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Editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El reparto de comida a domicilio sale de Nunca Jamás

Los retos del sector son, para otras empresas, un día en la oficina

Repartidor de Glovo en Barcelona.
Repartidor de Glovo en Barcelona.ALBERT GEA (REUTERS)

La convicción de que hay un El Dorado empresarial encerrado en el reparto de pedidos a domicilio, en particular de comida, es cualquier cosa menos nueva. Telepizza, en su primera andadura en Bolsa, marcó sus máximos históricos en marzo de 2000 cabalgando sobre la ola de la entonces llamada nueva economía. Confiaba el mercado en la mano de Leopoldo Fernández Pujals para convertir la flota de ciclomotores de los repartidores de pizzas en una solución para la última milla del comercio electrónico.

Entonces Telepizza cotizaba en euros, pero las pizzas se pagaban en pesetas. 23 años después apenas quedan sectores económicos cuyos cimientos no hayan temblado por la digitalización, ni particulares que no vivan pegados a una pantalla. Pese a todo, y pese a la explosión durante la pandemia de los repartos a domicilio, las grandes empresas del sector suman unas mareantes pérdidas de 12.000 millones de euros en dos años. No parece cuestión de escala, pues la concentración del sector en una tríada de gigantes tampoco ha paliado los números rojos.

Es una obviedad que parte de las pérdidas obedece a una lucha sin tregua por ganar cuota de mercado y, de hecho, las empresas de este sector han sido rentables en algunos ejercicios. Existe una lógica económica en estas pérdidas millonarias: los inversores no quieren una empresa que gane algo de dinero hoy, sino quieren una empresa que gane mucho dinero en un futuro no del todo definido. Una exigencia provocada, o cuando menos estimulada, por la combinación de tipos al 0% y con el ejemplo de los gigantes tecnológicos como Meta, Alphabet o Apple.

Uno de los problemas de perder dinero es que alguien debe pagar por las pérdidas. Y las preferencias de los inversores han cambiado con la misma rapidez con que la Reserva Federal ha subido los tipos. Ya no hay dinero cuasi infinito para financiar el día a día de las empresas, por lo que estas ya han virado en redondo. Ahora importa la preservación de fondos, el flujo de caja positivo y la rentabilidad.

La necesidad de rentabilidad exigirá una estructura de precios diferente. Es decir, está por ver si el negocio del delivery estaba subvencionado por los inversores o si, por el contrario, sí hay una escala de precios que permita a las empresas cubrir los gastos sin ahuyentar a usuarios finales y restaurantes. Respetando, además, la normativa laboral y las decisiones judiciales. El reto para el sector puede parecer gigante, pero en otras empresas es, simplemente, un día en la oficina.

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