Controlar la inflación exige dejar a un lado la miopía del cortoplacismo

Las empresas han afrontado en los últimos meses la dura tarea de dejar atrás el túnel de la pandemia, pero se han topado con el reto añadido de lidiar con la escalada de la inflación y con su efecto sobre los costes y márgenes del negocio. La última encuesta sobre la actividad empresarial (EBAE), que realiza el Banco de España, confirma que las compañías avanzan en la recuperación, aunque lo hacen a un ritmo menor del estimado hace solo tres meses. Es cierto que algunos de los sectores más castigados por la crisis sanitaria, como el de los servicios turísticos o la construcción, están teniendo un comportamiento especialmente dinámico, pero también que se vislumbran sombras preocupantes, especialmente por el lado de los costes y de su efecto sobre los precios. Tanto el turismo como la construcción están reflejando ese rally, provocado por el fuerte tirón de la demanda, en el caso del sector turístico, y por el encarecimiento de los suministros como consecuencia de la guerra, por el de la construcción. Los datos del Banco de España apuntan a que más del 75% de las empresas auguran que la presión de los costes sobre sus inputs seguirá siendo elevada, que buena parte de ellas esperan un aumento de su factura laboral y que algo más de la mitad prevé aplicar de aquí a un año subidas en los precios de venta de sus productos y servicios.

Este último dato resulta especialmente preocupante, no solo por lo que revela sobre las dificultades de los empresarios para gestionar sus márgenes en un contexto de alza de los costes de producción, sino por el riesgo que ello entraña para la economía en general como factor de alimentación de los efectos de segunda ronda de la inflación. Si las empresas optan de forma mayoritaria por trasladar a sus márgenes las subidas de costes contribuirán a exacerbar las tensiones inflacionistas, y estas acabarán filtrándose a todas las ramas de actividad y retroalimentando la espiral de los precios.

Aunque es innegable que desde una lógica puramente comercial la subida de los precios para defender los márgenes del negocio es una medida ortodoxa y habitual, no deja de ser también una estrategia miope y enfocada fundamentalmente en el corto y el medio plazo, y que no tiene en cuenta su contribución a un posible escenario de recesión o estanflación. Desde el Banco de España se ha insistido en la necesidad de que todos los agentes económicos –lo que incluye a las empresas, pero también a los sindicatos y al propio Gobierno– suscriban un pacto de rentas oficioso para ponerle el cascabel a la inflación, una amenaza con capacidad suficiente para secar la recuperación y empujar a España al borde de una recesión.