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Editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Diplomacia económica para atraer proyectos industriales

La automoción obliga a todos a aunar esfuerzos y remar en la misma dirección, sin egos ni cálculos partidistas

CINCO DÍAS
Fábrica de Tesla en Fremont (California, EE UU).
Fábrica de Tesla en Fremont (California, EE UU).Justin Sullivan (Getty Images)

Meses clave para dilucidar si España logra atraer proyectos de referencia en el sector de la automoción. Tesla, el mayor productor de coches eléctricos del mundo, ha puesto sus ojos en Valencia para levantar una fábrica; Stellantis, con firmas a sus espaldas como Fiat, Peugeot u Opel, también se plantea nuestro país como destino de su principal plataforma para coches eléctricos pequeños, y hasta el gigante chino BYD busca localizaciones para su proyecto de ensamblaje de vehículos y una gigafactoría. Todas esas iniciativas son sinónimo de puestos de trabajo, refuerzo del tejido industrial y apuesta por la economía del conocimiento y la I+D+i, en cuanto programas vinculados al desarrollo a gran escala del vehículo eléctrico.

España no está sola en la puja. Países como Francia, Alemania o Portugal también se han movilizado para captar esas inversiones y, en este punto, parece importante aprender de los errores. No es de recibo que Tesla, que había firmado un acuerdo de confidencialidad con el gobierno de la Comunidad Valenciana, vea como su interés se utiliza para obtener rédito electoral. Tras conocerse, Giorgia Meloni y Emmanuel Macron aprovecharon para cortejar en primera persona a la firma estadounidense y a su fundador, Elon Musk.

Los inversores internacionales se quejan de la necesidad de adecuarse en España a 17 regulaciones diferentes, en función de cada comunidad autónoma. Lo mismo sucede a la hora de vender la marca España en el exterior, con delegaciones regionales, poco coordinadas con el Gobierno central. En los proyectos en liza, hay un indudable interés de país, sin importar el color político de la administración implicada. Un afán que obliga a todos a aunar esfuerzos y remar en la misma dirección, sin egos ni cálculos partidistas. Así lo han hecho históricamente las bien formadas élites funcionariales francesas o italianas.

En esta línea, la diplomacia económica, de la que hace gala el Ministerio de Exteriores como uno de los pilares de su acción exterior, no solo debe limitarse a promover la internacionalización de la empresa española –más del 65% de facturación de las compañías del Ibex se genera en el extranjero–, sino también a vender las bondades de radicarse en territorio nacional. Una tarea casi comercial en la que no hay tarea menor y en la que el presidente del Gobierno debe ser principal abanderado. Fondos europeos, estabilidad política y seguridad jurídica y regulatoria son un cóctel ganador. Toca venderlo bien.

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