Los chinos se están hartando de ganar al Covid

Los poderosos de Shanghái, históricos apoyos del régimen, están empezando a sufrir las drásticas políticas de Pekín

Zona residencial de Shanghái confinada, el día 15.
Zona residencial de Shanghái confinada, el día 15. reuters

En China, los shanghaineses son conocidos por tres cosas: su dulce cocina, su amor por las compras y su sentido de la superioridad sobre sus compatriotas. Así que algunos chinos podrían estar disfrutando en silencio de la visión de la población de la ciudad aullando por las ventanas, frustrados tras haber sido encerrados a la fuerza en sus pisos durante casi tres semanas. Pero el caos de Shanghái no ofrece, en última instancia, nada que pueda alegrar a nadie.

 

Durante la primera oleada de la pandemia en 2020, las autoridades locales contuvieron el virus sin tener que recurrir al cierre de franjas de la ciudad. El éxito parece haber alimentado la complacencia. La variante ómicron, muy contagiosa, apenas se vio frenada por los intentos iniciales de contenerla a principios de año.

Pero el endurecimiento impuesto por Pekín, que incluye el confinamiento forzoso de la mayoría de los 26 millones de habitantes de la ciudad, la separación de los niños infectados de sus padres y la censura masiva de las denuncias en internet, no ha sentado bien. Esperando que el confinamiento fuera breve, pocos residentes se abastecieron de productos de primera necesidad, y el gobierno local no estaba preparado para alimentar a una población que se extiende por 6.000 kilómetros cuadrados. Las redes sociales están llenas de pequeños actos de rebeldía.

Aunque la ciudad solo ha informado de diez muertes causadas por el Covid hasta el momento, la política “dinámica cero” de acabar con la transmisión a toda costa ha hecho que los hospitales pospongan el tratamiento de afecciones más graves. Al final, esto podría causar más muertes que salvar vidas. “Estaría mejor en la cárcel”, decía un anciano que fue filmado despotricando contra los trabajadores sanitarios con trajes de protección. “Al menos en la cárcel me darían medicinas”.

Económicamente, es una catástrofe a nivel nacional. La economía de Shan­ghái, de 650.000 millones de euros, aporta aproximadamente el 5% de la producción nacional. Acoge la mayor Bolsa de China, el puerto más activo del mundo por flujo de contenedores, un grupo de sedes de multinacionales y una Gigafactory de Tesla.

Muchas otras ciudades sufren restricciones similares, pero la crisis de Shanghái es incómodamente simbólica. El Partido Comunista Chino se fundó allí en 1921, y fue refugio para los campesinos hambrientos durante la hambruna masiva que desencadenó Mao Zedong en 1958. Sus cosmopolitas y adinerados residentes fueron los mayores beneficiarios de la reforma económica y, por tanto, algunos de los más firmes partidarios del régimen. Ahora, incluso inversores ricos y famosos deben buscar comida en chats grupales online.

En términos más generales, los fallos ponen de manifiesto cómo los poderosos están empezando a experimentar los inconvenientes del Gobierno de Xi Jinping. Cuando un objetivo de la política central fracasa, los medios estatales suelen culpar a los funcionarios locales por sus fallos morales o intelectuales, como en el caso de los que no supieron responder al brote de Covid en Wuhan. Pero se suponía que Shanghái era la ciudad mejor gestionada del país.

La mala gestión también se suma a las preocupaciones por que la capacidad intelectual de la Administración china se ha degradado bajo Xi. Años de medidas drásticas han enseñado a los burócratas que reaccionar de forma exagerada es menos arriesgado que no reaccionar, por lo que se matan moscas a cañonazos, por así decirlo. La ansiedad por la caída de las tasas de natalidad llevó a las autoridades a poner fuera de juego toda la industria de las clases particulares, por ejemplo, y el sector de la tecnología ha recibido repetidos golpes. Los mercados financieros se tambalean y las opiniones desfavorables sobre China están en máximos históricos en el extranjero, pero nadie es castigado públicamente por ir demasiado lejos.

Las duras medidas aplicadas en Shan­ghái podrían llevar a todo el país a la recesión y provocar un aumento de la tasa de mortalidad general si se repiten a nivel nacional. También podrían no funcionar: en Xian, por ejemplo, el virus volvió a introducirse en la población tres meses después de que un confinamiento en toda la ciudad pareciera sofocarlo. Tampoco puede una aspirante a superpotencia mundial mantener sus fronteras cerradas indefinidamente.

Los signos de descontento incluyen el creciente interés por la emigración entre los individuos ricos. Pero para el resto de la clase media educada, la pasividad y la aversión al riesgo son respuestas más probables. El renovado entusiasmo de los recién licenciados por los empleos públicos, mal pagados, pero seguros, frente a las tecnológicas o las startups, es una tendencia preocupante; el país necesita emprendedores, innovadores y un sector privado vibrante si quiere reducir la dependencia de la tecnología y las universidades de EE UU. Pero las ganancias de eficiencia que obtuvo la República Popular al ingresar en la Organización Mundial del Comercio en 2001 se han agotado; el economista Harry Wu sugiere que el crecimiento de la productividad total de los factores se volvió negativo tras la crisis financiera. La reforma de las empresas estatales se ha estancado. China no puede permitirse un trastorno al estilo japonés cuando su renta nacional bruta per cápita es solo el 40% de la de Japón.

Se suponía que el característico “sueño chino de rejuvenecimiento nacional” de Xi consistía en mejorar la vida de la gente corriente. Pero el Gobierno está exigiendo más sacrificios, con retornos económicos decrecientes. Puede que el cero Covid no sea alcanzable, pero sigue siendo una herramienta propagandística útil para destacar el fracaso de las democracias occidentales en la contención del virus, por lo que el Gobierno se aferra obstinadamente a él pese a los crecientes costes. Por desgracia, en la batalla contra el Covid, los chinos se están hartando de ganar.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías