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Los ‘shocks’ físicos socavan el poder del dinero

Es una útil convención que se vuelve peligrosa cuando se confunde con la realidad económica que mide

Billetes de euro y de dólar.Dado Ruvic (REUTERS)

Todo el mundo sabe que el dinero es una convención. Pero, en la era de la globalización posterior a los 80, se asentó la útil ficción de que la fortaleza económica podía medirse en dólares o euros. Entre guerras, cadenas de suministro rotas, poblaciones envejecidas y una desigualdad creciente, ese fin se ha vuelto insostenible para los pa...

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Todo el mundo sabe que el dinero es una convención. Pero, en la era de la globalización posterior a los 80, se asentó la útil ficción de que la fortaleza económica podía medirse en dólares o euros. Entre guerras, cadenas de suministro rotas, poblaciones envejecidas y una desigualdad creciente, ese fin se ha vuelto insostenible para los países.

Esta es una de las ideas centrales que los economistas J. W. Mason y Arjun Jayadev desarrollan en Against Money (Contra el dinero, University of Chicago Press). No es una diatriba tópica contra el capitalismo, sino una propuesta: que el dinero es un parámetro defectuoso que podría estar perdiendo precisión. Donde las naciones medían antes su poder en dólares, cada vez más deben expresarlo en términos de cosas reales.

Véase la pandemia. Los gobiernos no tuvieron problemas para conjurar 11 billones de dólares en estímulo presupuestario. Pero la mayor parte se destinó a mantener en marcha la economía, y solo alrededor de un décimo fue al sector sanitario. Ningún volumen de riqueza en papel podía procurar enfermeras, mascarillas, camas hospitalarias y vacunas a tiempo para marcar una diferencia en la expansión inicial del virus.

Véanse también las perturbaciones energéticas de 2022 y este año, los aranceles de Donald Trump, la revolución de la IA y la guerra en Ucrania. Las métricas relevantes en estos casos están siendo los barriles de petróleo, los minerales críticos, la capacidad de computación y las reservas de munición. Un PIB mayor ayuda a financiar esas adquisiciones, pero no se traduce necesariamente en una mayor capacidad para producirlas u obtenerlas cuando de verdad se necesitan.

Mientras, el ascenso de China ha destrozado los dogmas de mercado anteriores sobre el desarrollo económico. Pekín no ha adoptado exactamente los balances materiales de estilo soviético, es decir, las cuentas nacionales que planificaban la economía en unidades físicas. Pero la República Popular se ha centrado en eliminar cuellos de botella para orientar la economía hacia sectores más complejos, desde los vehículos eléctricos hasta los semiconductores y la inteligencia artificial. Los gobiernos locales han desplegado subsidios, crédito y suelo para alcanzar objetivos como producción de bienes avanzados, empleo en alta tecnología o patentes.

Las preocupaciones de Pekín por el exceso de capacidad muestran que este enfoque tiene fisuras. Con todo, Mason y Jayadev ofrecen un relato accesible de por qué el mundo del dinero no siempre corresponde a la realidad que pretende describir.

Paradojas estadísticas

A menudo, el dinero es la única unidad de cuenta capaz de agregar cosas dispares. Como observó Joan Robinson en los 60, el trabajo de un abogado y el de un jardinero pueden medirse en horas, pero ¿cómo se agregan bienes de capital tan distintos como una planta de semiconductores y una cosechadora de trigo? Lo mismo ocurre con los bienes y servicios: sumar naranjas e iPhones requiere precios monetarios, que las cifras del PIB convierten luego en producción real mediante ajustes por inflación y calidad.

El problema es que estas cifras se presentan como medidas de volumen físico cuando son en realidad artefactos estadísticos, lo que puede generar paradojas. En los años 90, por ejemplo, los fabricantes de EE UU se volvieron mucho más eficientes que el resto de la economía en producir rendimiento real por hora trabajada. Pero se produjo el efecto perverso de que la productividad, medida en dólares, cayera en términos relativos porque los productos se abarataron. Otro ejemplo: el comportamiento económico de Gran Bretaña respecto al resto de Europa tras la crisis de 2008 empeoró súbitamente al ampliar los estadísticos en 2021 los ajustes de precios a los insumos intermedios, de forma retroactiva. Para las telecomunicaciones, en cambio, el crecimiento de la productividad se revisó de mediocre a espectacular. Ninguno de los dos calificativos refleja una realidad objetiva.

