La salida a Bolsa de SpaceX, reflejo de tiempos extremos
La colocación funciona como un plebiscito financiero sobre el cambio de época


La Bolsa es un reflejo, un tanto distorsionado en ocasiones, de la realidad económica. No es de extrañar por ello que recoja, también, los tiempos extremos que vivimos actualmente. La OPV de SpaceX nace en el escenario de la eclosión de la inteligencia artificial, que tan pronto trae promesas de singularidad tecnológica como fantasmas de catástrofes de todo tipo, pero que ha generado una de las fiebres inversoras más punzantes en las últimas décadas. Nace, también, con la omnipresencia de Elon Musk, ingeniero cuyo deslumbrante genio está a la altura de su capacidad para sembrar polémica y discordia. La empresa, por su parte, prácticamente monopoliza tanto los lanzamientos orbitales como los servicios de internet vía satélite, y además de eso tiene una potente división de IA. La salida a Bolsa de SpaceX es la salida a Bolsa de los tiempos actuales.
Todo es, por tanto, extremo. El volumen de la colocación no tiene precedentes, ni siquiera que se le acerquen: 74.000 millones de dólares (86.000 como máximo). Una pequeña tajada sobre la valoración total de la empresa; menos del 5% de una capitalización bursátil disparada hasta los 1,78 billones de dólares. SpaceX será una de las mayores empresas del mundo según salga al mercado, a pesar de que sus ventas son similares a las de, por ejemplo, Naturgy, en torno a los 19.000 millones de euros. Pero las cifras, o al menos estas cifras, son secundarias, como lo es, también, la mano de hierro con la que Musk controla los derechos de voto de la firma y se aprueban, en Tesla y en SpaceX, paquetes de compensación astronómicos.
No solo es cuestión de ventaja competitiva, que SpaceX la tiene en sectores clave, o de fe, que puede más que los números. La propia dinámica de los mercados es otro viento a favor. Tres años y medio de euforia tecnológica han convertido el miedo a perderse algo (fear of missing out, o FOMO) en un mantra esculpido en piedra. Si a ello se suma el peso cada vez mayor de la inversión pasiva, asignada en función exclusivamente del tamaño, el hambre del mercado por los títulos de SpaceX está garantizado bajo casi cualquier circunstancia: Wall Street acumula máximos en medio de una histórica crisis energética.
Los números, las promesas y el propio carácter de Musk son tan extremos que hacen olvidar la base empresarial de SpaceX, precisamente lo que más debería contar en una operación. Antes al contrario, la colocación se asemeja a un masivo plebiscito financiero para dar fe de que, efectivamente, el mundo ha cambiado.