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Editorial
Opinión

China ante el reflejo de Evergrande

La condena a cadena perpetua del empresario no cierra la crisis del ladrillo que atraviesa el país

El fundador y expresidente de Evergrande, Xu Jiayin, en 2021. WU HONG (EFE)

China salda judicialmente la quiebra de Evergrande, el mayor símbolo de la crisis inmobiliaria que atraviesa el país, con la condena penal de su fundador, Xu Jiayin. El empresario de 67 años, que en su día llegó a ser considerado el hombre más rico de Asia, ha sido sentenciado por un Tribunal Popular en primera instancia a cadena perpetua. Los cargos contra él incluyen desde falsificación contable a gran escala hasta sobornos para conseguir créditos.

El fallo consolida la percepción de Jiayin como el villano de la pesadilla económica que desde hace años atraviesa el sector inmobiliario chino. Pero no acaba con esa crisis de proporciones acordes al tamaño del gigante asiático. Las cifras marean, empezando por las de Evergrande, que llegó a acumular una deuda de más de 280.000 millones de euros. Los problemas de liquidez de la compañía llevaron a una primera suspensión de pagos en 2021, y desde entonces todo ha ido rodando cuesta abajo. No queda claro por tanto hasta qué punto el grupo podrá afrontar las multas de más de 2.000 millones que le impone la sentencia, en la que se ha condenado además a otros 56 acusados.

Pero el principal quebradero para las autoridades chinas no es ese, sino que tampoco está claro cuándo el sector inmobiliario empezará a asomar cabeza en la segunda mayor economía mundial. Tras Evergrande, otras grandes promotoras de vivienda acabaron suspendiendo pagos, y más de una veintena han mostrado problemas de liquidez. Demasiadas coincidencias para no considerar que, cuanto menos, las Administraciones fueron negligentes en el control de los negocios inmobiliarios y su relación con los canales financieros. Todo ello con un aroma, incomprensible porque es una experiencia de la que Pekín podría haber aprendido, que recuerda a la burbuja inmobiliaria que a principios de siglo puso en jaque a muchas economías occidentales. Es cierto que China ha evitado la hecatombe poniendo recursos públicos en grandes cantidades. Pero la crisis inmobiliaria es tal que ni promotoras con capital estatal se han librado de los problemas. Y todo ello en un territorio de más de 1.400 millones de habitantes, con unas enormes necesidades de vivienda en muchas ciudades, y en el que la inversión inmobiliaria y los volúmenes de construcción siguen en caída libre.

En un país con tan poca transparencia como China es aventurado vaticinar cuánto queda para que el sector toque suelo y se estabilice. Pero la experiencia occidental indica que las crisis que afectan a la vivienda dejan secuelas. Y a veces cuesta décadas cerrarlas.

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