Ir al contenido
_
_
_
_
A fondo
Opinión

Europa, despierta: no se construye soberanía digital firmando contratos de alquiler

Alojar datos dentro del continente no garantiza la autonomía si la jurisdicción es extranjera

La comisaria europea de Competencia y vicepresidenta ejecutiva de la Comisión, Teresa Ribera, en Bruselas, el 13 de mayo.OLIVIER HOSLET (EFE)

Escribo desde Dublín, donde –en el marco del Leadership Group for European Competitiveness del World Economic Forum, WEF– se ha debatido cómo Europa puede incorporarse a la “nueva era digital”. Que nos estemos haciendo esta pregunta ahora dice ya mucho del problema.

¿La “nueva era digital”? Ya ha empezado. Hace mucho. Y los modelos que están redibujando la frontera tecnológica se diseñan entre California y Shenzhén. Por ejemplo, la forma en que se escribe y despliega soft­ware se ha reescrito en estos últimos 90 días. En contraste, Europa lleva años sin moverse. Y esa brecha no se cierra con buenas intenciones.

Durante años asumimos que bastaba con regular, comprar bien (fuera) y priorizar la eficiencia. Es decir: alquilar la tecnología que otros construían. Ese modelo ha restado competitividad a las empresas europeas. Y ese mundo se ha terminado. La inteligencia artificial, la nube o la ciberseguridad son palancas de poder geopolítico. Los países que las controlan no solo construyen negocio: construyen capacidad de coerción.

Pongamos cifras. Los cinco grandes hiperescaladores estadounidenses invertirán este año más de 700.000 millones de dólares en infraestructura de IA. OVHcloud, el mayor proveedor de nube europeo, menos de 400 millones. Euro‑3C, primer intento europeo de red cloud‑edge federada, 75 millones. Es subordinación operativa de varios órdenes de magnitud.

El diagnóstico está hecho. Mario Draghi y Enrico Letta lo firmaron hace casi dos años, pero apenas el 15% se ha implementado plenamente. Lo que no funciona en Europa es la ejecución. Si pensamos en la nube, aquí aparece el primer gran error conceptual: creer que la soberanía consiste solo en alojar datos en territorio europeo. En mi opinión, eso es claramente insuficiente. El Cloud Act estadounidense permite al Gobierno de EE UU requerir datos a cualquier proveedor bajo su jurisdicción, esté donde esté el centro de datos. Madrid, Fráncfort o Dublín dan igual si la matriz está en Redmond o en Mountain View. La Comisión Europea lo ha formalizado en su Cloud Sovereignty Framework. Soberanía es jurisdicción, gobernanza y control del software. Se juega en tres capas: infraestructura, redes y aplicaciones.

Los hiperescaladores estadounidenses han entendido el momento. AWS lanza su European Sovereign Cloud; Azure se apoya en Bleu en Francia y Delos Cloud en Alemania; Google opera vía T‑Systems, S3NS y socios locales. Comercialmente brillante. Pero estamos propiciando que la soberanía se convierta en una etiqueta pegada sobre un contrato de alquiler: socios europeos operando arquitecturas estadounidenses. Si esa es la versión que Europa acepta, nos quedamos como inquilinos. Seguiremos sin hacer tecnología.

Conviene mirar el mapa europeo. Miro tres ejemplos y veo tres propuestas diferentes. En Alemania se apuesta por un modelo federado (Gaia‑X). En Francia, por regulación (SecNumCloud). Italia centraliza los datos críticos de la Administración pública en su Polo Strategico Nazionale, con 900 millones del Piano Nazionale di Ripresa e Resilienza. Tres caminos y, sí, todos avanzan. Pero ¿hacia dónde? ¿Cómo conseguir la escala que un mercado tan fragmentado nos niega?

Tres propuestas para ganar soberanía

Yo he traído al debate del WEF en Dublín tres propuestas concretas:

Primero, un nuevo contrato social: dejar que los campeones europeos consoliden y ganen escala y, a cambio, reinvertir esa capacidad en tecnología europea. Más de 30 operadores europeos frente a tres en Estados Unidos o tres en China no es una característica de mercado: es una debilidad estructural que urge corregir.

Segundo, las instituciones públicas europeas no son solo invitadas en la mesa: necesitamos un mínimo obligatorio de tecnología europea en la contratación pública crítica, con criterio jurisdiccional. Toda infraestructura estratégica –Airbus, Galileo, Ariane– se construyó con el Estado como cliente ancla o comprador de referencia.

Tercero, nube soberana como primer entregable real. AI Gigafactories y Euro‑3C son respuestas operativas, no estratégicas. Los operadores europeos tenemos la infraestructura, la confianza y la relación con las Administraciones para construir la primera capa de esa nube. Lo que falta no es capital –entre InvestAI, InvestEU y el Fondo de Innovación hay cientos de miles de millones movilizables–, sino voluntad industrial: dejar de elegir por inercia y empezar a exigir jurisdicción real como condición de contrato.

La inteligencia artificial más avanzada de 2036 no será un producto en una lista de precios. Será un activo soberano de quienes la construyan. Europa puede serlo. Debe serlo. Los próximos 18 meses decidirán si entramos en la siguiente década como protagonistas o como nota a pie de página en la “nueva era digital” de otros. Algunos no queremos esperar al futuro.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Buscar bolsas y mercados

_
_