Es mejor aceptar las grandes transiciones que resistirse a ellas

En todo el planeta se están produciendo cambios extraordinarios que moldearán la economía

Es mejor aceptar las grandes transiciones que resistirse a ellas

El diccionario define la transición como el “cambio de un estado o condición a otro”. Así se resume el mundo al llegar el año 2022. Ya se trate del abandono de un sistema económico dependiente de los hidrocarburos, de la derrota de la plaga de Covid-19 o de que los bancos centrales pongan fin a la era del dinero libre, en el mundo se están produciendo cambios extraordinarios que moldearán los mercados, las finanzas corporativas, la política y las economías mucho después del nuevo año.

Las medidas extraordinarias que son necesarias para impulsar estas tendencias que marcan una época se están tomando ahora, aunque tengan que pasar años o incluso décadas antes de que los logros puedan medirse de forma significativa. Las transiciones inevitables, como la de las energías renovables, es mejor aceptarlas que resistirse a ellas. Los inversores y los empresarios que se adapten al cambio y a la agitación que conlleva serán los más beneficiados. Pero deben prepararse para hacer sacrificios por el camino. Sin inclusión social, estas transformaciones pueden llevar a la violencia.

Las iniciativas de los Gobiernos y las empresas para reducir las emisiones de carbono y llegar a cero emisiones netas de aquí a 2050 o antes, a fin de limitar el calentamiento del planeta a 1,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, seguirán dominando el panorama financiero y empresarial en 2022. Abandonar el carbón, el gas y el petróleo es prioritario. Pero todos los sectores, incluidas las industrias pesadas como el acero y el cemento, el transporte, la agricultura y la banca, tendrán que asumir pronto enormes compromisos para satisfacer las elevadas ambiciones de la próxima generación.

Al mismo tiempo, la inflación se mueve mucho más que en las últimas dos décadas. Los bancos centrales tendrán que empezar a reducir el estímulo, lo que tiene amplias implicaciones para el coste del capital (que sube) y el precio del dinero. A propósito, el propio dinero atravesará un periodo de transformación a medida que la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y otras autoridades monetarias intentan seguir el ritmo a la dinámica emergente de las criptomonedas y las monedas digitales.

Un tercer año de pandemia, con la persistente amenaza de cepas nuevas y más virulentas, sigue acelerando drásticamente el cambio a lo digital. Los ganadores y los perdedores de esta transición se harán más evidentes en 2022. Los cuasi monopolios –como Amazon.com en el reparto y los servicios a través de internet; Meta, la empresa antes conocida como Facebook; Alphabet en la publicidad, y Microsoft en los flujos de trabajo– recibieron un impulso extraordinario gracias a los confinamientos ordenados por el Estado. Los Gobiernos afrontan un año decisivo para regular a estos gigantes multibillonarios. Microsoft, bajo la batuta de Satya Nadella, es nuestra elección para gestionar mejor estos vientos en contra.

E incluso a medida que la gente vuelve poco a poco a las oficinas, la dinámica pospandémica de las comunicaciones, la formación, los viajes y la interacción social están remodelando permanentemente el lugar de trabajo y la productividad. Esto tendrá consecuencias para la naturaleza del trabajo, la propiedad, la planificación urbana y más.

También plantea nuevos retos a los líderes, ninguno de los cuales se formó en la Harvard Business School o en el Insead para dirigir organizaciones cada vez mayores de empleados que trabajan individualmente desde casa. Por eso prevemos una alta rotación de los consejeros delegados, banqueros de inversión robotizados y una vuelta a los empleos en el extranjero. La guerra cada vez más fría entre Estados Unidos y China dominará el comercio internacional y la geopolítica. La disputa sobre la venta de submarinos nucleares a Australia y la caótica retirada de Estados Unidos de Afganistán han puesto de manifiesto la naturaleza conflictiva de la alianza occidental. Con Xi Jinping preparado para un tercer mandato (incluso vitalicio) como presidente de China, el presidente estadounidense Joe Biden tiene la oportunidad de alcanzar alguna clase de distensión para cooperar en el cambio climático, la pandemia y otras prioridades. Pero como el propio partido de Biden se enfrenta a una derrota en las elecciones de noviembre al Congreso, puede que sus manos estén atadas.

En el lado positivo, el liderazgo europeo tendrá la oportunidad de consolidarse: el presidente francés Emmanuel Macron probablemente conseguirá un segundo mandato en mayo, Alemania da la bienvenida a un nuevo canciller después de 16 años con Angela Merkel al timón, e Italia elige a su próximo presidente.

El éxito exigirá una inclusión social extraordinaria. Los Gobiernos, las empresas y los contribuyentes (especialmente los más ricos) tendrán que prepararse de forma previsora para los sacrificios que se necesitan para evitar que la tierra se abrase, al tiempo que se consigue una mayor equidad, inclusión financiera y justicia social. El no hacerlo provocará disturbios civiles o algo peor.

Además de ser terrible para los negocios, eso torpedearía objetivos más existenciales como la limitación del calentamiento global, cuyos efectos nocivos serán soportados de forma desproporcionada por los pobres del mundo. Esperemos que el mundo de los negocios y los mercados financieros ayuden a marcar el camino hacia una sociedad más justa y ecológica en el próximo año.