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Lucas Monjardín (ValueTree): “Estamos en un momento de manías y SpaceX es un buen ejemplo”

El vicepresidente de la firma ValueTree cree que la Bolsa se está acercando a una corrección importante ante el exceso de inversión en la IA, tecnología cuyo alcance es difícil calibrar

Lucas Monjardín, vicepresidente y director de la gestora, ValueTree, en las oficina de la compañía.Pablo Monge

Lucas Monjardín (Málaga, 1970), vicepresidente de la agencia de valores ValueTree, que gestiona casi 1.000 millones de euros, observa los mercados financieros con una mezcla de fascinación y cautela. Asume que la inteligencia artificial, el desarrollo de nuevas infraestructuras digitales o incluso la carrera espacial marcarán un punto de inflexión económico comparable a otras grandes revoluciones industriales. Pero, al mismo tiempo, advierte de que la narrativa dominante ha derivado en valoraciones difíciles de justificar y en un flujo de capital que no siempre discrimina. “Estamos ante un cambio enorme, pero también ante una enorme incapacidad para valorarlo correctamente”, resume.

En su diagnóstico, el inversor habla de dos fuerzas contrapuestas: por un lado, un ecosistema empresarial con rentabilidades muy elevadas y una innovación sin precedentes; por otro, una dinámica de mercado cada vez más acelerada, dominada por algoritmos, enormes flujos hacia fondos de inversión pasivos, cortoplacismo y episodios de euforia. En ese entorno, Monjardín reivindica la disciplina clásica —pocos movimientos, horizonte a largo plazo— frente al ruido. Y lanza una advertencia central: invertir exige más paciencia que nunca, porque el precio puede separarse del valor durante más tiempo del que el inversor está dispuesto a asumir.

Pregunta. ¿Estamos ante una nueva burbuja impulsada por la inteligencia artificial y casos como SpaceX?

Respuesta. Estamos en un momento de manías. Hay un bum tecnológico que probablemente será uno de los hitos más importantes de la historia, pero no sabemos calibrar ni su alcance ni su profundidad. Todas las compañías están invirtiendo cifras milmillonarias para no quedarse fuera. Eso genera valor, pero también expectativas de rentabilidad desproporcionadas. SpaceX es un buen ejemplo. Es un negocio extraordinario, pero asumir que no tendrá competencia o que será un monopolio permanente es arriesgado. Y, sobre todo, hay que preguntarse si el precio que pagas tiene sentido.

P. ¿Cuál es el riesgo principal?

R. Valorar con múltiplos extraordinarios negocios cuyo resultado futuro es incierto. Estás comprando acciones a 200 veces beneficios por algo muy prometedor pero incierto, como es la exploración espacial, mientras que tienes gigantes consolidados, como Amazon, cotizando a 20 o 25 veces beneficio. Además, hay partes del modelo de Space X, como llevar computación al espacio, que todavía presentan enormes incógnitas técnicas y de costes. Es decir, la historia es potente, pero la visibilidad no es total.

P. ¿Detecta señales de euforia?

R. Sí. El volumen de productos apalancados está en niveles récord, las opciones para ponerse largo son muy baratas y la gente compra riesgo sin cubrirse. Es un patrón clásico. Ya lo vimos con el auge de las empresas de ferrocarriles en el siglo XIX o con la fiebre de las puntocom, a finales de XX. Mucho capital entra de golpe, se invierte en exceso, después llegan correcciones importantes y el crecimiento continúa de forma más sana. Probablemente estamos acercándonos a ese punto.

P. Sin embargo, los shocks geopolíticos recientes no han desatado grandes crisis. ¿Por qué?

R. Porque el mercado ha interiorizado que los bancos centrales y los gobiernos intervendrán. Ante tensiones como la invasión de Ucrania o la guerra en Oriente Próximo, las respuestas han sido ayudas, liquidez y más deuda pública. Eso amortigua el impacto inmediato, pero genera desequilibrios futuros. Además, la dependencia energética ha cambiado. China ha invertido masivamente en renovables y la economía global es menos sensible al petróleo que hace una década.

