El déficit de la Seguridad Social y la dieta del cucurucho

Hay que aumentar el número de cotizantes, reduciendo el paro, pero también reducir los gastos, por ejemplo, retrasando la edad de jubilación

Hace años participé en una charla sobre asesoramiento financiero y planificación de las finanzas personales.

 

En aquella ocasión, una de las asistentes, con cuya amistad sigo contando a pesar de ello, me telefoneó antes del evento para preguntarme cuál era la diferencia entre asistir a aquella charla y contar con un asesor financiero.

Yo le respondí que la diferencia era la misma que la existente entre intentar perder peso contando con un nutricionista (en este caso el asesor financiero) o seguir una dieta extraída de cualquier revista (la charla).

No en vano, el ahorro y la pérdida de peso se comportan de manera sorprendentemente similar.

Los dos implican una diferencia entre entradas y salidas. En ambos casos, para mejorar la situación, hemos de sustituir acciones que consideramos placenteras por otras que no lo son tanto. Y así, de la misma manera que cuando hacemos dieta hemos de reemplazar ese jugoso bocadillo de panceta que nos hace ojitos por una ensalada fresca y nutritiva; cuando intentamos ahorrar nos forzamos en tomar ese autobús aromático en lugar de un mullido y silencioso taxi.

El caso es que, si hiciéramos las cosas que sabemos que hemos de hacer, podríamos acabar bien luciendo tipín en la playa, bien desahogados financieramente. Pero lamentablemente, la mayoría de nosotros nacemos programados para satisfacer de la manera más inmediata posible nuestros deseos. Y nos cuesta cambiar placeres presentes por otros futuros.

De ahí que con lo que nos topemos habitualmente sea con cuentas corrientes escuálidas y playas fondonas.

Toda esta disertación sobre el sobrepeso y los ahorros, me viene a la cabeza a raíz del último informe del Tribunal de Cuentas sobre la situación patrimonial de la Seguridad Social.

Resulta que hemos pasado de una situación saneada, con un superávit de 75.000 millones en el año 2011, a un déficit de más de 68.000 millones a cierre de 2020.

Siguiendo con el símil anterior, parece que estamos cogiendo peso de una manera preocupante. Con una evolución que, además, empeora de año en año y que puede acarrearnos a la larga graves problemas financieros.

Son muchas las voces que vienen alertando, desde hace ya bastantes años, no solo de la dificultad de hacer frente a la situación actual, sino sobre todo de poder asumir el progresivo envejecimiento de la población, que hará aumentar en los próximos años el gasto en pensiones.

No solo eso, sino que además existe un consenso relativamente amplio sobre las medidas que se han de tomar para reconducir la situación.

Como en cualquier situación de déficit, la solución pasa por incrementar los ingresos al tiempo que se reducen los gastos.

El incremento de ingresos puede conseguirse aumentando el número de cotizantes: esto es, dinamizando el mercado de trabajo, o incrementando las cotizaciones de cada uno de ellos.

El incremento en el número de cotizantes, para mí lo más acuciante, se le viene resistiendo de manera persistente a la economía española. Recordemos que España tiene la tasa de desempleo más elevada de la Unión Europea, y cada desempleado afecta a los ingresos, pero también a los gastos. Pero este tema necesita mucho más del espacio disponible para este artículo.

Por lo que respecta a la reducción de los gastos, no queda otra que limitar prestaciones o reducir el tiempo durante el cual se cobrarán estas (por ejemplo, retrasando la edad de jubilación).

Se trata de medidas impopulares, excepto la reducción del desempleo, que son difíciles de tomar por nuestra clase política, pues, a pesar de los evidentes beneficios a largo plazo, pueden tener un elevado coste electoral de manera inmediata. Y recordemos que los humanos tendemos a anteponer el beneficio presente.

De manera que en esas seguimos. Con decisiones difíciles, que se han de tomar para garantizar nuestro bienestar futuro, y unos dirigentes pendientes de los próximos cuatro años. Disfrutando del bocadillo de panceta, sin hacer caso a los agujeros del cinturón.

Y si la Seguridad Social no acomete con verdadera rapidez las reformas necesarias, puede acabar teniendo que ponerse a dieta, esta vez por las bravas, en un futuro no muy lejano.

Lo que me preocupa es que para entonces la única dieta que funcione sea la del cucurucho.

Y en esa dieta, dicho sea de paso y sin ánimo de alarmar, nosotros no seremos la parte activa.

Javier Fernández-Pacheco Mazarro es profesor de EAE Business School