Entre la ejemplaridad y la no discrecionalidad política

La crisis abierta en el PP ha escenificado una lucha de poder y egos en la que brilla por su ausencia el arrojo de saber perder

Tras la polvareda vendrá la calma, o quizás el silencio. Algo patrio. Lo de dimitir casa mal en el proscenio del poder. Se agota y se desgasta hasta que todo es irreversible y no se quiere ver. Guardias pretorianos que obnubilan y disimulan la verdad, la objetividad. El pegamento de la calle. A la que no se escucha. Se grita pero hasta el presente a la hora de la verdad el vociferío es una mera distracción y en breve deja de ser noticiable. La mujer del César además ha de parecerlo, en y fuera de las fiestas de Bona Dea, cuando el general Publio Clodio se enamoró de la mujer de Cesar, Pompeya Sila. Son las formas, son los hechos, son los silencios y la sospecha de maniobra lo que al final ha acabado emponzoñando la vida política y pública. Ejemplaridad con mayúsculas, por muchas anteojeras que nos empeñemos.

En los últimos días, y a través de la crisis interna abierta en el PP, hemos asistido al bochorno de un espectáculo tan descarnado como inmoral, visceral y sórdido por una genuina lucha de poder, de egos y de personas que no miden lo que dicen, como lo dicen y donde las dudas, las medias verdades y las sospechas incluso de actuaciones delictivas de varios tipos quedan no solo en solfa, sino que caricaturizan un abismo o pozo por desgracia demasiado frecuente.

La alarma mediática y el corifeo político saltó primero por la forma y el momento. Acusaciones de grueso calibre entre espionajes que ahora se niegan, comisiones que dejan de serlo y apariencias de regularidades varias. O todo es una presunción o todo es una media verdad. Pero el daño político y a un partido es total. Un partido sin liderazgo porque falta credibilidad. Esa es la palabra, credibilidad, que no se tapa con el resultado electoral ni con subir el estruendo del discurso en las Cortes.

Algunos voltean la vista atrás, a un congreso, el sucesorio, cerrado de aquella manera tras unas primarias a duelo absoluto entre dos ex ministras. La tercera opción fue fruto de aquel enfrentamiento visceral. Cuestión distinta es que analizando, sopesando los candidatos o el peso de uno de ellos, los demás o no quieran concurrir o desistan viendo el curriculum, la afiliación, y un largo etcétera que todos podemos imaginarnos. Todo es pasado. No vale la pena hurgar en el nadie, porque todos tenemos uno. Pero de aquellos lodos y vientos hoy sopla lo que sopla y la debilidad.

El ser o haber sido miembros de comités, cúpulas o altos cargos no significa per se idoneidad, tampoco honorabilidad, menos ejemplaridad. Se presupone. Y este es un país de demasiadas presunciones, aunque no todas iure et de iure. También es país desmadejado y falto de memoria. El ser parte de un cuerpo, el corporativismo, marca indefectiblemente en muchos historiales la trayectoria pública, pero también privada de algunos funcionarios. Y el ser alto cargo pesa más en el lado de la balanza que la profesionalidad, el conocimiento, destreza, capacidad y cualificación idónea. Pero ¿se presume que quién nunca ha gestionado un presupuesto, una concejalía, una consejería, una secretaría de estado, etc., es y será eficiente a la hora de desempeñar la poltrona de lo público?

Ejemplaridad y honestidad deberían, junto a la idoneidad de la persona y su perfil profesional, ser elementos clave en todo nombramiento donde también pesa la imagen entera de un país. El no ser cuestionado ni tener mácula alguna de tacha inmoral es un paso y un activo. Pero subyace algo moral. Algo donde la ética política, cancerígena en nuestro comportamiento en este ruedo ibérico anémico en conciencia, debería empezar a imperar. Lamentablemente en demasiadas ocasiones gana el caciquismo, el servilismo, los servicios prestados, los silencios, las familiaridades y los pasivos, los debes que hay o existen. Se podrán tener méritos, pero han de ser incuestionables las tachas morales, éticas, profesionales. Hay que serlo y parecerlo, como Publio Clodio y Pompeya Sila. El amiguismo es como el clientelismo, una ceguera voluntaria, adanista, falta con la verdad y no meritocrática. No importa el mérito. Siempre ha sido así. Y ya oír explicaciones resulta sarcástico, penoso. Trampolines de ida y vuelta. Hoy algunos quizá se arrepienten de cómo designaron a dedo a sus candidatos para las atalayas del poder autonómico. O quizá no. La vida y la política hacen extraños compañeros de carrera y de intereses personales hasta que se descubre que entran en conflicto propio.

Lo vivido estos últimos días y las fugas de agua que se tratarán de tapar entre lo privado y lo sigiloso, al tiempo que se esforzarán en evitar terceras vías, solo hará daño, inmenso, a un Partido Popular que desde las elecciones de 2015 entró en shock. Todo el poder es infinito durante solo un tiempo, pero no todo el tiempo cuando se olvidan causas, por qués y razones de ser, que no son otras más que el servicio público y el interés general incluso por encima de afiliados, militantes y simpatizantes. El daño está hecho. Erosionada toda credibilidad. Solo queda ver la escenografía de un espectáculo donde los actores interpretarán más allá de la escuela de los cínicos. Y cínico en filosofía no significa lo que en política. La ceguera solo acaba agigantando el abismo, el lodazal. La hojarasca ha caído con fuerza, pero la costra de las inercias y el voluntarismo obstinado a toda costa, todavía puede pasar una factura mayor.

Falta el arrojo y la elegancia de la derrota. De hacerse a un lado cuando el obstáculo eres tú. Y esta lección, como algunas otras, es de esas del temario, que por tiempo e interés, nunca se acaban dando. Llegará la hora de las explicaciones, porque los interesados tienen muchas que dar y espantar estereotipos y presunciones, y cada cuál se conformará con las que simplemente interesa y quiere escuchar.

 Abel Veiga es Profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade