El espectáculo del fútbol continúa, a pesar de su lado oscuro
Aunque haya razones múltiples para la desconfianza, con cierta frecuencia, y a pesar de todo, gana el mejor


El Mundial de fútbol de 2026 lo ha ganado España, y sobre todo la FIFA. Con 48 participantes, ha batido su récord de facturación con 15.000 millones de dólares, frente a los 10.000 millones previstos, gracias a su inmensa capacidad para encontrar nuevas fuentes de ingresos. La politización de la competición, de la mano del inefable Donald Trump (quien, una vez más, intentó acoplarse a la foto de los campeones) y de su amigo el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha contribuido a oscurecer una fiesta que, eso sí, ayuda a promover el deporte en todo el mundo, generando dinero para el fútbol de países como Cabo Verde.
La selección española ha conseguido dignificar, con su juego en equipo y basado en la técnica y no en el otro fútbol, el de la marrullería, un campeonato que alcanzó su pico más abracadabrante con la suspensión de la sanción al futbolista de Estados Unidos Folarin Balogun, debida a la intervención del presidente del país, que, lejos de avergonzarse de ello, presumió de su maniobra. El innoble trato a la selección de Irán o el veto a la entrada de un árbitro somalí fueron otros ejemplos de cómo la FIFA, que presume de promulgar la despolitización del deporte, se somete a –o directamente coopera con– la arbitrariedad gubernamental cuando esta la ejercen los más fuertes. La designación en ocasiones anteriores de países como Rusia o Qatar como anfitriones del torneo indica la falta de exigencia de valores democráticos o de derechos humanos para entrar en el negocio.
La Federación Internacional se plantea incluso ampliar el número de participantes a 64 ya para 2030, cuando serán las sedes España, Portugal y Marruecos, además de unos pocos partidos en Sudamérica. Se entiende que la audiencia responderá en cualquier caso: también ha cubierto de sobra la oferta de entradas en los estadios en EE UU, lo cual ha provocado unos precios desorbitados que los fans, ya sea porque se lo permite su poder adquisitivo, o porque se sacrifican a costa de endeudarse, han pagado gustosos. Tiene pocos motivos la FIFA, pues, para bajar las tarifas, como tampoco los tiene para cambiar su controvertido sistema de arbitraje, cada vez más sofisticado a lomos de una tecnología que le aporta una supuesta pátina de objetividad que en la práctica sigue generando muchas dudas.
El espectáculo debe continuar, aunque haya razones múltiples para la desconfianza. Al menos, con cierta frecuencia, y a pesar de todo, gana el mejor.