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La selección del director
Opinión

El periodismo de fiesta, el periodismo de luto

Soledad Gallego-Díaz encarnó como nadie los valores que ha representado EL PAÍS durante 50 años, el primero de todos, la persecución obsesiva de la verdad. El aniversario se celebró por todo lo alto, pero con su notoria ausencia

Soledad Gallego-Díaz, en 1998.

Es oportuno rescatar un viejo dicho en este oficio: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. En este tiempo acelerado, son muchos los que se lanzan a opinar antes de saber, y parecen menos los que quieren saber antes de opinar. El periodismo se debe a los segundos. Los medios tienen opiniones: se llama línea editorial, pueden considerarse una ideología, pero es más exacto señalar que son valores que se comparten con una comunidad. EL PAÍS nació hace 50 años comprometido con las reformas democráticas que necesitaba la España en la que acababa de morir el dictador Franco: se definió en su fundación como “liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo y atento a la mutación que opera en la sociedad occidental". Los valores que ha representado EL PAÍS en este medio siglo permiten sumar algunos adjetivos: progresista, pluralista, igualitario. Pero por encima de cualquier adjetivo han estado siempre los hechos, es decir, la verdad. Nadie representó mejor los valores de EL PAÍS y, por tanto, la búsqueda obsesiva de la verdad que Soledad Gallego-Díaz, fallecida este martes. Nos dejó sin su guía apenas un día después de que el diario al que dedicó la mayor parte de su larga carrera celebrara por todo lo alto el 50º aniversario. En los fastos era notoria su ausencia, la que solo podía explicarse en que se encontraba en las últimas horas de una vida excepcional. La llamábamos Sol. Todavía duele conjugar el verbo en pasado.

Soledad Gallego-Díaz fue entre 2018 y 2020 la primera mujer en dirigir EL PAÍS (luego vendría otra: Pepa Bueno). Podía haberlo sido tres décadas antes, en 1988. Entonces había unanimidad, en la empresa y en la Redacción, en que Gallego-Díaz sustituyera a Juan Luis Cebrián, que pasaba a consejero delegado, pero ella declinó la propuesta. Creía que le quedaba mucho por hacer en la Redacción, que consideraba su hábitat natural antes que el más amplio de los despachos. Ya era una periodista de gran prestigio, cimentado en que participó en la gran exclusiva de la Transición: la publicación del borrador de la Constitución de 1978 en Cuadernos para el Diálogo. Lo que siguió fue añadiendo méritos a un currículum apabullante (directora adjunta, reportera, corresponsal en medio mundo, defensora del lector, editorialista, columnista). Era meticulosa y exigente: nadie le colaría una información sin contrastar, un dato que no fuera exacto, una crónica que dejara preguntas sin responder. Tenía los principios muy firmes, y se convirtió en una referencia ética, sin perder nunca de vista que importaba más la información (costosa, difícil de conseguir) que la opinión (más barata y tan abundante hoy). Incluso cuando ella opinaba en sus columnas, las llenaba de datos. No pontificaba: analizaba. Ayudaba a entender.

La Redacción de EL PAÍS recibió con entusiasmo su nombramiento como directora en 2018. Votó a favor, en la consulta a la Redacción, un porcentaje irrepetible del 97%. Salíamos de un momento muy complicado, de crisis globales y particulares, en el que se deterioraron algunas de las señas de identidad de la casa. Cogía el timón, para enderezar el rumbo, alguien con una autoridad incontestable. Aunque de carácter austero, de ese perfil sobrio que ha abundado entre los directores aquí, desprendía un aura que desató una oleada de orgullo entre los profesionales. Era (¡era!) seca en las discusiones profesionales aunque cálida en la distancia corta. Los periodistas celebramos, en una verbena muy recordada aquel verano, vernos dirigidos por quien tanto admirábamos. Presumiré siempre de haber formado parte de su equipo en esos dos años intensos. Fue un periodo en el que había que reparar algunos rotos, en los que lidiamos con la pandemia (entendió su gravedad antes que nadie, puso el foco en lo que venía de Wuhan, mandó a todos a trabajar a casa), y en el que se estrenó el modelo de suscripción en los contenidos de EL PAÍS, un camino que afianzaba la viabilidad y la independencia del medio, y que incentivaba el buen periodismo antes que la frivolidad. Ella también dio, por cierto, un impulso decisivo al proceso de integración de los equipos de EL PAÍS y Cinco Días, que culminó algunos años después en una Redacción única para dos cabeceras igualmente rigurosas, que conforman la plataforma de información económica de referencia en español.

