La hora de la ‘economía de la vida’

Invertir en sectores relacionados con la calidad de las condiciones vitales se ha convertido en una apuesta de futuro

La pandemia Covid-19 ha reforzado tendencias preexistentes, hasta el punto de lo que está emergiendo lo que denominamos economía de la vida, que esencialmente garantiza las condiciones para que los individuos prosperen y que apunta a perdedores en algunos sectores y oportunidades en otros.

Hay que tener en cuenta que los economistas hemos estado mucho tiempo interesados en la evolución demográfica, pues los modelos tradicionales estiman que el crecimiento económico es función del aumento de la población y la mejora de la productividad. Sin embargo, es cada vez más evidente que la dinámica económica va más allá de cambios de capital y mano de obra en su sentido estricto y que se extiende a la demografía y calidad de vida, en una compleja interacción entre tendencias. De hecho, en nuestra opinión, elaborar previsiones económicas y formular propuestas de inversión a largo plazo requiere comprender cinco importantes factores.

El primero es el aumento de la población en África, que impulsa la demografía mundial. La previsión de Naciones Unidas es que el crecimiento de la población mundial pase de un 1% anual (el máximo fue 2,1% en 1968) a 0,9% promedio en 2020-2050 y cerca de cero para finales de siglo. Pero África –donde la población crece al 2,5% anual– ya supera a Asia como fuente principal de aumento mundial. Según Naciones Unidas, Asia y África pueden suponer 82% de la población mundial para 2100, en comparación con 76% actualmente.

El segundo factor es el constante aumento de la esperanza de vida. A principios del siglo XIX se situaba por encima de 40 años y actualmente es de 77 años y se espera que aumente hasta alrededor de los 90 años para finales de siglo. El tercero es el aumento de la proporción de personas mayores respecto a la población en edad de trabajar, tanto en países occidentales y en algunos emergentes. Es la consecuencia lógica del aumento de la esperanza de vida y las bajas tasas de natalidad. En Japón esta tasa de dependencia puede alcanzar casi 40% para mediados de siglo, mantenerse estable en 35% en Europa y aumentar hasta el 25% en China.

Además, hay que tener en cuenta la urbanización. Para 2050 el 70% de los habitantes del mundo vivirán en centros urbanos, frente a 55% hoy día (es del 80% en países desarrollados y América Latina). Los centros urbanos ya representan dos tercios del consumo mundial de energía y 70% de las emisiones de CO2 y las cien ciudades más grandes del mundo, donde vive una quinta parte de la población, van a crecer más.

También hay que tener en cuenta que los responsables políticos han tenido por primera vez que tomar decisiones rápidas y dar prioridad a las vidas humanas frente al crecimiento económico. La fuerte recesión, por breve que haya sido, avecina una crisis social que tendrá repercusiones a largo plazo en grandes áreas de la actividad económica.

Más aún, prepararse para la próxima pandemia significa hacer de la salud y el bienestar el centro de la formulación de políticas, pues el crecimiento económico puede no continuar sin la atención a la calidad de vida. De ahí que el factor más significativo, resultado de los cuatro primeros, es la creciente necesidad de servicios y una educación de alta calidad que ayuden a una creciente población urbanizada a adaptarse a un mundo complejo y en constante cambio.

Efectivamente, el envejecimiento de la población conducirá a una creciente necesidad de servicios médicos y personales y, a medida que la población mundial se congrega cada vez más en las zonas urbanas, cada vez hay más demanda de bienes y servicios asociados con el bienestar

En el futuro, los gobiernos serán juzgados menos en términos de contribución al crecimiento económico y cantidad de bienes y servicios que la gente puede comprar y más respecto a la calidad de vida que pueden ofrecer a los ciudadanos. Ya podemos ver esto en que los empleados, que califican las empresas por su capacidad para ofrecer un entorno de trabajo inspirador y satisfactorio, hasta el punto que tales calificaciones ya forman parte de la marca de una empresa. Del mismo modo los economistas utilizarán cada vez más la nueva clasificación de las economías y los inversores lo tendrán en cuenta al crear sus carteras.

Así que vemos como emerge la economía de la vida, cuyas políticas económicas tienen tres componentes principales: protección del medio ambiente, justicia social y protección de los marcos institucionales democráticos donde existen. La economía de la vida apunta a perdedores en algunos sectores y oportunidades en otros. Está claro que los primeros incluirán energías fósiles y combustibles basados en el carbono, vehículos de motor, industria de la aviación, transporte y turismo de masas. Las empresas en estos sectores se han comportado peor en los mercados en 2020 y tendrán que cambiar para lograr el crecimiento que tenían en el pasado. Los ganadores incluyen energías alternativas, educación, agricultura y alimentación, así como salud y ecoturismo.

De manera que invertir en sectores y temas relacionados con cuestiones de calidad de vida tiene sentido y se está convirtiendo rápidamente en la forma más eficaz de promover cambios positivos y facilitar un futuro mejor.

Christophe Donay es Director de análisis macroeconómico de Pictet WM