La inversión en defensa, un poderoso motor de crecimiento

Gran parte del gasto militar revierte, también económicamente, en la sociedad civil, en sus industrias y en los proyectos más avanzados de I+D+i

Un total de 40 años es tiempo más que suficiente para hacer balance de todo gran proyecto. Es el plazo que cumple nuestra presencia en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El acceso fue complejo, polémico sometido a fuertes virajes y hasta alguna tormenta, pero podemos afirmar que a partir de ahí la singladura fue tranquila, fértil y provechosa. Nuestras Fuerzas Armadas se profesionalizaron, descubrieron nuevos horizontes que iban mucho más allá de nuestras fronteras y a los que nos llevaban nuevas razones, nuevos compromisos, nuevos valores. España en esas cuatro décadas se homologó ideológica, moral y técnicamente con los países más desarrollados; aquellos que en los tiempos de la Guerra Fría se reconocían como el mundo libre. Los hombres y mujeres de nuestros ejércitos –porque, recordémoslo, este también fue el periodo en que la mujer se incorporó a las Fuerzas Armadas– hicieron sus deberes y los hicieron bien. España participó en misiones de paz y humanitarias por todo el mundo. Supimos ganarnos la confianza y el respeto de nuestros socios y el agradecimiento de aquellos países, pueblos y personas a quienes ayudamos y defendimos. No fue fácil. Nuestros profesionales tuvieron que evolucionar al acelerado ritmo en que tanto la estrategia, como la geopolítica o la ciencia daban el mayor salto que ha vivido la historia. Todo en aras de conseguir transformar “una razón de fuerza en la fuerza de la razón”.

Hoy, como en tantos otros aspectos, parece querer desenterrarse un debate al que los hechos, los resultados y las necesidades niegan el sentido: la voluntad de ser fieles a nuestros compromisos de defensa dentro de la OTAN; y recalco la palabra defensa, porque esa es su finalidad. Desde sus orígenes la actividad de esta alianza jamás ha sido con fines expansivos Ni siquiera ha llevado a cabo eso, cada día más de moda, que se ha dado en llamar ataque preventivo. Cuando surgió la OTAN, señalan sus detractores, podría hablarse de la amenaza real que acechaba tras el Telón de Acero (definición brillante acuñada por Winston Churchill en su celebre discurso de Fulton, Missouri), amenaza que hoy carecería de sentido pues la mayoría de los países del Este se han pasado con armas y bagajes a nuestro lado descompensando el equilibrio. Nada más lejos de la realidad. La amenaza sigue ahí, representada bien por la oligárquica Rusia de Putin, la expansiva China, las nuclearizadas naciones emergentes, algunas tan teatrales como Corea del Norte o por los múltiples Estados fallidos repartidos por todo el mundo. Enclaves de riego del que tan sólo nos separan la trayectoria de un misil o el clic de un hacker. No tenemos alternativa a estar pendientes de ellos, preparados para responder a su amenaza y actuar con contundencia y eficacia. Es algo que no podemos hacer solos. Es preciso buscar la ayuda del grupo de países con los que compartimos un modelo moral, político y económico.

La actual guerra –digo guerra y no conflicto– en Ucrania pone aún más de relieve esta necesidad. Occidente esta vez no esta dispuesto a pasar de nuevo por la humillación de Munich, cediendo territorios a una potencia agresiva a cambio de una frágil y breve paz. “Nos dieron la oportunidad de elegir entre la vergüenza y la paz. Elegimos la vergüenza y tendremos también guerra”, declaró como un oráculo Churchill en 1939. Esta vez, nos hemos plantado. Finlandia y Suecia, tradicionales estados neutrales –países tapón, en desafortunada expresión muy extendida– le han visto las orejas al lobo ruso y les ha faltado tiempo para solicitar su ingreso en la OTAN.

Es de justicia decir que hasta ahora la cuenta la ha pagado siempre Estados Unidos. Son sus misiles, sus bases y su marina las que han cargado con la mayor parte del peso de la defensa del que es el escenario de conflicto natural: Europa. Venga el mismo desde el este o desde el sur. Es algo que todos los últimos presidentes americanos, ya sean republicanos o demócratas, han señalado. Una situación que ni quieren ni pueden mantener indefinidamente. Europa necesita hoy, mejor que mañana, recuperar su autonomía en términos militares. El gasto que hace en armamento está muy por debajo del de sus potenciales agresores. Da igual que estos tengan un PIB infinitamente más bajo. Dentro de los que invierten menos en defensa, cuantitativa y proporcionalmente, está nuestro país. Siento decir que ya no podemos, como Roma alquilar nuestra defensa a los bárbaros (palabra que significa extranjero). Nadie va a querer hacerlo a cambio de nada.

Muchos son los que piensan que ya gastamos mucho en defensa. Pocos son los que saben que gran parte de esa inversión revierte en la sociedad civil, en sus industrias y en su proyectos punteros de I+D+i (el Ministerio de Defensa es la empresa española que más gasta en este estratégico y competitivo concepto), Lo vemos en nuestras telecomunicaciones, en la formación de expertos para todos los sectores civiles. Hace años que colaboró de un modo u otro con nuestras Fuerzas Armadas. Recuerdo que ya hace decadas la oferta profesional de las FAS incluía más 150 especialidades formativas con aplicación en los más diversos ámbitos, desde control aéreo hasta medicina tropical pasando por mecánica de reactores, hostelería, electricidad, informática, etc. Nuestras Fuerzas Armadas no solo son un gran empleador público, sino también un poderoso motor de crecimiento para el resto de la sociedad. Son algo mejor que necesarias, son imprescindibles.

Eduardo Irastorza es profesor de EAE Business School