Gallego-Díaz nos dijo que éramos progresistas, sí, pero ante todo demócratas. En contra de un bulo esparcido contra ella (no, no había llegado a ese puesto para congraciarse con el Gobierno de Sánchez; sabíamos que era la elegida mucho antes de que el PSOE lanzara una moción de censura contra Rajoy sin tener los apoyos garantizados), Sol era muy firme en su independencia. Era, otra vez era. Buscaba la cercanía a los ciudadanos y marcaba distancias con los poderosos. Jan Martínez Ahrens, hoy director y antes su mano derecha, recuerda su consejo: “Nunca dejes de viajar en metro, de andar por los barrios, de hablar con la gente”.

La noticia de su muerte fue un mazazo cuando EL PAÍS y todo el grupo Prisa estaban de fiesta. Los periodistas de esta casa disfrutamos de un baño de masas el fin de semana en Matadero Madrid: más de 40.000 lectores se inscribieron a las muchas actividades. Acostumbrados como estamos a recibir ataques o acoso en las redes, así son los tiempos, fue delicioso mezclarnos con quienes se identifican con nosotros. Esa multitud (casi medio millón de suscriptores) es menos ruidosa, sí, también exigente. No podemos defraudarlos.

Los lectores son nuestra razón de ser. El escritor Manuel Vicent lo ha dicho así: “El éxito de un periodista no está en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio, y su prestigio viene de ponerse al servicio del derecho del ciudadano a estar bien informado”. Fue en su discurso del lunes, cuando la celebración de los 50 años de EL PAÍS se movió a Barcelona para dos eventos muy señalados. La entrega de los premios Ortega y Gasset a tres figuras del periodismo tan valientes como respetadas (Marty Baron, Svetlana Alexiévich y Sergio Ramírez) congregó, en el imponente Saló de Cent, sobre todo a la profesión, a la academia y al mundo de la cultura. El acto más solemne, en el Museo Marítim y presidido por los Reyes, reunió a autoridades políticas (Salvador Illa, Yolanda Díaz, Diana Morant, Jaume Collboni...) y a un buen número de ejecutivos y empresarios (entre ellos el hombre de moda, Ángel Simón, nuevo presidente de Indra; y dos banqueros que fueron rivales en una opa y se saludaron con afecto: Carlos Torres, del BBVA, y Josep Oliú, del Sabadell).

No estaba Sol Gallego-Díaz, y los que preguntaban por ella no sabían, o quizás temían, que estaba próximo el adiós. Hace menos de un mes, el 8 de abril, ella recibió el homenaje de la profesión, convocada por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) para la entrega del premio Aurelio Martín a la Ética Periodística. Y aquel discurso fue su última lección. Nos dijo: “Hacer lo que quieres en periodismo, como quizá en cualquier oficio o profesión del mundo, es difícil; pero no es nada difícil no hacer lo que uno no quiere. Cuando uno no quiere hacer algo basta decir: no, no lo voy a hacer. ¿Por qué? Porque es contrario a todo lo que yo pienso. Y todo lo que yo pienso se resume en muy pocas cosas: en los principios democráticos".

Sol sabía decir no, que es algo imprescindible para la independencia. Gracias a la impronta de gente como ella, gracias a aquella generación excepcional que contó (e hizo) la Transición y que vamos perdiendo poco a poco, EL PAÍS (y por tanto Cinco Días) cuenta con las garantías y los mecanismos precisos para que los periodistas digan no a las presiones de todo tipo, que pueden venir de los supuestos amigos tanto como de los enemigos. Para que digan no al trabajo mal hecho, a la intoxicación, a plegarse a intereses distintos de los de ustedes los lectores. La huella de Gallego-Díaz va a perdurar. Los que por ahora seguimos respirando y ejerciendo este oficio de perseguir la verdad tendremos que estar a la altura de lo que nos enseñó.

Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.

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