P. ¿Le preocupa la inflación?

R. Menos que al consenso. No está impulsada por un exceso de demanda ni por salarios desbocados. Hay cuellos de botella puntuales, sí, pero las fuerzas estructurales como la tecnología o la globalización siguen siendo desinflacionistas. Subir tipos en este contexto podría provocar una recesión no deseada, porque el consumidor está más débil de lo que indican los beneficios empresariales.

P. ¿Cómo encaja China en este escenario?

R. Ha quedado rezagada en Bolsa por el miedo regulatorio y la debilidad del consumo, ligada al sector inmobiliario. Pero a largo plazo sigue siendo un mercado infrarrepresentado en los índices globales. Cuando se reactive el consumo interno, el potencial puede ser muy importante.

P. ¿Qué estrategia de inversión aplican ante este contexto?

R. Evitamos el ‘market timing’. Intentar anticipar caídas y subidas de la Bolsa suele acabar mal. Preferimos mantener altos niveles de inversión y hacer pocos movimientos, con la asignación de activos pactada con el cliente. Eso sí, estamos aprovechando las dislocaciones que vemos. Por ejemplo, para reducir exposición en sectores muy calientes, como semiconductores, y rotar hacia áreas castigadas como viajes, alimentación o determinados negocios de ‘software’.

P. Este último, ¿no es un sector amenazado por la IA?

R. En parte sí, pero también es una oportunidad. El ‘software’ está integrado en el ADN de las empresas, con bases de datos y procesos muy valiosos. Sustituirlo no es trivial. La IA puede mejorar su eficiencia más que destruirlo, salvo en tareas más básicas. Por eso seguimos encontrando valor en compañías bien posicionadas.

P. ¿La concentración en los grandes valores tecnológicos es preocupante?

R. Es lógica en parte. Han generado la mayor parte de los beneficios y la gestión pasiva ha canalizado más dinero hacia ellas. Pero también abre oportunidades. Hay compañías baratas por buenas razones y otras injustamente penalizadas. Diferenciar es clave. El problema es que el mercado se ha vuelto extremadamente cortoplacista: los resultados trimestrales mueven los precios de forma violenta.

P. ¿Hasta qué punto influyen los algoritmos?

R. Muchísimo. Cerca del 80% del volumen está automatizado y reacciona a señales muy rápidas. Eso amplifica los movimientos y acorta los plazos. Incluso el análisis se ha sofisticado. Hay herramientas que interpretan el lenguaje y vaticinan cambios del sentimiento inversor. Eso puede modificar la narrativa en poco tiempo. El resultado es más volatilidad.

P. ¿Es más difícil invertir hoy?

R. Mucho más. Hay más ruido, más herramientas y más tentación de hacer ‘trading’ [compraventa de acciones] constantemente. Para el inversor particular es un entorno complejo. La clave sigue siendo la misma. Tener paciencia, disciplina y entender que el valor tarda en aflorar. Las oportunidades existen, pero requieren tiempo y, sobre todo, nervios de hierro.

P. Invierten en semiconductores a través de compañías como la coreana Samsung. ¿Qué le atrae más?

R. Samsung es un buen ejemplo de cómo una empresa con un potencial estructural enorme también puede verse atrapada en dinámicas de mercado muy agresivas. Seguimos viendo un recorrido alcista en toda la parte de memoria, tanto en RAM como en almacenamiento, porque la demanda ligada a la inteligencia artificial es muy potente. Pero lo que nos preocupa es la euforia que se está generando alrededor. Han surgido fondos apalancados solo para invertir en Samsung y la entrada de capital está siendo tan fuerte que incluso las autoridades han tenido que intervenir para exigir más información al inversor. Eso te indica claramente que hay un componente de exuberancia que no siempre tiene que ver con los fundamentales.

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