No son las estrellas, es el equipo. Y otras lecciones del Mundial para la vida y para la empresa
España alcanza la final tras un relevo interno y coherente y una renovación generacional. La selección de De la Fuente abraza la diversidad y el cosmopolitismo, aparca los egos y proyecta una buena imagen al mundo


Cuando empezó el Mundial de fútbol de EE UU, México y Canadá, y parece que ha pasado mucho tiempo, los focos estaban puestos en las estrellas más renombradas. En una primera fase ampliada a 48 equipos, necesariamente desigual aunque no tanto como se esperaba, los galácticos se hincharon a marcar goles: seis Messi, cuatro Mbappé, Dembélé, Haaland y Vinicius. Sumemos a esa élite a Olise, que no marcó pero deslumbró a base de asistencias, y a la estrella española Lamine Yamal, que llegaba al torneo renqueante de una lesión. Francia, con tres de esas siete figuras en sus filas, era clara favorita ante España, y también para ganar el torneo de acuerdo a las casas de apuestas (aunque Kiko Llaneras, con su propio modelo, acertó más). La Roja (de blanco ese día) venció con autoridad a Les Bleus, y se medirá en la final a una correosa Argentina, porque el fútbol es un deporte de equipo. Y España ha sido durante todo el torneo mucho más equipo que nadie. Ante Francia se apropió del balón, lo movió con inteligencia y con paciencia, se protegió lejos de su portería, e hizo a sus rivales desesperarse corriendo detrás de la pelota. Las estrellas desequilibran, claro que sí, y pueden decidir eliminatorias con una genialidad. Pero al final ha importado más la cohesión del grupo.
De lo que llevamos de un Mundial a punto de terminar comparto algunas conclusiones más, que valen para el fútbol, para la vida y para todo tipo de empresas u organizaciones.
-El líder discreto, el relevo interno. Cuando Luis Enrique dejó la selección tras el Mundial de Qatar en 2022, sorprendió la elección de Luis de la Fuente. A su favor, había dirigido las categorías inferiores de la selección con buenos resultados: un título europeo sub-21, otro sub-19 y una plata olímpica. En su contra, nunca había entrenado en la élite, ni a un club profesional (lo máximo, al filial del Athletic y al Alavés en Segunda B). En su segundo partido con la absoluta cometió una pifia: una derrota por 2-0 en Escocia tras una alineación cuestionable. Y cuando dimitió Luis Rubiales, por el escándalo por el abuso sexual contra Jenni Hermoso, De la Fuente fue visto con sospechas por formar parte del círculo de confianza del hasta entonces presidente de la RFEF. Luego pidió perdón por haber aplaudido el último discurso de Rubiales (el de “No voy a dimitir”). Los resultados han ido derrumbando las suspicacias. Él evitó las polémicas (con pocas excepciones, alguna crítica le ha escocido) y sus discursos se dirigían a un objetivo: construir cultura de equipo. La Roja jugaba cada vez mejor. Ganó dos títulos europeos del tirón: la Nations League de 2023 (torneo menor, sí) y la Eurocopa de 2024; en la siguiente Nations de 2025 fue subcampeona en los penaltis. Una racha gloriosa que, en caso de ganar este domingo, igualaría al periodo mágico 2008-12 de la anterior generación. De la Fuente practica un fútbol vistoso y muy bien estructurado: es concienzudo estudiando todo lo que puede pasar en el campo (por ejemplo, tenía previsto cómo neutralizar el saque inicial francés a la banda). El caso revela las ventajas, en el fútbol como en las empresas, del relevo interno, el más natural, el que no tiene que aprender todo de cero, el que ya ha trabajado con esos mismos profesionales, el que da más garantías que lanzarse a hacer un fichaje.
-Renovación generacional y meritocracia. A De la Fuente le tocó gestionar la retirada de jugadores como Busquets o Jordi Alba, últimos iconos de la quinta gloriosa anterior. Se atrevió a hacer debutar a chicos jovencísimos: Lamine Yamal con 16 años (hoy nos parece obvio, entonces no lo era) o Cubarsí con 17 (tremendo su nivel en este Mundial). También vistió con la elástica roja a jóvenes que tienen años por delante para afianzarse, como Marc Pubill o Víctor Muñoz. Y ha sabido empastar a veteranos y noveles, porque siguen en la selección treintañeros como Laporte, Marcos Llorente o Borja Iglesias. Hasta hizo debutar a Joselu cuando tenía 33.
El técnico español valora los méritos de cada uno y no titubea en sacar del once al que está en baja forma. Pedri parecía indiscutible, y es el eje alrededor del que gira el Barcelona, pero ha perdido la titularidad porque Fabián ha encajado mejor junto a Rodri, el más líder en el campo. Dani Olmo no es tan decisivo en el Barça pero sí en la selección. Gavi era otro habitual que apenas ha tenido minutos. Dejó fuera de la lista a Carvajal o Huijsen, con los que antes contaba, por una floja y accidentada temporada en el Madrid. La competencia interna es altísima, pero eso no afecta al espíritu de equipo. Aquí se aparcan los egos.
