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Los inversores extranjeros refuerzan su apuesta por España y acaparan ya la mitad de la deuda pública

El capital internacional roza el 50% de las emisiones y absorbe la retirada del BCE sin tensiones en la prima de riesgo. Los bancos siguen comprando bonos soberanos para sostener márgenes y reforzar balances

El ministro de Economía español, Carlos Cuerpo. EFE OLIVIER HOSLET (EFE)

En los últimos años han sido los pequeños ahorradores quienes han copado los titulares por su apetito voraz por las letras del Tesoro, ante la falta de ofertas atractivas en depósitos y cuentas bancarias, pero el interés es compartido por otros inversores con una potencia de fuego infinitamente superior. Rendimientos atractivos combinados con indicadores macroeconómicos sólidos han convertido a la deuda soberana española en una alternativa cada vez más atractiva para grandes fondos extranjeros y entidades financieras domésticas.

Los inversores foráneos se han convertido, de hecho, en los grandes protagonistas del mercado. Según datos del Tesoro, a cierre del pasado febrero —último mes del que se dispone de información— acumulaban 733.900 millones de euros en deuda pública española, lo que equivale al 49,66% del total en circulación, un máximo histórico. Este porcentaje supera incluso el 45,45% registrado en 2007, un periodo en el que la economía española también aparentaba fortaleza, aunque asentada sobre los frágiles pilares del bum inmobiliario.

El contexto actual es sustancialmente distinto. El crecimiento se apoya hoy en la resiliencia del mercado laboral, el dinamismo del consumo interno y una mayor diversificación del sector exterior. Estos factores han reforzado la percepción de solvencia del Estado y han consolidado a la deuda española como un activo atractivo para grandes carteras internacionales.

La confianza ha quedado refrendada también por las agencias de calificación, muchas veces acusadas de llegar demasiado tarde. Aunque el mercado ya había descontado la mejora del perfil crediticio de España, el pasado ejercicio las principales firmas elevaron el rating soberano hasta la A, un nivel que no se alcanzaba desde 2012, en plena crisis de deuda que tuvo su epicentro en la periferia europea. Hoy, economías como la española y la italiana se sitúan entre los principales motores del crecimiento de la región.

Esta fortaleza también se refleja en la evolución de la prima de riesgo, uno de los principales indicadores de estrés financiero en episodios de inestabilidad. En el caso de España, se mantiene por debajo de los 50 puntos básicos incluso en el actual contexto adverso, marcado por el repunte de las tensiones geopolíticas y el temor a nuevas crisis energéticas con impacto global.

El auge del capital foráneo ha permitido, además, compensar la retirada progresiva del Banco Central Europeo (BCE). La institución hace años que dejó de comprar deuda y ya ni siquiera reinvierte el dinero que vence. Esto explica que su peso en el total de la deuda española haya descendido desde el máximo del 33,6% alcanzado en 2021 hasta el 22,12% actual. En paralelo, los inversores internacionales han ido ocupando ese espacio: su participación ha pasado del 42,78% de hace cinco años a rozar el 50% del total, confirmando su papel como principal ancla de la demanda en un nuevo equilibrio del mercado de deuda. En este escenario más normalizado, la deuda soberana ha perdido su carácter de riesgo estructural y ha ganado peso como activo de inversión.

El impulso de la banca

Junto al empuje del capital extranjero, también destaca el papel de la banca. A cierre de febrero, las entidades mantenían en balance deuda pública española por valor de 214.908 millones de euros, el volumen más elevado desde 2014. Este incremento ha sido constante en los últimos años, aunque el ritmo se ha ido moderando. Tras el fin de los tipos de interés cero en 2022, las entidades aumentaron su cartera de deuda soberana en casi 30.000 millones de euros. Tres años después, aunque la tendencia se mantuvo, el crecimiento fue más contenido y se situó en torno a los 18.800 millones.

“Los bancos han aumentado de forma significativa sus tenencias de deuda pública y es normal que ahora reduzcan el ritmo. No pueden incrementar su exposición de forma indefinida”, señala Nuria Álvarez, analista de Renta 4. Pese a ello, y a diferencia de lo ocurrido durante la crisis de deuda, no es la banca la que soporta hoy el grueso de la financiación del Estado. Sus tenencias representan apenas el 14,5% del total de deuda en circulación, muy lejos del cerca del 30% que llegaron a concentrar en 2014.

Para el sector financiero, la deuda soberana cumple hoy principalmente una función de gestión del balance y de control de la exposición a los tipos de interés. A medida que los tipos de referencia se han ido alejando de los máximos alcanzados en 2024, también lo ha hecho la rentabilidad de los préstamos a tipo variable, como las hipotecas ligadas al euríbor o el crédito corporativo. Esta evolución presiona a la baja el margen de intereses, es decir, la diferencia entre lo que los bancos ingresan por los préstamos y lo que pagan por los depósitos. Para compensar ese estrechamiento —junto con el recurso a las comisiones—, la adquisición de deuda soberana se ha convertido en un instrumento eficaz para sostener la rentabilidad.

La compra de bonos abre también la puerta a la obtención de plusvalías. A los ingresos recurrentes que generan los cupones se suma la posibilidad de ganancias adicionales ligadas a la revalorización de la deuda en un contexto de tipos moderados. Esta dinámica parece haberse visto parcialmente interrumpida por el estallido de la guerra en Irán y el repunte de las expectativas de inflación, pero desde que el BCE inició el ciclo de recortes, los rendimientos de la deuda han tendido a suavizarse. En 2023, cuando los bancos centrales aceleraban la subida de tasas para controlar la inflación, el bono español a 10 años hacía equilibrios sobre el 4%. En la actualidad, y pese a que la crisis de suministro energético ha reactivado las expectativas de tasas más altas, la referencia española se sitúa en el 3,46%. El mercado de bonos presenta, además, una característica clave: cuando las rentabilidades caen, el precio de los bonos sube, lo que permite a las entidades aflorar plusvalías mediante la venta de estos activos.

Más allá de servir como fuente de ingresos para compensar la menor rentabilidad de los créditos a tipo variable, la compra de deuda cumple otra función clave para la banca. Según David Ardura, director de inversiones de Finnaccess Value, estos activos permiten a las entidades reforzar su colchón de activos de alta calidad y cumplir con los requisitos regulatorios de liquidez. “Los balances han seguido creciendo, como reflejan los resultados, y eso obliga a adquirir más deuda para mantener las coberturas de liquidez exigidas”, apunta.

Durante los años de la crisis de deuda, cuando muchos inversores extranjeros evitaban los bonos soberanos por las dudas sobre la capacidad de pago de algunos estados, las entidades aprovecharon las inyecciones de liquidez del BCE a tipos cero para comprar deuda con rentabilidades atractivas y obtener beneficios. Ardura señala que este proceso llevó a un aumento notable de las carteras de deuda sin un crecimiento equivalente de los balances. “Las medidas de política monetaria no convencionales ayudaron a recuperar la estabilidad financiera y a sostener el euro, pero también generaron este efecto perverso”, añade.

Así, entre el respaldo del capital internacional y el renovado interés de la banca, la deuda española ha dejado atrás la imagen de fragilidad que marcó la pasada década y afronta esta etapa de incertidumbre con una base inversora más amplia, estable y diversificada, además de una menor dependencia del BCE, cuyo apoyo fue clave para contener los costes de financiación durante la crisis de la covid.

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