La mayor confusión se da en la distinción entre capital y riqueza. Si bien se usan indistintamente, el primero se refiere a los medios de producción –fábricas, robots, propiedad intelectual–, mientras que el segundo es el valor de mercado de los activos. Para la economía global, una vez canceladas las deudas, ambos deberían corresponder. Sin embargo, los datos del McKinsey Global Institute muestran que, de las ganancias de 250 billones de dólares en riqueza real de los hogares entre 2000 y 2024, solo alrededor del 40% provino de capital productivo.

Sobre este punto, Mason y Jayadev se muestran escépticos de que la mera acumulación de inversiones pasadas –que es como McKinsey y otros cuantifican el acervo de capital– produzca una medida útil de la riqueza colectiva. Los valores de los activos reflejan derechos sobre rentas e influencia moldeados por los tipos de interés y las percepciones sobre el riesgo y la liquidez. Pero son una guía deficiente del consumo de las personas, su disposición al ahorro o su capacidad productiva futura.

Esto socava la idea fundacional de la política monetaria moderna, que consiste en usar los tipos para alinear las finanzas con las fuerzas económicas reales. En la práctica, los bancos centrales tienen más poder sobre los mercados que sobre la inflación, que también se ve afectada por las políticas presupuestarias, comerciales e industriales de los gobiernos. La inflación británica durante los últimos cuatro años ha dependido más de los mercados energéticos y los impuestos que del endurecimiento monetario del Banco de Inglaterra.

Otra conclusión política es que apuntar a la igualdad de riqueza es, en palabras de Mason, un objetivo “traicionero”. Esto cuestiona la oleada de análisis que siguió al libro del francés Thomas Piketty El capital en el siglo XXI (2013), que presentaba la desigualdad como producto de leyes inexorables –una afirmación que ha matizado desde entonces.

Los datos de la OCDE muestran un claro vínculo entre mayor porcentaje de dueños de vivienda y menor desigualdad de riqueza medida. Esta pauta lleva mucho tiempo empujando a los gobiernos de países como Gran Bretaña y España a subsidiar la compra de inmuebles. Pero la correlación desaparece al examinar la renta, porque la riqueza en papel derivada de un mercado inmobiliario inflado no tiene por qué elevar el nivel de vida. Los hogares más pobres pueden estar mejor en sistemas con más arrendatarios y fuertes protecciones para los inquilinos, como el alemán, lo que sugiere que ampliar la vivienda social puede ser preferible a impulsar la propiedad o a aplicar impuestos sobre la riqueza complejos y a menudo ineficaces.

Una lógica similar se aplica a las pensiones y al creciente alejamiento de los sistemas públicos de reparto, que financian las prestaciones de jubilación con impuestos en vez de ahorro privado. Muchos economistas ven este sistema como el único insostenible, pero se equivocan. Los ejemplos a seguir son Dinamarca, Suiza y Canadá, que dependen de sistemas de capitalización y han acumulado activos de pensiones superiores al 150% del PIB. Pero si una mayor riqueza medida no se traduce en más producción física en el futuro, el problema del envejecimiento sigue sin resolverse: aunque un jubilado individual puede liquidar activos para aumentar su consumo, la sociedad en su conjunto seguirá necesitando suficientes trabajadores para producir los bienes y servicios demandados. Los jubilados necesitan a alguien a quien vender sus fondos de pensiones.

Against Money es demasiado escueto en prescripciones, pero esboza un término medio entre la visión extrema de Karl Marx del dinero como pura ofuscación y el enfoque ortodoxo que lo trata como un árbitro neutral. Las autoridades pueden usar su poder para desatar innovación y producción, pero deben dejar de confundir el parámetro con el objetivo. Las cadenas de suministro resilientes, la generación de energía abundante y el espacio construido en cantidad merecen sus propias unidades de cuenta.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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