Las empresas deben afrontar la crisis con prudencia, pero sin inmovilismo

Las previsiones de estancamiento económico e incluso recesión para el año que viene en la economía global se han convertido en un elemento común en la mayor parte de los cuadros de previsiones de organismos internacionales y servicios de estudios. El FMI presentó ayer unas cifras que mejoran ligeramente el desempeño de las economías europeas en este ejercicio, también de la española, pero lo rebajan de forma notable para 2023, hasta situarlo en un 1,2% en el caso de España y en un 0,5% en el conjunto de la eurozona. El organismo no es optimista con el control de la inflación, que en las economías avanzadas prevé que alcance el 7,2% este año y el 4,4% el siguiente, y cuyo combate fía al endurecimiento de las políticas monetarias por parte de los bancos centrales y a la capacidad de los gobiernos de cooperar con los reguladores con medidas que no ceben el rally de los precios.

Como no puede ser de otra forma, la conjunción de las malas previsiones macro y de los complejos factores de riesgo que ensombrecen el panorama económico mundial se refleja no solo en el comportamiento de los mercados, sino también en las previsiones de beneficios para las grandes empresas en esta segunda parte del año. En el caso de EEUU, donde la gran banca inaugura la campaña de resultados del tercer trimestre, las cifras que manejan los analistas dibujan la peor temporada en dos años, con un recorte importante –del 6,6%– aunque afortunadamente muy alejado de la dramática caída que se registró en la fase más oscura de la pandemia de Covid-19, cuando llegó a superar el 37%. Frente a un crecimiento del beneficio por acción del 9% para el tercer trimestre y del 10% en el cuarto, cifras que se manejaban hace tan solo unos meses, el mercado espera ahora solo un retorno cercano al 3% y al 5,3%, respectivamente. En el S&P 500, el beneficio neto cae al 12,9%, el más bajo desde el primer trimestre de 2021.

Pese a que existen razones objetivas para rebajar las previsiones, dado que las compañías operan en un entorno marcado por la inflación, la crisis energética y las expectativas de subida de tipos, las empresas tienen por delante en los próximos meses el reto de practicar la prudencia, pero evitar el inmovilismo. Como sucede en todas las crisis, las compañías deberán lidiar con riesgos añadidos lo suficientemente importantes como para condicionar su capacidad de invertir, aunque deben resistir también la tentación de acelerar con una gestión excesivamente conservadora el deterioro de una economía cuyas constantes vitales, a día de hoy, no se corresponden con las malas expectativas del mercado. La economía mundial afronta una etapa de desaceleración, pero su gravedad y su duración dependerá en buena medida del equilibrio y de la confianza.