El halcón y el presidente: la batalla por la Reserva Federal
La tensión entre la Casa Blanca y la Fed convierte a Warsh en una figura potencialmente difícil de anticipar
La llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal en la próxima primavera marcará un notable giro en la política monetaria estadounidense. Se trata de alguien que fue gobernador de la Fed durante la crisis financiera de 2008 y figura cercana a círculos republicanos, y representa, a priori, un perfil escéptico respecto a la prolongación de estímulos monetarios y más sensible al riesgo inflacionario. Su mandato comenzaría en un momento especialmente delicado con tipos de interés comparativamente elevados, una deuda pública en máximos históricos y una presión política creciente sob...
Para seguir leyendo este artículo de Cinco Días necesitas una suscripción Premium de EL PAÍS
La llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal en la próxima primavera marcará un notable giro en la política monetaria estadounidense. Se trata de alguien que fue gobernador de la Fed durante la crisis financiera de 2008 y figura cercana a círculos republicanos, y representa, a priori, un perfil escéptico respecto a la prolongación de estímulos monetarios y más sensible al riesgo inflacionario. Su mandato comenzaría en un momento especialmente delicado con tipos de interés comparativamente elevados, una deuda pública en máximos históricos y una presión política creciente sobre la independencia del banco central.
El primer gran reto para Warsh será la gestión de los tipos de interés. Después del ciclo de endurecimiento más agresivo desde los años ochenta y tras los descensos de 75 puntos básicos en 2024 y 2025, la Fed llega a 2026 con el dilema de cómo normalizar la política monetaria sin cometer errores. Seguir recortando podría reavivar las presiones inflacionistas, especialmente si los salarios siguen creciendo y la economía mantiene resiliencia como hasta ahora. Mantener, sin embargo, los tipos al nivel actual durante demasiado tiempo puede llevar a una desaceleración, tensar el crédito e incluso aumentar el riesgo de episodios financieros como los vividos con los bancos regionales en 2023. Warsh ha sido crítico en el pasado con políticas excesivamente expansivas, lo que al menos teóricamente sugeriría que podría inclinarse por una postura más halcón, priorizando la estabilidad de precios, incluso a costa de un crecimiento más débil. Su reto, por tanto, será doble. Por un lado, demostrar firmeza frente a la inflación, pero también evitar que el endurecimiento acumulado termine asfixiando la inversión y el consumo en un momento en que la economía global muestra alguna señal de fatiga.
El contexto fiscal limitará enormemente el margen de maniobra. Estados Unidos afronta en 2026 una deuda pública superior al 120 por cien del PIB, con déficits estructurales difíciles de corregir. En un entorno de tipos altos, el coste de financiar esa deuda se dispara y se convierte en una fuente de presión indirecta sobre la Fed. Aunque el mandato del banco central no incluye explícitamente la sostenibilidad fiscal, la realidad es que una política monetaria restrictiva encarece el servicio de la deuda y aumenta las tensiones políticas. Warsh tendrá que navegar entre la necesidad de credibilidad antiinflacionista y el riesgo de alimentar una crisis fiscal latente.
Su desafío más sensible será la creciente politización de la Reserva Federal. La independencia del banco central, pilar esencial desde hace cuatro décadas, se ha erosionado en los últimos años. Tanto demócratas como republicanos han criticado abiertamente a la institución, ya sea por subir demasiado los tipos o por mantenerlos bajos durante demasiado tiempo. En este contexto, Warsh se enfrentará a un escrutinio aún mayor por la presión que pueda tener desde la Administración Trump, que es quien le nombra. Se trata de un economista defensor de una Fed estricta, pero que al mismo tiempo ha sido impulsado por un presidente que históricamente ha buscado un banco central más dócil y orientado a abaratar el crédito. Esa tensión convierte a Warsh en una figura potencialmente más difícil de anticipar para los mercados. No tanto por falta de doctrina, sino porque su margen de actuación estará atrapado entre la ortodoxia monetaria y la presión política. Si en 2026 la Casa Blanca, tal y como ha hecho con Powell, vuelve a exigir una política monetaria acomodaticia, Warsh tendrá que decidir si prioriza su credibilidad o si cede para evitar un choque institucional. El riesgo principal no es solo la interferencia directa, sino que la mera sospecha de una Fed subordinada erosione la confianza en la institución.
Y esa incertidumbre tiene consecuencias inmediatas. Los mercados financieros odian la ambigüedad. Si los inversores perciben que la política monetaria se convierte en un campo de batalla entre independencia técnica y conveniencia electoral, aumentará la volatilidad en la deuda pública, se encarecerán las primas de riesgo y el dólar tendría mucha volatilidad. En otras palabras, la imprevisibilidad no estaría en Warsh como economista, sino en la batalla política que rodeará cada decisión de tipos.
Las implicaciones internacionales también importan. Un ejemplo ilustrativo sería el caso de que la Fed mantuviera una política más dura de lo que esperan actualmente los mercados, el dólar podría terminaría encareciéndose y exportaría condiciones financieras restrictivas al resto del mundo. Para el Banco Central Europeo, esto supondría un dilema adicional. Si la Fed mantiene tipos elevados en 2026, el BCE podría verse forzado a retrasar recortes de tipos para evitar una depreciación excesiva del euro y nuevas presiones inflacionistas importadas. La política monetaria estadounidense seguiría condicionando, una vez más, las decisiones en Frankfurt. Asimismo, los mercados emergentes serían especialmente sensibles. Un dólar fuerte y rentabilidades elevadas en EE UU suelen provocar salidas de capital, encarecimiento de la deuda externa y episodios de inestabilidad financiera.
En definitiva, aunque algunos piensas por su experiencia anterior en la Fed, que la llegada de Kevin Warsh puede suponer un cambio de tono hacia una política más ortodoxa y restrictiva, la presión institucional de la Administración Trump puede ser un lastre. Los retos que encontrará no serán menores. Asimismo, su mandato podría definir no solo el rumbo de la economía estadounidense, sino también el equilibrio monetario global, obligando al BCE y a otros bancos centrales a adaptarse a una Fed más dura en un mundo ya suficientemente tensionado por la deuda y la política.