La megalomanía verde revive el sueño hidroeléctrico del río Congo

La minera Fortescue pretende crear allí centrales de hasta 40 gigavatios, pero es una empresa descabellada, que ya intentó ACS

Andrew Forrest, presidente de Fortescue Metals.
Andrew Forrest, presidente de Fortescue Metals. reuters

El magnate minero australiano Andrew Forrest va a llevar su nuevo afán por las energías renovables a la República Democrática del Congo. El fundador y presidente de Fortescue Metals, con un valor de 70.000 millones de dólares australianos (44.000 millones de euros), ha convencido al presidente Felix Tshisekedi para que permita a su empresa dirigir el desarrollo de centrales hidroeléctricas que generen hasta 40 gigavatios, es decir, más del doble del complejo de las Tres Gargantas de China. Forma parte de su incipiente impulso para convertir el hidrógeno sin combustibles fósiles en un mercado mundial de 12 billones de dólares para 2050. Sin embargo, este plan africano roza la megalomanía verde.

El sueño de convertir la vía fluvial en un enorme centro energético, conocido como Grand Inga, tiene décadas de antigüedad. Empresas como BHP y ACS ya lo intentaron antes de retirarse. El riesgo político es un factor importante, y el proyecto podría costar 80.000 millones de dólares, según estimaciones de hace varios años. La idea original de transportar la energía por cable hasta Sudáfrica y otros lugares del continente es también ineficiente.

Las grandes presas suelen ser una empresa descabellada, ya que causan estragos en la fauna y en la calidad del agua y del suelo, afectando a la agricultura. Sus embalses también aumentan la evaporación, aunque el proyecto congoleño aprovecharía un gran desnivel de las cataratas del Inga y, por tanto, necesitaría menos almacenamiento.

Además, estos proyectos son notoriamente difíciles de controlar. De media, los costes superan las estimaciones iniciales en un 96%, según un estudio de la Universidad de Oxford de 2014.
Incluso suponiendo que Forrest, también conocido como Twiggy, pueda llevarlo a cabo, su plan de convertir la electricidad en hidrógeno para enviarlo a Europa y otros lugares plantea dos problemas adicionales. En primer lugar, tomar energía de África, que carece de suficiente electricidad, apesta a neocolonialismo. En segundo lugar, es posible que no sea rentable desde el punto de vista financiero.

La Unión Europea calcula que tendrá 300 gigavatios de capacidad eólica marina en 2050, gran parte de ellos en el Mar del Norte, dedicados a la producción de hidrógeno, que se puede canalizar a la infraestructura existente. Las plantas de procesamiento de gas de Inga tendrán que construirse desde cero. Y en África, la energía eólica y solar es más rápida y barata de construir.
El entusiasmo ecológico de Forrest es digno de aplauso, aunque Fortescue siga desarrollando una central eléctrica de gas emisora de carbono en Australia. Sin embargo, no debería ignorar alternativas menos rimbombantes.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías