La boda del ministro de Finanzas alemán en un verano apocalíptico

Los medios y la política cuestionan la oportunidad de celebrar una fiesta por todo lo alto en un momento de crisis, inflación, guerra y pandemia

Fue solo una boda. Una de ricos y famosos. El ministro alemán de Finanzas, Christian Lindner, de 43 años, se casó en julio con la atractiva reportera televisiva Franca Lehfeldt, de 33, en la isla de Sylt, al norte de Alemania. 140 invitados, menú de tres platos en el restaurante de culto Sansibar, junto a las dunas del mar del Norte, y pernoctación de cinco estrellas durante la fiesta de tres días. Pero a raíz de la boda, los medios y la política se preguntan por la oportunidad de celebrar un casamiento a lo grande en este momento de crisis, inflación, guerra y pandemia. En un verano tremendo, en el que se predica renuncia, modestia y austeridad. En un julio tórrido, marcado por el conflicto bélico, en el que Lindner, como ministro y jefe de los liberales, se ha impuesto en el Gobierno tripartito con su política de austeridad presupuestaria y con el cumplimiento del freno de la deuda antes de 2023, limitando el endeudamiento neto a entre 10.000 y 15.000 millones de euros anuales.

Lindner se posiciona en contra de un impuesto a los beneficios extras de las energéticas obtenidos por la crisis, pero a favor de bajar los impuestos a los ricos y de financiar la gasolina. La reducción durante tres meses del precio del combustible introducido el 1 de junio, que baja el precio por litro en 35 céntimos (en 17 céntimos el litro de diésel), no está bien visto por todos en Alemania porque favorece a quienes más consumen y a los consorcios, que no trasladan la rebaja a los clientes. Lindner ha declarado en Der Spiegel que incluso habrá que reducir las medidas de apoyo a los desempleados de larga duración. Al ministro le llueven las críticas. Pero ¿evaluar a los políticos por sus fiestas privadas?

Fue una boda perfecta en un verano casi apocalíptico. Investigadores como el prestigioso Marcel Fratzscher advierten de que la inflación está ahogando a la gente y que la situación empeorará en otoño. “Es amenazante”, afirma. El jefe del Instituto de Economía DIW pide al Gobierno que actúe para aliviar la polarización social que la guerra y la inflación han agudizado. Se lo pide a Lindner, a quien se le acusa estos días de festejar su enlace en una fiesta privada de lujo en un momento de economía de guerra. Una fiesta cuya seguridad ha financiado el erario público. ¿Pero no paga este también la seguridad en los partidos de fútbol?

No es la primera vez que una celebración privada se convierte en un asunto político en Alemania. El ministro socialdemócrata de Defensa, Rudolf Scharping, tuvo que dimitir en 2001 por publicar unas fotos de sus vacaciones en Mallorca mientras el Ejército alemán estaba preparando una arriesgada maniobra militar en los Balcanes. ¿Qué políticos quiere este país, políticos que no se permitan disfrutar de unas vacaciones o de una fiesta en situaciones de crisis?, se pregunta ahora en su editorial el diario muniqués Süddeutsche Zeitung. ¿Hubiera tenido que posponer su boda?

A través de Instagram contestó Lindner a las preguntas de sus seguidores la noche anterior a su enlace en Sylt. Por ejemplo, a la cuestión de si se debería redefinir el concepto de bienestar. “Sí, habrá que redefinirlo y vincularlo a la cultura del esfuerzo. No predico modestia y renuncia, como otros políticos, sino renovación y espíritu empresarial.”

El dilema es que su retorno al freno de la deuda implica contención y llega en un momento difícil. “No toda crisis puede servir de argumento para no cumplir con el freno de la deuda”, ha dicho Lindner en julio. Alemania vuelve a la austeridad, a la norma que exige que en tiempos de normalidad económica el déficit público no supere el 0,35% del PIB. La regla fiscal anclada en la Constitución se suspendió con la pandemia en 2020. La cuestión es que la inflación asciende a casi el 8% y no se espera que baje en los próximos meses. Y que las ayudas estatales para amortiguar el impacto de la inflación, por 30.000 millones de euros, están resultando efectivas para las familias de ingresos medios y bajos. El paquete, aprobado en marzo, contempla por ejemplo un aumento del mínimo exento de imposición fiscal, un pago único de 300 euros para trabajadores, y una transferencia de 100 euros por hijo en 2022.

En 2023 Alemania crecerá solo el 1,7% y la inflación seguirá por encima del 3%. El asunto es si Lindner, el héroe del ahorro, como lo llama la prensa, hace lo adecuado. Institutos de investigación económica como el IMK o el DIW le piden que desactive el freno a la deuda también en 2023, que no ahorre con los débiles y que no bloquee las inversiones de futuro necesarias. Además, no se sabe qué va a pasar con el gas ruso (¿cerrará Putin el grifo?), con la pandemia en otoño, la inflación y la caída del euro (con consecuencias para empresas y consumidores). Las oficinas de empleo recibirán ahora 500.000 millones menos de recursos, pero el número de parados de larga duración por la crisis sanitaria ha subido en 300.000 personas más. Luego están los refugiados de Ucrania: 850.000 hasta ahora registrados. Los paquetes estatales han servido para amortiguar el impacto de la crisis, pero si el Estado retira las ayudas, los sindicatos insistirán en subir más los sueldos y se arriesgará una espiral inflacionista.

La guerra y la crisis energética han provocado un incendio industrial, según Christian Kullmann, jefe del grupo químico Evonik y presidente de la patronal VCI. “Estamos pagando el precio por nuestra solidaridad con Ucrania. Es una guerra económica contra Rusia. Y en caso de un embargo total, la economía alemana sufrirá un infarto. Sin química se parará su industria”. Las consecuencias serían nefastas para el mercado laboral. La economía privada alemana avisa de que entramos en una crisis grave, una crisis también social.

Kullmann opina como Lindner que Alemania se ha dormido en los laureles y ahora peligran su bienestar y su crecimiento económico. “Este país no está preparado para practicar la austeridad”, advierte Kullmann. “Debemos trabajar duro para recuperar y defender nuestro statu quo. Sin embargo, de lo que más se habla es del eventual caos aéreo y de si los aviones llegarán puntualmente a sus destinos vacacionales las próximas semanas”. O de la boda de Lindner.

Los liberales de Lindner son la cuarta fuerza política resultante de las elecciones del otoño pasado. El FDP, que lidera el ministro de Finanzas, forma parte de la coalición semáforo actual, de socialdemócratas, verdes y liberales. A su boda invitó a Olaf Scholz, el canciller socialdemócrata, un político de estilo discreto y sobrio y tremendamente parco en palabras, que respondía así esta semana a las críticas a la lujosa boda: “Lo mejor de la vida es el amor. Y si dos se encuentran y se quieren casar, no habría que entrometerse, tampoco en estos tiempos”. En un verano casi apocalíptico.

Lidia Conde es analista de economía alemana