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La tribuna de los fondos
Opinión

El coste de oportunidad del inversor arrepentido

Salir y entrar del mercado, llevado por las emociones, suele suponer una pérdida de poder adquisitivo silenciosa, pero significativa a largo plazo

Un operador monitorea los precios de las acciones en la Bolsa de Valores de Pakistán (PSX) en Karachi.SHAHZAIB AKBER (EFE)

Los mercados tienen una crueldad particular con el inversor excesivamente prudente: suelen rebotar justo cuando más duele haber vendido. En solo una semana, del 16 al 22 de abril, los fondos de renta variable global captaron cerca de 49.000 millones de dólares netos —el mayor volumen semanal en más de año y medio, según datos de LSEG Lipper—. El dinero volvía. Pero, en gran medida, no era dinero nuevo, sino capital asustado que salió en marzo, cuando las caídas dominaban titulares y carteras, y que ahora regresa algo más caro.

Es el mismo patrón de siempre. Y aunque los datos agregados globales reflejan principalmente el comportamiento del inversor estadounidense –mucho más expuesto a la renta variable–, el fenómeno nos interpela a todos: el miedo no tiene nacionalidad, y el coste es más elevado para el inversor español, con mayor peso en renta fija, donde la recuperación de las pérdidas suele ser mucho más lenta.

No es la primera vez que ocurre, ni será la última. Cada ciclo de mercado reproduce con asombrosa fidelidad la misma secuencia: el inversor aguanta mientras las caídas son moderadas, vende cuando el dolor se vuelve insoportable –casi siempre cerca del suelo– y regresa cuando la recuperación lleva ya un trecho recorrido. Daniel Kahneman, que ganó el premio Nobel de Economía siendo psicólogo, demostró que las pérdidas nos afectan psicológicamente el doble que una ganancia equivalente. No es irracionalidad: es biología.

El problema es que los mercados no están diseñados para respetar nuestra biología. El resultado es lo que los economistas conductuales —especialistas en cómo tomamos decisiones financieras— llaman el “gap de comportamiento”. Es decir, la diferencia entre la rentabilidad que ofrece un fondo y la que realmente obtiene el inversor que entra y sale según le dictan las emociones. Según Morningstar, ese gap puede superar los dos puntos porcentuales anuales –más, en muchos casos, que el coste total en comisiones que tanto nos preocupa–. No es un dato menor: en un horizonte de diez años, podría ser la diferencia entre un resultado digno y uno decepcionante.

El inversor español, históricamente ultraconservador, con una parte importante de su ahorro aparcada en depósitos y renta fija, probablemente sufrió menos en marzo. Hasta ahí, la buena noticia. La mala es la otra cara de la misma moneda: quien menos cayó, menos ha recuperado. Y quien tenía ya poco en renta variable, difícilmente habrá aprovechado el rebote de abril. El coste del miedo no siempre aparece en forma de pérdida en el extracto: a veces adopta la forma más silenciosa e igual de real de la rentabilidad que nunca se obtuvo.

Es lo que los anglosajones llaman el coste de oportunidad, y en el caso del ahorrador español conservador es una cifra que se acumula silenciosamente año tras año, ciclo tras ciclo, sin que nadie la contabilice en ningún estado de posición, pero que puede traducirse en una pérdida significativa de poder adquisitivo a lo largo del tiempo.

Desde el confinamiento, marzo de 2020, hasta marzo de 2026, la inflación acumulada es superior al 25%. Para batirla después de impuestos, suponiendo que estos sean solo del 20%, tendríamos que haber acumulado un 32% de rentabilidad o, lo que es lo mismo, haber tenido una rentabilidad media anual ligeramente superior al 4,7%. En España, casi el 40% de los saldos en fondos está en renta fija y casi un 10% en monetarios. Además, dentro de la renta fija, más de la cuarta parte son fondos de ultracorto plazo.

El mayor fondo español es precisamente un monetario: el CaixaBank Monetario Rendimiento, con casi veinte mil millones de euros en patrimonio y una rentabilidad bruta anualizada del 1,06% en ese periodo –un 6,56% acumulado–, que ni siquiera se acerca a batir la inflación antes de impuestos. El mayor fondo de BBVA no es un monetario, pero tampoco se aleja mucho: el BBVA Rentabilidad Ahorro Corto Plazo invierte en bonos a corto plazo y su rentabilidad anualizada apenas sube hasta el 1,26%.

La excepción entre los grandes es el fondo más voluminoso del Santander, un mixto global con entre el 40% y el 45% de su cartera en renta variable. Gracias a esa exposición, ha logrado una rentabilidad anualizada del 4,9% en el periodo, suficiente para obtener una rentabilidad real positiva. No destaca especialmente en su categoría según Morningstar –se mueve en la media–, pero al menos ha hecho el trabajo. El problema, sin embargo, es que el partícipe medio no lo ha aprovechado: según datos de Morningstar, el gap del inversor en este fondo ronda el 2% anual. Entradas en máximos, salidas en las caídas. El fondo ganó; su partícipe medio, no.

Los mercados no avisan cuándo van a subir ni cuándo van a bajar. Nunca lo han hecho y nunca lo harán. Lo que sí sabemos, con la claridad que dan los datos, es que mantenerse invertido en renta variable, con un porcentaje adecuado al plazo en que ese dinero se vaya a necesitar, suele compensar. La pregunta que cada inversor debería hacerse no es si el mercado volverá a caer –caerá, inevitablemente–, sino si tiene un plan para cuando eso ocurra que no dependa de sus nervios. Porque, como hemos visto, cuando las emociones toman las decisiones, el coste no aparece en ningún extracto, pero ahí está.

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