-Un fútbol tan diverso como la sociedad. Mariano Rajoy llegaba muy tarde, y con torpeza, a un debate superado cuando escribió que Francia juega “sin franceses”. Ya hubo polémica, alimentada por la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen, en torno a la selección francesa que ganó el Mundial de 1998, la de Zidane, Vieira o Thuram. Francia ha ido algunas décadas por delante de España en el terreno de la inmigración con todas sus aristas. Si nuestras calles son así de diversas en orígenes, acentos y colores de piel, el fútbol también lo será. Rajoy no ha osado cuestionar a Lamine Yamal, ni a Nico Williams, tan españoles como el que más. Los veinteañeros de piel oscura no son inmigrantes, sino hijos o nietos de los que sí lo fueron. La otra cara del mundo poscolonial es que selecciones africanas o del Caribe buscaron en las ligas europeas a los hijos o nietos de la diáspora para engrosar sus filas. De los jugadores de Curaçao, minúsculo país caribeño, la gran mayoría no solo juegan en los Países Bajos, la metrópoli, sino que han nacido allí. Fuera prejuicios. El racismo, ay, se resiste a extinguirse. Incluso cala en personas que teníamos por moderadas.
-El valor de una carrera internacional. Los jóvenes españoles ya no tienen miedo a salir a formarse o trabajar a otros países, sobre todo europeos. Hablan idiomas y tienen esa mentalidad cosmopolita propia de la era digital. De ahí resulta un grado de experiencia especialmente valioso, sea para el deporte o para la vida profesional. Nueve de los jugadores de la Roja vienen de otras ligas europeas: siete de Inglaterra, uno de Alemania, otro de Francia. La lista es variable (dos de ellos, Cucurella y Grimaldo, regresarán a La Liga), pero también puede crecer si los clubes con más recursos, los regados de dinero por jeques del golfo Pérsico, ponen su mirada en esta brillante generación de españoles.
-Proyectar una imagen de país. Estados Unidos cuenta con estadios formidables para acoger el Mundial, y de espectáculo sabe mucho. Pero su imagen exterior está más que deteriorada por el estilo matón y prepotente de su presidente, sus absurdas guerras, las redadas contra inmigrantes o los abusos policiales. Trump se implicó personalmente en hacer trampas en el Mundial: pidió a Infantino quitar la tarjeta roja a uno de los jugadores de EE UU, y lo consiguió. ¿Qué imagen proyecta España? La de un grupo talentoso y sin complejos, en un momento en que el país ha ganado reputación en el exterior, o al menos en un lado del arco ideológico, como némesis de Trump por sus posiciones en torno a Palestina, Irán o el trato a los inmigrantes (nuestras miserias políticas no se siguen tanto fuera). Trump decía hace unos días que España era “un desastre”, un ejemplo “terrible”, y amenazaba con cortarle el comercio, pero ojalá tenga que entregarle el trofeo el domingo en presencia de Pedro Sánchez y del Rey. Podemos imaginar que el presidente de EE UU preferiría dárselo a los paisanos de su amigo Javier Milei, que no asistirá porque es supersticioso y prefiere seguir su propio ritual doméstico.
-Un gran negocio... para la FIFA. Hay bastantes informes que estudian el impacto económico del Mundial, y no se ponen de acuerdo con las cifras. Algunos señalan un efecto muy menor, y el más optimista, de Bank of America, pronosticaba hasta seis décimas adicionales de PIB para EE UU. Resulta dudoso esto último. A diferencia de Qatar hace cuatro años, en Estados Unidos no se han afrontado inversiones extraordinarias, porque ya tenían estadios de primera categoría (los de la NFL, la liga de fútbol americano). El efecto de la llegada de visitantes es cuestionable: en ciudades ya al límite de su capacidad como Nueva York o Los Ángeles, simplemente se sustituye a unos turistas por otros. En México, que solo acogió 12 partidos, han salido más beneficiados por el aumento del consumo local que por la llegada de aficionados. Este análisis de Gabriel Rubin da en el clavo: hoy en día los anfitriones de un Mundial se conforman con un empate, con ingresar más o menos lo que han gastado. El grueso del dinero que mueve el Mundial, de los patrocinios a los derechos de televisión, se estima en unos 13.000 millones de dólares (11.000 millones de euros). Todo eso va a la FIFA. A los demás solo les quedan migajas.
Que gane el mejor. Ojalá que los nuestros. Y si la cosa se tuerce, entendamos que ser los segundos del mundo no sería ningún fracaso. Es falso eso de que nadie se acuerda de los subcampeones: no se ha olvidado a la Naranja Mecánica de Cruyff. Esta España dejará un excelente recuerdo entre los aficionados al fútbol de todo el mundo, quiera o no quiera entrar la pelota el domingo.
Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.