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China es el ganador del caos global. ¿Por qué ha elegido invertir en España?

El desembarco del gigante asiático en las fábricas de automóviles españolas responde a factores industriales y geopolíticos. Bruselas no se fía: el régimen de Pekín es un socio incómodo

Trabajadores de Ford en Almussafes (Valencia), reunidos para el anuncio de la alianza con Geely el pasado 23 de julio.Mònica Torres

En 2019 se estrenó el documental American Factory, el primero de la productora del matrimonio Obama, que puede verse en Netflix. Es un relato, que entonces era desconcertante y hoy nos lo parece menos, sobre la llegada de la inversión china a ciertas zonas desindustrializadas del Medio Oeste de EE UU. Dayton (Ohio) vivía en la depresión por el cierre de la fábrica de General Motors cuando la instalación fue adquirida por un productor chino de parabrisas, Fuyao, que fue recibido como una tabla de salvación. Toma el mando de la planta el fundador de esa compañía, Cao Dewang, llamado el Rey del Vidrio, con una fortuna actual de 5.000 millones de dólares según Forbes. Se nos cuenta paso a paso, desde una cámara omnipresente, el choque cultural entre los norteamericanos y sus nuevos jefes chinos. Estos últimos están acostumbrados a la sumisión absoluta de sus plantillas, que aceptan horarios extenuantes y practican extraños ritos de culto a la compañía. En EE UU, pronto se dan cuenta, no se funciona así. Miran al personal local como vagos con poco compromiso por la empresa, y se esmeran en reprimir el sindicalismo (eso no solo lo hacen los ejecutivos chinos, también Bezos o Musk). El propio Cao se deja grabar sin filtros en la película, despotricando de sus empleados. El documental, dijo Michele Obama, no es “editorializante”: se limita a retratar lo que pasa. No esperen sacar una moralina.

¿Se queda con ganas de saber qué ha pasado después allí? Pues bien, en 2024 las instalaciones de Fuyao en Ohio fueron registradas por agentes federales en una investigación sobre explotación laboral y blanqueo de capitales; en 2025 una comisión del Congreso señaló a esta marca por prácticas contra los trabajadores y por sus vínculos con el Partido Comunista Chino; y el pasado marzo la planta sufrió un gran incendio. Pero nada frena a los Cao: la compañía ha seguido creciendo en EE UU, donde tiene ya cinco fábricas: abrió una segunda en Ohio, muy cerca de la primera, y otras tres en Illinois, Michigan y Carolina del Sur. El pasado octubre, Cao Dewang activó la sucesión en el imperio que fundó: pasó a una presidencia de honor y cedió el mando a su hijo Tso Fai. Sigue siendo el Rey del Vidrio, también en EE UU.

Vídeo: NETFLIX

Tardaremos años en poder hacer balance de qué pasó después del desembarco de los fabricantes chinos en España. Porque el fenómeno acaba de empezar, y va a un ritmo acelerado. La automovilística china Geely Holding ha tomado el 34% de una empresa conjunta con Ford para compartir la fábrica de Almussafes (Valencia). La inversión inicial es de 211 millones y garantiza la continuidad de la fábrica, con medio siglo de historia y una de las de mayor capacidad de España. Estaba a medio gas, porque solo fabricaba un modelo (el Kuga), y ahora montará cinco modelos de las dos marcas. Los presidentes del Gobierno, Pedro Sánchez, y de la Generalitat valenciana, Juanfran Pérez Llorca, corrieron a dar la bienvenida a los inversores chinos en un acto que reunió a la plantilla, hoy de 4.200 personas, poco más de la mitad que en sus mejores días. No es para menos. El automóvil europeo está en crisis y las marcas chinas han despegado. Será un alivio que los fabriquen aquí.

España pone la alfombra roja a los fabricantes chinos para salvar su industria del motor y la estrategia está funcionando. Hace dos años, Chery se hizo cargo de la que fue la fábrica de Nissan en Barcelona, de la que salió el último coche en 2021, de la mano de EV Motors (que ha resucitado la marca Ebro). SAIC, dueño de MG, prevé construir una fábrica en Ferrol que será “la mayor inversión del siglo XXI en Galicia”, según presume en esta entrevista el presidente de la Xunta, Alfonso Rueda. Ferrol es uno de nuestros Ohio, una ciudad venida a menos desde la crisis de los astilleros. Un destino perfecto con personal cualificado, espacios industriales desaprovechados y unas autoridades ansiosas de ayudar en lo que haga falta.

‌Hay más: CATL, el mayor fabricante de baterías del mundo, se ha asociado con Stellantis para una megafactoría cerca de Figueruelas (Zaragoza). Esta última inversión ha generado una situación que daría para otro documental: van a venir 2.200 trabajadores chinos a una localidad que tiene 1.200 habitantes, un único bar y una escuela. “Ellos quieren estar lo más cerca posible de la fábrica”, explica el alcalde, Luis Bertol; eso los diferencia del personal local, que vive en su mayoría en Zaragoza, a 30 kilómetros. La solución más probable es instalar módulos prefabricados junto a la misma fábrica que fue de General Motors. También en Figueruelas prevé montar algunos de sus modelos Leapmotor, compañía china en la que Stellantes tomó un 20%. Alguno puede ir también a la planta de Villaverde (Madrid). A Aragón, por cierto, mira también Changan para levantar su primera fábrica en España, de la que hay pocos detalles.

