El riesgo de darle un cheque en blanco a un famoso

Deportistas, raperos y empresarios se han subido al carro de las SPAC, vehículos de propósito especial para adquisiciones

Celebridades que han anunciado su participación en una SPAC.
Celebridades que han anunciado su participación en una SPAC.

Cada vez más celebridades se suben a la ola de las empresas de propósito especial para adquisiciones (SPAC, en inglés). Las compañías de cheque en blanco levantaron el año pasado 82.000 millones de dólares al salir a Bolsa, lo que supuso el 42% de todo el dinero recaudado en estrenos bursátiles. Su promesa es que comprarán empresas no cotizadas para hacerlas crecer, pero casi todas tiene mucho que demostrar. Tener entre sus inversores o patrocinadores a un famoso ayuda a atraer el interés del público, pero también puede ser peligroso.

La lista de personajes públicos que han prestado su nombre para promocionar una SPAC empieza a ser inacabable: el exjugador de baloncesto Shaquille O’Neal; la tenista Serena Williams; el jugador de fútbol americano Colin Kaepernick (famoso por su gesto de poner una rodilla en el suelo, en solidaridad con el movimiento Black Lives Matter); el jugador de fútbol Robert Lewandowski; el rapero Jay-Z; el ex consejero delegado de Credit Suisse, Tidjane Thiam... En Wall Street ya hasta corre un chascarrillo sobre estas compañías: “Empiezo a conocer a más gente con SPAC que con Covid-19”, bromean en los despachos de banca de inversión.

Recurrir a una cara conocida es importante cuando buscas el favor del público para recibir un cheque en blanco con el que hacer inversiones. Pero la profesionalización de la compañía lo es mucho más.

La semana pasada, el supervisor de la Bolsa de EE UU (la SEC) emitió un comunicado alertando del riesgo de confiar a ciegas en un famoso a la hora de invertir. “La participación de celebridades en una SPAC no significa que esa compañía en concreto o que las SPAC en general sean apropiadas para cualquier inversor”, alertaba el regulador. “Los famosos, como cualquiera, pueden verse atraídos por una inversión de riesgo o están más preparados para poder asumir el riesgo de una pérdida. No es una buena idea invertir en una SPAC solo porque una celebridad invierte en ella o dice que es una buena inversión”, añadía.

La SEC también recuerda que las SPAC suelen tardar unos dos años en identificar firmas no cotizadas, acordar su compra y, así, de forma indirecta, hacer que coticen en Bolsa. Pero en esa transición pueden surgir conflictos entre los intereses de los famosos promotores y los accionistas corrientes. Mientras se materializan las compras, la SPAC no tiene operaciones, ingresos ni beneficios. El inversor solo tendrá unas acciones y la esperanza de que alguna vez se revaloricen.

El interés en promover una SPAC puede ser muy provechoso. Normalmente, los promotores o fundadores ponen un fijo que representa el 20% del capital. Si la compañía compra una buena firma no cotizada y se dispara la valoración bursátil de la SPAC, puede dar un buen pelotazo.

Normalmente, el famoso no va en solitario. La ex­estrella de la NBA Shaquille O’Neal se ha asociado con el hijo de Martin Luther King y tres exdirectivos de Disney. Su SPAC, Forest Road Acquisitions planea levantar 250 millones de euros para inversiones, especialmente en tecnología y medios. La SPAC de Serena Williams, Jaws Spitfire Acquisition, que levantó 300 millones de dólares, también busca compañías de tecnología.

El supervisor estadounidense pide a los inversores que antes de invertir en una SPAC “comprueben la trayectoria de la compañía, las licencias de aquellos que promueven el vehículo y si tienen una experiencia previa en inversiones [...] y tenga en cuenta todos los potenciales riesgos de la inversión, a la luz de sus propios objetivos financieros y su tolerancia al riesgo”.

Entre los promotores de SPAC también hay grandes inversores profesionales. Como Bill Ackman, especialista en fondos de capital riesgo e impulsor de la mayor SPAC, con 4.000 millones de dólares. El propio Ackman ha reconocido que el furor por estas firmas le recuerda al auge de la burbuja puntocom en 2000.

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