Por qué Cataluña ha perdido reputación y qué puede hacer para recuperarla

Debemos cuestionarnos si las instituciones catalanas han ayudado en los últimos años a mejorar o empeorar la situación

Las universidades catalanas lideran las primeras posiciones españolas en los rankings de reputación. Sin embargo, de unos años a esta parte el porcentaje de alumnos que escoge Cataluña dentro de España no ha dejado de disminuir. Y no es solo debido a la pandemia, que ha afectado por igual a todas las universidades del mundo.

Un total de 4 de las 10 primeras universidades españolas (40%) son catalanas. Sin embargo, aunque España es el país preferido por los alumnos europeos, solo un 22% escoge Cataluña. Universidades como la Complutense de Madrid o la de Granada tienen el doble de alumnos Erasmus que la Politécnica de Cataluña o la Pompeu Fabra, muy por delante de ellas en los rankings. ¿Por qué?

Lluís Baulenas, anterior secretario general de Universidades y actual secretario de Acción Exterior de la Generalitat, llegó a decir hace solo dos años que “hay veces que la propia calidad espanta a los estudiantes”… La razón es otra muy distinta: como afirman profesores canadienses como Richard Florida o suecos como Ridderstrale y Nordstrom, el talento decide cada vez más dónde, cuándo y cómo quiere estudiar y trabajar. Y lo hace allí donde encuentra un entorno agradable, divertido, tolerante, abierto a la diversidad y con oportunidades de futuro.

Por eso, durante buena parte del siglo XX, muchas de las personas que en España querían crecer, buscaban destacar y tenían la expectativa de mejorar sus vidas iban preferentemente a Cataluña. Así se hizo esa tierra, mi tierra, durante un siglo el mejor lugar donde vivir, trabajar y estudiar en nuestro país: Barcelona era the place to go. Hoy, en cambio, van fundamentalmente a Madrid, la gran aspiradora de talento, inversiones, empresas y también turistas. Nunca, además, ha habido tantos catalanes (periodistas, diseñadores, empresarios, actores, cocineros) como ahora viviendo en la capital: somos más de 100.000, según la propia GenCat.

La reputación son expectativas de futuro: cómo quiero vivir, dónde quiero invertir o a dónde me gustaría viajar. Y esas expectativas cambian, varían a lo largo del tiempo (y del espacio). Por eso Cataluña respondió a esos anhelos de progreso durante un tiempo y hoy, en cambio, lo hace menos o ya no lo hace apenas. ¿A qué se debe?

El modelo RepTrak –que utiliza el Real Instituto Elcano para medir la reputación de España– nos da algunas pistas. La reputación de un lugar (ciudad, región, país) se basa en tres dimensiones: 1) la calidad de vida (la gente, el ocio, el entorno, el estilo); 2) el nivel de desarrollo (productos, empresas, educación, tecnología); y 3) la calidad institucional (estabilidad económica, bienestar social, seguridad física, eficiencia en el uso de recursos, ética y transparencia).

Traslademos esas variables a la Cataluña de los últimos 40 años y su evolución hasta ahora. ¿Está hoy en 2022 Cataluña más desarrollada, tiene mejor calidad de vida y un entorno institucional más estable y favorable que Madrid?

La reputación se traduce también en comportamientos de apoyo que se miden a través de la predisposición a recomendar: visitar ese sitio, vivir en él, trabajar allí, estudiar, invertir o comprar sus productos. No tenemos los datos sobre recomendación de Cataluña en el resto de España o a nivel internacional, pero sí de decisiones concretas sobre turismo, saldo migratorio, estudiantes (los hemos visto antes), movimiento de empresas, inversiones o adquisición de productos.

Antes de la pandemia el descenso en turistas españoles lastraba las cifras, a pesar del alza en turistas internacionales: -3,5%, según el INE. El saldo migratorio con respecto al resto de España es negativo: -4,6%, según Idescat. Y el de empresas también: -16,3%, según Informa D&B. Las inversiones internacionales caen también: -32,7%, según Idescat. La compra de productos catalanes ha descendido en el resto de España: -23,2%, según RepTrak.

Todo esto nos habla de los efectos, los síntomas de que Cataluña ha perdido reputación, sin duda en España, pero también en el mundo, donde la dependencia de la marca Barcelona es clara. El líder municipal del PSC, Jaume Collboni, decía antes de la pandemia y tras del 1-0: “Barcelona es una ciudad con talento y tejido económico que hasta ahora ha disfrutado de una excelente reputación internacional clave para atraer inversiones y crear empleo de calidad”. Para a continuación culpar a Colau. Barcelona perdió en 2018, justo el año después del 1-0, 7 posiciones (del 8 al 15) en el ranking global City Reptrak.

Barcelona es quien, a partir de los Juegos Olímpicos de 1992, permite a Cataluña asomarse al mundo y a España reforzar su proyección de país democrático, moderno, abierto y creativo, innovador. Pero como indicaba Financial Times a finales de 2017, esa clase de “juicios negativos” sobre Barcelona son “presagios en potencia” de los tiempos difíciles que puede afrontar la ciudad tras “décadas de éxitos”.

¿Cuál es entonces la principal causa raíz del problema? Los profesores estadounidenses Cemoglu y Robinson dicen en su libro Por qué fracasan los países que la respuesta al origen de la prosperidad y la pobreza radica en sus instituciones. De las tres dimensiones de la reputación de un lugar que hemos visto antes, la calidad institucional representa el 37% del total, frente al 25,1% el nivel de desarrollo y, casi tanto como la principal, la calidad de vida: 37,9%. Tenemos que cuestionarnos si las instituciones catalanas han contribuido en estos –especialmente últimos– años a mejorar o empeorar las cosas.

¿Y cuál es la solución? Si Cataluña quiere recuperar reputación tiene que, como todas las marcas que han perdido fuelle, volver a su esencia diversa de tierra mediterránea de encuentro de personas y mezcla de culturas, haciéndola compatible con su identidad histórica (basada en la lengua).

Para eso es clave que recupere la calidad de sus instituciones de autogobierno y la reputación de sus líderes. Que siga apostando por retomar la senda de la buena gestión como seña también de identidad eficiente. Para acabar, que recobre su voluntad de liderazgo de España y, desde España, de Europa. Y que, como escribió el poeta Joan Maragall, encuentre así una España que escuche, de nuevo, su voz.

Ricardo Gómez Díez es Dircom especializado en Reputación y profesor del Máster de Comunicación Corporativa e Institucional de la UC3M