¿Por qué China elige España? Hay motivos industriales de peso, y también geopolíticos. Las fábricas españolas de automóviles han demostrado durante décadas su competitividad, no solo en costes que también. Ofrecen personal bien formado, instalaciones que están muy por debajo de su capacidad de producción y una potente industria auxiliar, ágil para adaptarse a lo que venga. Y en España está más protegido el sindicalismo que en Ohio, donde no lo quería ver Cao, pero además ha demostrado su responsabilidad en las negociaciones decisivas para captar inversiones. Si además han sido cruciales las gestiones del Gobierno de Pedro Sánchez, que ha viajado cuatro veces a Pekín desde 2023, es indemostrable, pero lógicamente La Moncloa saca pecho por ello.

Las inversiones chinas en Europa aumentaron un espectacular 67% en 2025, hasta 16.800 millones, y de esa cifra 7.600 millones corresponden al sector del automóvil, según el monitor de Rhodium Group y Merics. En lo que se refiere al coche eléctrico, el país más beneficiado ha sido Hungría, que durante el mandato de Orbán fue un aliado clave en Europa para la superpotencia asiática, pero su cuota está bajando. España ocupa el cuarto lugar, tras Alemania y Francia; y puede ganar posiciones cuando todos estos proyectos se pongan en marcha. Dice el informe de la firma especializada Merics: “Parece muy probable que las compañías chinas sigan canalizando sus inversiones hacia los países que se ven más alineados con China, como Hungría, España y Eslovaquia”. Los datos apuntan por ahí: el aumento de la inversión china en la industria del motor española fue el año pasado de un 147%. Por mucho alineamiento que haya, sería muy distinto que empresas chinas vinieran a comprar grandes compañías, por ejemplo del Ibex, pero si ocurriera existen mecanismos para vetarlo.

En este debate no podemos obviar el elefante en la habitación: el régimen chino es dictatorial, no respeta los derechos humanos, reprime a minorías, practica una vigilancia masiva, es el sostén de Putin y amenaza a Taiwán. Todo eso lo convierte en un socio incómodo. La relación de China con la UE no es para nada idílica: Bruselas impuso un arancel del 43% al coche eléctrico fabricado allí (esto explica que vengan a montarlos aquí); estudia una respuesta comercial más dura a los subsidios con los que Pekín riega a sus empresas y a la “sobrecapacidad industrial”; y para colmo incluyó a bancos chinos en la lista de empresas sancionadas por facilitar a Rusia evadir las sanciones.

Dice el tópico que en Oriente se tiene otro concepto del tiempo. Que no entienden nuestras prisas, que miran el largo plazo. La emergencia china no ha empezado anteayer, claro que no. Pero el gigante asiático pisa cada vez más fuerte, y esto coincide con que EE UU se repliega en el mundo, dinamita las alianzas que tejían Occidente, rompe las reglas del multilateralismo. China fue el gran ganador de la globalización, proceso acelerado a partir de los años noventa tras la caída del Muro de Berlín: eso les sirvió para sacar a millones de personas de la pobreza. Se convirtió en la gran fábrica del mundo, todas las marcas querían instalarse allí. Pero, si la fase en la que estamos ahora puede llamarse desglobalización, China sigue ganando. Ha resistido la embestida arancelaria de Trump, al exhibir su fuerza cuando amagó con restringir la exportación de materiales críticos clave para la industria tecnológica. Pekín no iba a dejarse humillar por un matón como otros sí permitieron. Ha sido capaz de subirse a la carrera de la inteligencia artificial, al desarrollar modelos eficaces y baratos (y de código abierto, lo que amenaza el modelo de negocio de OpenAI o Anthropic). Su poder blando en el mundo no hace más que crecer, a través de acuerdos con países asiáticos, latinoamericanos y africanos a los que provee de infraestructuras y de financiación. Cuando Washington desmantela su red de cooperación internacional, Pekín la refuerza. Este contexto ayuda a entender que China ya no es una gran fábrica para que los occidentales hagan allí sus productos. Como ya ha pasado en Ohio y como van a vivir en Almussafes, Figueruelas y Ferrol, China ya viene a Occidente a instalar sus fábricas.

Y el conflicto de Oriente Próximo, que tiene enfangado a Trump, no hace más que reforzar a China. Que ve cómo EE UU dilapida recursos en otra guerra interminable, que se puede mostrar como aliado fiable ante países desencantados o ignorados, y a la que encima hay que agradecer que contenga el precio del petróleo mostrando su disposición a liberar parte de sus descomunales reservas energéticas. The Economist dio en el clavo en una portada publicada en abril. Se veía a Xi Jinping con una tímida sonrisa detrás de un Trump desenfocado y el titular: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando se está equivocando”.

China mueve sus cartas y marca los tiempos. ¿Es el socio ideal para Europa? No lo es, pero para los países receptores son muy bienvenidas sus inversiones. Bruselas no se fía: estudia poner condiciones más severas al desembarco chino en industrias como el coche eléctrico, las baterías o la energía fotovoltaica. Pretende obligar a sus compañías a compartir el capital con socios europeos y a transferir tecnología. Es, casi exactamente, lo que China exigía hace décadas a los que llegaban a instalar fábricas a su país. Un chocante intercambio de papeles, una muestra de que el mundo se ha puesto del revés.

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