¿Tecnolujuria o digitalización con propósito?
La tecnología no debe ser un fin en sí misma, sino un medio para aportar valor real

Los últimos dos años han sido realmente revolucionarios a nivel mundial en lo que a tecnología y digitalización se refiere y el sector legal no ha sido ajeno a este fenómeno. Conceptos como inteligencia artificial generativa, automatización y legal tech, entre otros, han pasado de ser términos técnicos, a estar en boca de los abogados, ocupando titulares y siendo protagonistas en múltiples conversaciones, debates y foros.
En el mundo jurídico, la innovación legal, con especial foco en la tecnología, está dejando de ser una opción para convertirse en una necesidad, con el firme objetivo de que los despachos y las asesorías jurídicas sean más competitivos. Para quienes ejercemos el Derecho, esto supone mirar al futuro con otros ojos, aquellos que miran con curiosidad buscando ser más ágiles, versátiles y proactivos en el ejercicio de nuestra profesión. La tecnología, en este contexto, aporta ventajas estratégicas indiscutibles: facilita el acceso a la información, incrementa la eficiencia en la gestión del conocimiento, permite automatizar tareas rutinarias y proporciona herramientas de análisis de datos que facilita la toma de decisiones.
Así, nos encontramos en un momento de redefinición de nuestro propósito y de reflexión sobre el papel que queremos desempeñar en una abogacía de vanguardia, donde el Derecho sigue siendo esencial, pero también lo está siendo ya la tecnología, como aliado imprescindible para prestar un asesoramiento jurídico de mayor valor y adaptado a las exigencias de nuestro tiempo.
Sin embargo, esta fascinación por la novedad y por la adopción de nuevas tecnologías no está exenta de peligro. Es fundamental contar con un propósito claro y definido al decidir implementar una tecnología en nuestras organizaciones, y está decisión debe responder siempre a una necesidad real que tengan nuestros abogados, orientada a mejorar la calidad del asesoramiento jurídico que ofrecemos.
En caso contrario, caemos en lo que denominamos “tecnolujuria”: la adopción impulsiva de cualquier tecnología por moda o presión externa, sin una necesidad o una estrategia definida. Esta actitud implica incorporar herramientas sin un análisis riguroso de su utilidad y del retorno que debe proporcionar a la organización y a los abogados que la conforman. Como consecuencia, se introducen soluciones que, lejos de aportar valor, pueden aumentar la complejidad del trabajo diario, dificultar su correcta adopción y generar costes elevados para las compañías.
Por ello, antes de impulsar un programa de digitalización, o apostar por la innovación tecnológica, es imprescindible realizar un diagnóstico profundo: identificar necesidades, priorizar ámbitos de mejora y diseñar una estrategia integrada con objetivos claros y una metodología aplicable al despliegue integral del programa.
Como diría Simon Sinek, establecer el why (para qué llevar a cabo una transformación basada en la digitalización y la innovación poniendo al abogado en el centro), el how (cómo llevarla a cabo y que llegue a buen puerto), y el what (cual es la solución que implementas), asegurando así que la tecnología es un medio para mejorar el trabajo jurídico y no un fin en sí misma. No se trata en ningún caso de frenar la innovación, sino de exigir que cada objetivo y cada tecnología adoptada responda a una necesidad real que aporte valor y retorno al negocio de cada organización.
La tecnología, por sí sola, no genera cambios. Lo verdaderamente transformador es su aplicación inteligente, guiada por un propósito claro y una estrategia sólida. Un programa de digitalización robusto es el verdadero antídoto contra la tecnolujuria, favoreciendo formas de trabajo más conectadas, eficientes y estratégicas.
Solo de esta manera, los abogados van a poder apoyarse en herramientas que les permiten centrarse en lo realmente esencial: el análisis jurídico, el asesoramiento de calidad y el acompañamiento de sus clientes. Además, lograrán hacerlo en un entorno digital que no solo facilita su labor diaria, sino que potencia sus capacidades y que evoluciona continuamente para adaptarse a sus necesidades.
No queremos convertirnos en “rehenes de la novedad”. Por eso, abrazar la tecnología es imprescindible, pero solo si lo hacemos con juicio crítico, visión estratégica y, sobre todo, pensando en las personas a las que va destinada. Se trata, en definitiva, de desarrollar o implementar aquellas herramientas y tecnologías que realmente respondan a sus necesidades concretas. Solo así conseguiremos que se convierta en un verdadero aliado que nos permita transformarnos con propósito, aportando valor real y sostenible a los profesionales del Derecho, reconfigurando de esta forma la profesión jurídica.