El BCE debe prevenir el riesgo de que la inflación no sea transitoria

La fuerte evolución al alza de los precios en las economías mundiales comienza a preocupar cada vez de un modo más insistente a gobiernos, instituciones y organismos internacionales. Pese a que los responsables de la política monetaria continúan, de momento, calificando el repunte de la inflación como coyuntural, cada vez hay más voces, y también más datos objetivos, para cuestionar la firmeza de ese diagnóstico. Estados Unidos anunció ayer un alza de precios en octubre del 6,2% en tasa interanual, lo que supone la subida más elevada de los últimos 30 años. También en Alemania, los precios han subido un 4,5%, en este caso el nivel más alto desde agosto de 1993. En España, la tasa alcanzó un 5,5% en octubre, un valor desconocido desde hace tres décadas. En el otro extremo del globo, China vive la mayor subida de la historia en sus precios industriales, que se han disparado hasta el 13,5% interanual.

Mientras la Reserva Federal de EEUU afronta el reto del tapering, es decir, la retirada progresiva de los estímulos monetarios que han apuntalado hasta ahora la economía estadounidense, y los mercados anticipan ya dos subidas de tipos en país, desde Fráncfort el mensaje sigue siendo de vigilancia atenta, pero tranquila ante un fenómeno que consideran temporal. Aunque es innegable que la combinación del encarecimiento de la energía, la crisis de las materias primas y la potente recuperación de una demanda embalsada durante meses por los confinamientos de la pandemia permiten explicar por sí mismos la actual curva de la inflación, no existen garantías de que esa suerte de tormenta perfecta vaya a disolverse en poco tiempo y de que las presiones alcistas en los precios no terminen contagiándose al resto de la economía y reflejándose en la inflación subyacente. Como ya han advertido los sabios del consejo asesor de economistas del Gobierno alemán, los problemas de suministro en la cadena de producción, especialmente delicados para una economía industrial como la alemana, y el alza de los precios energéticos podrían pasar de ser factores coyunturales sobre la inflación a elementos de más largo plazo.

Desde Alemania se reclama al BCE algo que debería ser inherente a su función: la prevención. Lo que se traduce en diseñar una estrategia de normalización de la política monetaria ultraexpansiva de los últimos años, que envíe una señala a las economías y los mercados sobre el camino a seguir en caso de que la inflación haya vuelto para quedarse.