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LA SELECCIÓN DEL DIRECTOR
Opinión

Las trampas de Trump e Infantino en el Mundial retratan este capitalismo corrupto

Antes se disimulaba lo deshonesto, ahora se alardea de ello. Los grandes negocios pasan por el peloteo, el trato de favor y el enriquecimiento desde el poder

Los jugadores de Bélgica bailaban al estilo de Trump para celebrar uno de los goles, de Lukaku, a EE UU, en el partido de octavos del Mundial del pasado día 7.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Donald Trump reconoció que hasta ahora no sabía qué era una tarjeta roja, pero estaba muy convencido de que la mostrada a Folarin Balogun, el goleador de la selección de fútbol de Estados Unidos, era injusta. Ni siquiera era falta, concluyó, la gente choca y se lleva un pisotón, así es el deporte. Levantó el teléfono, habló con su amigo Gianni Infantino, capataz de la FIFA, adulador del presidente de EE UU y creador del premio FIFA de la Paz como una parodia del Nobel. Infantino llamó a su vez, inmediatamente, al presidente del Comité de Disciplina de la FIFA, el emiratí Mohamed al-Kamali, quien decidió en solitario, sin reunir al órgano, levantar la sanción de un partido a Balogun, a pesar de que el reglamento deja bien claro que ese castigo es “automático”. Fue un acto de justicia poética que no sirviera de nada la cacicada: Bélgica ganó 4-1 al combinado local en Seattle, y los vencedores se mofaron de Trump imitando su forma de bailar sobre el césped, en el vestuario y en las redes.

‌Hay algo en este embrollo que retrata muy bien este nuevo tipo de capitalismo que se extiende allí por donde pasa el magnate republicano: la corrupción normalizada, descarada, sin disimulo. No esconde Trump que pidió un trato de favor a la FIFA, sino que alardea de ello. El presidente de EE UU ya cometió otras tropelías en este Mundial, con las que tragó Infantino: impidió la entrada al reputado árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan y obligó a la selección de Irán a alojarse en Tijuana, la ciudad fronteriza en México, pese a que jugaba sus partidos en Los Ángeles y Seattle.

‌La prepotencia del mandatario de EE UU va mucho más allá de su entrada como elefante en cacharrería en el mayor espectáculo del mundo. Su paseo por la cumbre de la OTAN ha sido desconcertante: llegó cargado de ira contra Dinamarca, por Groenlandia, y contra España, a la que amenazó con un embargo que no se creía nadie; y salió diciendo que pelillos a la mar, que había encontrado “mucho amor y mucha unidad”. Lo que él exige es amor, mejor dicho, que le hagan la pelota, y además de Infantino se la hace sobreactuando mucho el jefe de la OTAN, Mark Rutte.

‌Con este estilo de liderazgo, los grandes empresarios saben bien a qué atenerse. Los Musk, Bezos, Ellison y compañía corren a rendir pleitesía al jefe supremo, a financiar su faraónico salón de baile en la Casa Blanca o a beneficiar sus intereses en los medios de comunicación. Así se aseguran sacar tajada a su vez. De modo que este nuevo sistema económico, conocido como capitalismo de amiguetes, tiene dos características que habrían escandalizado a Adam Smith: el culto a la personalidad del líder y la carta blanca para que este se enriquezca personalmente y a través de familiares y amigos.

Con la pelota de fútbol rodando en EE UU, se conoció lo que en otro tiempo habría sido un escándalo mayúsculo y ya nos parece casi normal. Trump declaró ingresos por valor de más de 1.400 millones de dólares (unos 1.228 millones de euros) procedentes de las empresas de criptomonedas de su emporio familiar el año pasado, el primero de su segundo mandato en la Casa Blanca. Fueron la parte principal de sus ingresos, en total de 2.200 millones de dólares. De esos fondos procedentes del turbio mundo de los criptoactivos, 635 millones correspondían a la venta de su moneda meme, $TRUMP, a través de la sociedad CIC Digital. La emisión de esa falsa moneda es en sí misma otro abuso de poder de primer orden: fue lanzada dos días antes de ocupar el Despacho Oval en enero de 2025, en paralelo a la de su esposa Melania.

Una memecoin no vale nada: se llama así porque es solo un chiste que compran aquellos a los que hace gracia, pero a los dos días $TRUMP se valoraba en 40.000 millones de dólares. Lógicamente, los chistes solo se ríen un tiempo, y su valor se ha derrumbado en un 95%: costaba más de 40 dólares y ahora 1,60. Entre los compradores, según publicó The New York Times, estaba una oscura compañía vinculada a China, con ocho empleados y cero ingresos, que inyectó 300 millones de dólares.

Al negocio cripto de Trump han acudido también fortunas vinculadas a las petromonarquías del Golfo. La principal sociedad cripto de la familia del presidente de EE UU es World Liberty, que le reportó en 2025 ingresos por más de 520 millones de dólares. En esa compañía invirtió unos 2.000 millones el jeque Tahnún bin Zayed Al Nahyan, miembro de la familia real de Emiratos, al mismo tiempo que negociaba con Steve Witkoff, el enviado especial de la Casa Blanca para Oriente Próximo, un acuerdo sobre chips entre los dos países.

Y eso es un patrón, no una excepción. Allí donde una delegación de Estados Unidos acude a negociar chips, tierras raras o lo que sea, sus miembros acuden a la vez como autoridades políticas y como hombres de negocios.

El grupo que saca partido a cada deal está formado por Steve Witkoff, por los hijos de Trump Eric y Donald Jr., y por su yerno, Jared Kushner. Los dos hijos dirigen The Trump Organization, que tiene proyectos inmobiliarios en marcha en India, Omán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Qatar, Indonesia, Georgia y Rumania. Además, invirtieron en una empresa minera justo antes de que EE UU firmase un acuerdo con Kazajistán para acceder a uno de los mayores yacimientos de tungsteno, también según el Times.

Que conozcamos todo esto no ha tenido gran repercusión. El desparpajo con el que la familia Trump saca partido inmediato de acuerdos internacionales que solo deberían beneficiar a su país indica que algo ha cambiado en el capitalismo moderno. Escucharemos a los predicadores del trumpismo y a sus afines ideológicos en todo el mundo repetir el cuento de la desregulación, la libertad de empresa y la legislación favorable a los negocios, o esa teoría de servilleta de que la riqueza de unos pocos acabará calando a los de abajo. Esto no es libre mercado: se llama corrupción.

Algo ha enfermado en la sociedad cuando nos acostumbramos a ver delante de nuestros ojos lo que antes se trataba de ocultar. Si Trump puede presumir de su fortuna personal (6.500 millones de dólares según Forbes, más del doble que antes de volver a la Casa Blanca) y de haber quitado a un jugador la tarjeta roja cuando acababa de descubrir para qué servía, es porque puede. Mejor dicho, porque se le permite.

Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.

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