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Opinión

Los bajitos de la clase

España necesita que sus empresas crezcan, ganen músculo y se sitúen en la escala europea

Empresa tecnológica con sede en O Porriño (Vigo).Visual MS

Hay una escena que todos recordamos del colegio, la fotografía de final de curso. En la última fila, los más altos y, delante, los bajitos. No había nada malo en ocupar la primera fila; simplemente era una cuestión de tamaño. Lo preocupante habría sido descubrir, diez años después, que aquellos niños seguían midiendo exactamente lo mismo. Entonces ya no hablaríamos de una diferencia natural, sino de un problema de crecimiento.

Algo parecido sucede con nuestras empresas porque España lleva décadas siendo de los bajitos de la clase empresarial europea. No porque nos falte talento, capacidad emprendedora o iniciativa, al contrario. Nuestras pymes son extraordinariamente resilientes, innovadoras y competitivas. El problema es que demasiadas se quedan pequeñas durante demasiado tiempo. Mientras nuestros compañeros europeos continúan creciendo, ganando dimensión y músculo empresarial, nosotros seguimos ocupando esa primera fila reservada a quienes nunca consiguen dar el estirón.

No es una cuestión estética. En la empresa, como en la vida, el tamaño no lo es todo, pero llega un momento en que sí importa porque una empresa con mayor dimensión dispone de más recursos para invertir en innovación, digitalización, internacionalización, formación o sostenibilidad. Tiene más capacidad para resistir las crisis, acceder a financiación y atraer talento. Puede asumir proyectos de mayor valor añadido y mejorar las condiciones laborales de sus trabajadores. En definitiva, tiene más posibilidades de ser productiva.

Y ahí aparece una palabra que repetimos con frecuencia, pero sobre la que todavía reflexionamos poco: productividad. Durante demasiado tiempo hemos tratado la productividad como si fuera una consecuencia automática del esfuerzo. Como si bastara con trabajar más horas o exigir más sacrificios. Pero la productividad no nace de la intensidad, sino de la capacidad de hacer mejor las cosas, y esa capacidad está íntimamente ligada al tamaño empresarial.

Las empresas pequeñas pueden ser excelentes, pero parten con una desventaja evidente frente a organizaciones con mayor dimensión y es que les cuesta más invertir, incorporar tecnología, especializar equipos, abrir nuevos mercados o absorber el impacto de cualquier imprevisto.

Sin embargo, el crecimiento empresarial no depende únicamente del esfuerzo de quien emprende. También depende del entorno. Si un profesor evaluara constantemente a los alumnos pequeños con criterios pensados para los mayores, difícilmente lograría que progresaran y eso es lo que exactamente ocurre cuando las normas se diseñan sin tener en cuenta la realidad de las pymes. Exigencias administrativas, obligaciones regulatorias o cargas fiscales concebidas desde la lógica de las grandes empresas terminan convirtiéndose en una mochila demasiado pesada para quienes todavía están intentando crecer.

Por eso necesitamos incorporar definitivamente una mirada Think Small First en la legislación española. Pensar primero en los más pequeños, las pymes, no supone establecer privilegios; significa comprender que no todos parten desde el mismo lugar. Las normas deben facilitar el crecimiento, no convertirlo en una carrera de obstáculos.

En esa dirección avanza la rebaja progresiva del Impuesto sobre Sociedades para las pequeñas y medianas empresas, una reivindicación histórica impulsada por Pimec. No se trata únicamente de aliviar la carga fiscal, se trata de permitir que miles de empresas puedan reinvertir recursos, ganar competitividad y acercarse un poco más a ese salto de dimensión que tantas veces se les resiste. Porque cuando una pyme dispone de más capacidad para crecer, toda la economía crece con ella.

Pero incluso cuando conseguimos eliminar algunos obstáculos, aparecen otros que frenan ese estirón empresarial. Uno de ellos es el absentismo laboral, que se ha convertido en uno de esos compañeros que, sin hacer demasiado ruido, termina condicionando el rendimiento de toda la clase.

Mientras hablamos de innovación, inteligencia artificial o transformación digital, muchas pequeñas empresas afrontan cada día enormes dificultades para reorganizar plantillas, cumplir plazos o atender a sus clientes debido al incremento continuado de las ausencias laborales. No hablamos de cuestionar un derecho tan esencial como la incapacidad temporal ni de poner en duda situaciones de enfermedad que merecen toda la protección, hablamos de un sistema que necesita mejorar su funcionamiento para evitar que las bajas se prolonguen innecesariamente por causas administrativas, demoras asistenciales o falta de coordinación entre los distintos agentes implicados.

Porque una pyme no dispone del mismo margen que una gran empresa para absorber estas situaciones. Donde una gran compañía reorganiza departamentos, una pequeña empresa pierde capacidad de producción, retrasa entregas o incluso rechaza nuevos proyectos y, así, el impacto sobre la productividad es inmediato.

El absentismo, cuando responde a disfunciones del sistema y no a necesidades médicas reales, acaba actuando como uno de los grandes saboteadores silenciosos del crecimiento empresarial. Aparte de ser injusto e impactar en las personas que necesitan ser atendidas, reduce la competitividad, dificulta la planificación y limita la capacidad de las empresas para seguir creciendo, y sin productividad no hay dimensión empresarial posible.

Si de verdad queremos que nuestras empresas dejen de ocupar siempre la primera fila de la fotografía europea, necesitamos actuar sobre todos los factores que condicionan su crecimiento. Necesitamos un marco regulatorio pensado para las pymes, una fiscalidad que incentive la inversión, una administración que simplifique en lugar de complicar y una estrategia decidida para abordar el absentismo desde el rigor, la responsabilidad y la colaboración entre administraciones, empresas y agentes sociales.

Porque ningún alumno crece únicamente por el paso del tiempo; crece cuando recibe los cuidados adecuados, cuando dispone de oportunidades y cuando nadie le pone obstáculos innecesarios.

Con las pymes ocurre exactamente lo mismo y España no necesita resignarse a seguir siendo de los bajitos de la clase. Tiene talento, capacidad empresarial y espíritu emprendedor de sobra para ocupar un lugar mucho más destacado en la economía europea. Lo único que falta es dejar de aceptar como inevitable una situación que, en realidad, tiene mucho de decisión colectiva.

Porque las empresas no nacen pequeñas para quedarse pequeñas, nacen pequeñas para poder crecer. Nuestra responsabilidad, como país, consiste en asegurarnos de que nada, ni una regulación desproporcionada, ni una fiscalidad poco estimulante, ni los problemas estructurales que lastran la productividad y el absentismo, les impida dar, por fin, el estirón.

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