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Perfil
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Gwynne Shotwell, la mujer que frena los impulsos espaciales de Musk

La presidenta y jefa de operaciones de SpaceX tiene que recordar a veces al CEO y fundador que hay contratos firmados

Carlos Gómez Abajo
Gwynne Shotwell, número 2 de Space X.
Gwynne Shotwell, número 2 de Space X.´José Manuel Esteban

Es la número dos de ­SpaceX, que el 20 de abril lanzó el gigantesco cohete Super Heavy, al que iba adosada la nave Star­ship. Aunque el fundador y CEO, Elon Musk, toma las grandes decisiones, ­Gwynne Shot­well (Evanston, Illinois, EE UU, 1963) tiene que recordarle a veces, frente a su impulsivo carácter, que hay contratos firmados. Es la presidenta y jefa de operaciones. Dice que intenta gestionar como lo haría su jefe: “Es irritante que tenga razón muy a menudo, pero eso no significa que la tenga siempre”. Para relajarse –bromea– bebe vino; pero sobre todo, lee, y va al rancho familiar, en Texas.

De apellido de soltera Rowley, es la mediana de tres hijas de un neurocirujano y una artista, y se crió en Libertyville, una localidad de 20.000 habitantes de Illinois. Ayudaba a su padre en algunas tareas, y se reparaba la bici ella misma. Le interesaban las máquinas, especialmente los coches. Con seis años, vio la llegada a la Luna del Apolo 11, pero le pareció aburrida. No le interesaba el espacio. En el instituto destacó tanto en los estudios –la mejor de su clase –como en deportes: estaba en el equipo de animadoras y en el de baloncesto.

Sus intereses cambiaron a los 15 años, cuando su madre las llevó a un evento de la Sociedad de Mujeres Ingenieras en el Instituto de Tecnología de Illinois. La mayoría de las ponentes la aburrieron, pero una ingeniera mecánica le gustó, sobre todo por su forma de vestir: demostraba que los ingenieros también pueden estar en la onda. Así que se matriculó en Ingeniería Mecánica en la North­western University, en Evanston, donde su padre había impartido clase.

Al principio, se dedicó más a socializar que a estudiar, aunque al final hincó los codos y fue la mejor de su clase. Luego hizo un máster en Matemáticas Aplicadas. Un verano en el que iba a trabajar en una empresa de calefacción y aire acondicionado, el jefe la rechazó porque, decía, las chicas no podían levantar grandes pesos. Aunque ella insistió en que era deportista y fuerte, se quedó sin el puesto.

Tuvo una entrevista con IBM el día del desastre del transbordador espacial Challenger: eso la alteró, y no consiguió el empleo. Así que aceptó hacer el programa de formación de directivos de la automotriz Chrysler, que al principio le gustó, pero del que más tarde se cansaría, porque no era un empleo de ingeniera.

Volvió a la Northwestern a hacer el doctorado, pero lo dejó a los nueve meses para entrar en el centro de investigación de El Segundo (California) de la agencia de investigación federal The Aerospace Corporation. Hacía modelos matemáticos térmicos de los satélites, entre otras cosas. Diez años después, sin moverse de ciudad, pasó a diseñar y construir aeronaves como jefa de sistemas espaciales de la empresa privada Microcosm.

En 2002 conoció SpaceX, recién fundada por Musk. En una visita a la empresa, la ingeniera le soltó abruptamente que tenía que contratar a un desarrollador de negocio, aunque no pretendía serlo ella. Musk le ofreció el puesto esa misma tarde, y ella lo aceptó dos semanas después. Por entonces, se acababa de divorciar de Leon Gurevich, con el que tiene un hijo, Aleksandr, y una hija, Anna.

Fichar por SpaceX era un riesgo, pero le fascinó la audacia de Musk. Por entonces eran solo siete empleados, y el trabajo de ella era vender cohetes; enseguida incorporó nuevas responsabilidades. Ese mismo año conoció a su segundo marido, Robert Shot­well, ingeniero de la NASA, cuando ambos ayudaban como voluntarios a estudiantes de la Universidad de Carolina del Sur.

En 2008 fue nombrada presidenta de la compañía tras lograr su primer gran contrato, con la NASA: el de reabastecimiento de la Estación Espacial Internacional, por 1.600 millones de dólares. Ahora es también jefa de operaciones de un grupo que maneja un presupuesto anual de 21.000 millones de dólares (el de la NASA es de 400 millones). En 2020, SpaceX se convirtió en la primera empresa privada en lanzar dos astronautas a la órbita terrestre. Ahora el reto es llevarlos a la Luna.

Objetivo: la Luna

SpaceX quiere llevar a 100 personas a la Luna y Marte con la nave Starship. Iba unida al cohete Super Heavy, el más potente de la historia, que explotó poco después del despegue. La compañía lo consideró en principio un éxito porque lo hizo lejos de la plataforma de despegue.

Sin embargo, un análisis posterior ha revelado que la infraestructura sufrió serios daños, lo cual obligará a reconstruirla, y puede retrasar futuros lanzamientos.

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Sobre la firma

Carlos Gómez Abajo
Licenciado en Físicas, máster en Periodismo UAM-El País y posgrado en Información Económica. Es redactor de Opinión de Cinco Días, y también ha escrito en Mercados y en la sección de ocio/lujo. Ha trabajado en el portal de noticias científicas Tendencias 21 y ha hecho traducciones, la mayoría de tipo económico.

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