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FARO DEL INVERSOR
Tribuna

Morante y la gestión ‘value’

Invertir hoy en Estados Unidos, en tecnología o en las siete magníficas, no es lo más prudente

Un inversor trabaja delante de múltiples pantallas con datos financieros.gorodenkoff (Getty Images/iStockphoto)

Vaya por delante nuestra admiración al diestro de La Puebla del Río. Y vaya también por delante nuestra convicción y adhesión a la inversión en valor como receta para generar rentabilidades atractivas a largo plazo. Y ahora… ¿Qué tendrá que ver el mundo de los toros con el de la gestión de inversiones? Nuestra intención no es tratar de convencerle de que Morante es el mejor torero, ni tan siquiera que es el que mejor torea. De la misma manera que tampoco queremos convencerle de que la inversión en valor ha demostrado ser una de las mejores opciones de las que dispone un inversor para generar rentabilidades atractivas a largo plazo, y que además hoy, tal y como están las cosas, tiene un mayor atractivo que nunca.

Queremos convencerle de que no hay que dejarse arrastrar por las modas y por el rebaño. Eso no es recomendable en ningún ámbito, y mucho menos lo es en el mundo de las inversiones, donde las lecciones son generalmente muy caras de aprender.

José Antonio Morante de la Puebla es un vivo ejemplo de la capacidad de la sociedad actual para generar posicionamientos indiscutibles y consensos generalizados que sorpresivamente dejan de serlo en poco tiempo. El diestro se ha convertido en un fenómeno de masas. No solamente atrae a los que ya eran aficionados a la tauromaquia, también a mucha gente joven que ve en él un reclamo, y así se consiguen llenar plazas que antes era impensable.

Morante lleva de matador de toros desde 1997 y ha tardado casi treinta años en convertirse en el número uno indiscutible del escalafón. Pero lo ha hecho con una fuerza inusitada. Su forma de hacer las cosas y la proyección mediática recibida han convencido a tantos, que ha obligado a sus seguidores originales a autodefinirse como “morantistas de toda la vida” para marcar una diferencia respecto a los “neo-morantistas”. Muchos de los que hace muy poco denostaban la forma de torear de Morante y lo vilipendiaban hasta el punto de no querer verlo, hoy se replantean ir a los toros si no es para ver a “su Morante”.

En el mundo de la gestión de activos ha pasado algo parecido. La inversión en valor ha tenido sus más y sus menos en España. Hace aproximadamente 10 años, la gestión en valor se puso de moda, tanto gracias a sus buenos resultados como al enorme circo mediático que se montó con la explosión de nuevas gestoras que reclamaban la paternidad del estilo value, al menos en su vertiente ibérica. En aquellos años y los posteriores, no había gestora —ni fondo— que no tratase de alinearse con los postulados del value investing. Una definición ancha de la inversión en valor admite prácticamente a todos: comprar algo que cotiza por debajo de su valor intrínseco.

Pero ¿conocen a alguien que sea capaz de hacer lo contrario? Como suele pasar en el mundo de la inversión, tras las grandes modas llegan los grandes desencantos, y así sucedió (y sucede) con la inversión en valor. Con la excepción del 2021, los últimos 10 años han sido malos para esta inversión. Se ha ganado dinero, es cierto, pero se habría podido ganar mucho más en otro tipo de inversiones, como las vinculadas al crecimiento de las grandes empresas tecnológicas, o la gestión pasiva, sin ir más lejos.

El mérito de Morante reside en haber hecho siempre lo mismo. Un toreo clásico bien ejecutado. Y eso siempre acaba cuajando. El salto de la rana de “el Cordobés” tuvo su momento, pero afortunadamente, no ha pasado a ser una referencia en la tauromaquia.

La inversión en valor es la forma clásica de hacer las cosas. Invertir en negocios razonablemente buenos, normalmente ya inventados y probados, con poca capacidad de sorprender para lo bueno y para lo malo. Y una vez seleccionados, tratar de comprarlos a un precio que no sea demasiado alto. La simplicidad de la inversión en valor es su mayor ventaja y su mayor debilidad. Es una ventaja porque esa sencillez permite entender fácilmente lo que es invertir y así convertir a muchos ahorradores en inversores, como ha sucedido en España. No es difícil convencer a alguien que no ha invertido nunca de que, si encuentras un buen negocio y eres capaz de comprarlo a un buen precio, y además tienes paciencia, aquello acabará generando rentabilidad.

Pero esa misma sencillez hace que muchos inversores, cuando la inversión en valor se queda atrás, oigan cantos de sirena de cualquier otro estilo de inversión. En algunos casos llegarán a tiempo para disfrutar todavía algunas etapas, pero lo habitual es que los cambios de estilo se produzcan muy cerca de la estación de destino, es decir, cuando ese estilo está próximo a dejar de funcionar. Eso constituye el drama del inversor, que es perseguir las mejores rentabilidades pasadas, pero siempre a lomos de las peores.

En el entorno actual, lo clásico funciona mal. El mercado ahora está con el salto de la rana de “el Cordobés”. Pero esas modas duran lo que duran y lo clásico siempre vuelve, porque siempre funciona. Invertir hoy en Estados Unidos, en tecnología o en las siete magníficas, no suena como lo más inteligente, ni lo más prudente que puede hacer uno. Invertir en Europa, en pequeñas compañías cíclicas a múltiplos de derribo, puede en cambio ser un gran acierto. Lo clásico siempre funciona, lo dice (y lo hace) Morante.

Gustavo Trillo es consejero delegado de Panza Capital.

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