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EL FARO DEL INVERSOR
Tribuna

El nuevo Orden Mundial en la economía

El marco geopolítico es un factor clave para entender el comportamiento de los mercados

El concepto de “nuevo orden mundial” aunque no es nuevo, hoy está en el centro del debate económico y financiero. La expresión se atribuye al presidente estadounidense Woodrow Wilson quien, tras la Primera Guerra Mundial, defendió la necesidad de un marco internacional distinto, basado en reglas, cooperación y equilibrio entre naciones. Más de un siglo después, el término reaparece con un significado casi inverso: no como aspiración de estabilidad, sino como descripción de un mundo más fragmentado, más incierto y con un peso creciente de la geopolítica en los mercados, aunque, a veces, esto último no sea obvio, como sucede actualmente con las bolsas.

Durante décadas, los inversores operaron bajo un paradigma relativamente sencillo: globalización creciente, inflación contenida, bancos centrales predecibles y una prima de riesgo estructuralmente baja. Ese equilibrio comenzó a resquebrajarse de manera evidente con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Su política de aranceles, su cuestionamiento del multilateralismo y su énfasis en el interés han marcado un punto de inflexión. Más allá de la figura concreta de Trump, lo relevante es que ese giro refleja un cambio profundo en la sociedad estadounidense y, por extensión, dada la extraordinaria influencia de Norteamérica como primera potencia, en el orden económico global.

El nuevo marco geopolítico es hoy un factor clave para entender el comportamiento de los mercados. La rivalidad entre EE UU y China, la reconfiguración de las cadenas de suministro y la búsqueda de autonomía estratégica en áreas críticas han introducido un factor de incertidumbre estructural desconocido en los últimos treinta años. Los mercados, que tienden a preferir reglas claras y previsibilidad, se ven obligados a incorporar escenarios más extremos y menos lineales. Esto afecta tanto a la valoración de los activos como a la asignación de capital a largo plazo.

En este contexto, resulta especialmente revelador el comportamiento de algunas divisas que tradicionalmente han actuado como activo refugio. El yen japonés y el dólar estadounidense se han depreciado en determinados momentos recientes, a pesar de que el repunte de las rentabilidades de su deuda soberana debería, en teoría, haber favorecido su apreciación. La relación clásica entre tipos de interés y tipo de cambio se ha visto distorsionada por factores de confianza y credibilidad.

El yen es un buen ejemplo de estas tensiones. Japón ha mantenido durante años una política monetaria extraordinariamente laxa, incluso cuando la inflación comenzaba a mostrar signos de normalización. La divergencia con otras economías desarrolladas ha incentivado salidas de capital y estrategias de carry trade, debilitando su moneda. El resultado es una depreciación persistente que refleja no solo decisiones de política monetaria, sino también dudas sobre la capacidad del país para adaptarse a un entorno global más exigente, en términos de rentabilidad del capital.

El dólar, por su parte, enfrenta un desafío distinto. Aunque sigue siendo la principal moneda de reserva del mundo, su comportamiento reciente pone de manifiesto que ya no es inmune a las tensiones internas de Estados Unidos. El elevado déficit fiscal, combinado con una política arancelaria errática y potencialmente inflacionista, introduce un elemento de desconfianza. Los inversores empiezan a preguntarse hasta qué punto el aumento de las rentabilidades refleja fortaleza económica o, por el contrario, una mayor prima exigida para financiar un desequilibrio fiscal persistente… y creciente.

Es en este punto donde aparece con fuerza el problema de la denominada “prima de riesgo del tonto” (en inglés tampoco suena bien). Durante años, los mercados han asumido que cualquier error de política económica sería compensado por la actuación de los bancos centrales. Sin embargo, una mala lectura por parte del mercado de las políticas arancelarias y del elevado déficit estadounidense podría cambiar radicalmente este equilibrio. Si los inversores interpretan que estas políticas el riesgo inflacionista y deterioran la sostenibilidad fiscal, podrían comenzar a descontar subidas de los tipos de interés más agresivas, incluso en un contexto de fuerte presión política para que los tipos bajen, como ocurre ahora con la Reserva Federal.

Esta contradicción es especialmente delicada. Por un lado, existe un discurso político que demanda condiciones financieras más laxas para sostener el crecimiento y aliviar el coste de la deuda. Por otro, los mercados pueden exigir una mayor rentabilidad para compensar el riesgo de las políticas fiscales expansivas y proteccionistas. Si los bancos centrales se ven atrapados entre estas dos fuerzas, “la prima de riesgo del tonto”— esa confianza en que siempre habrá una intervención salvadora— puede evaporarse rápidamente. El ajuste, en ese caso, vendría impuesto por el mercado, no por la autoridad monetaria.

No está de más comentar que, dentro de este nuevo orden mundial, la inversión en defensa se ha convertido en un elemento estructural del análisis económico. El aumento del gasto militar no responde a un ciclo corto, sino a una redefinición de prioridades. Los “pepinos” de artillería no se fabrican de un día para otro, como hemos comprobado en la crisis ucraniana. La propia guerra en Ucrania, las tensiones geopolíticas en Asia, y la creciente conciencia europea sobre su vulnerabilidad estratégica han impulsado un crecimiento sostenido de los presupuestos de defensa. Este aumento ya se ha reflejado en un buen comportamiento del sector y todo apunta a que seguirá siendo un área relevante de inversión en los próximos años. Más allá de las cifras, la importancia de la defensa radica en lo que simboliza: la seguridad vuelve a ser un bien escaso y, por tanto, valioso. No se trata solo de armamento, sino de capacidades industriales tecnología avanzada y resiliencia económica. En un mundo menos cooperativo estos factores adquieres un peso determinante.

En definitiva, el viejo orden mundial de Wilson ha mutado profundamente. Hoy describe un entorno más complejo con mayores fricciones u con mercados obligados a navegar entre la geopolítica, la política fiscal y la credibilidad monetaria. Comprender estas dinámicas no garantiza evitar la volatilidad, pero sí ayuda a no cometer el error más costoso: analizar el presente con las reglas del pasado.

Pedro del Pozo es director de inversiones financieras de la Mutualidad

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