificar de verdad? No es sumar países al mapa. Es elegir mercados que respondan a estímulos distintos y que valoren lo que Europa sabe hacer mejor que nadie: Estados Unidos, Canadá, México, el bloque del Mercosur, Australia, Japón. En todos ellos el producto europeo compite con una ventaja poco discutida: precio razonable frente a la producción local, y una etiqueta, “hecho en Europa”, que se lee como sinónimo de calidad. Los gobiernos también lo están reconociendo con hechos: en España se ha activado este año una línea de 750 millones de euros, con tramos no reembolsables, para pymes exportadoras.
Cuando me despedí del fabricante de conservas, le pregunté si había pensado alguna vez en Canadá: el acuerdo comercial CETA entre la Unión Europea y Canadá facilita el acceso a ese mercado, aunque algunas conservas vegetales se enfrentan este año a una salvaguardia arancelaria temporal. Se quedó pensando, como quien despierta de una miopía que ni siquiera sabía que tenía.
Así que se lo pregunto también a usted, y en serio: ¿en cuántos de sus mercados actuales, si mañana sube un arancel en Bruselas, le pasaría exactamente lo mismo a la vez? ¿En cuántos países vende y cuántos de ellos, en realidad, se mueven juntos? Si la respuesta es “en todos”, no está diversificado. Solo ha cambiado la etiqueta de la misma lata.